“Barcos de papel” - Capítulo 14 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Así trabajaba la policía. El comisario Campillo.

Al cruzar la plaza de Castilla, por uno de los callejones que bajan de la calle Pelayo a la de Tallers, nos encontramos al amigo Reyzábal. Nos saludó a los dos, nos hizo un montón de preguntas, me dijo que venía de la federación y que me felicitaba en nombre del doctor Bofill por el magnífico resultado del cursillo. Lo recibimos como se recibe a los amigos y prueba de ello es que Roser lo invitó a venir con nosotros a tomar unos vinos con los compañeros de facultad que nos esperaban en La oveja negra. Hizo una broma sobre la amistad entre Roser y yo y seguimos adelante.

La oveja negra era y es una taberna rústica situada en la calle de Los Sitges, entrando desde Canuda en dirección a Las Ramblas, a mano derecha. En aquella época era el punto de reunión de los malos alumnos y el cuartel general de los movimientos subversivos estudiantiles. Es un local amplio, con poca luz, en el que aquella tarde había bastante gente a pesar de la hora. En una mesa, un poco apartada de la entrada, Reyzábal reconoció a varios miembros del Forum, entre ellos Xavi Granados, al que habían puesto en libertad aquella misma mañana y que más tarde ocupó un cargo importante en la Consellería de Cultura de la Generalitat.

Era espigado, de complexión fibrosa, pero fuerte, delgado, con el pelo largo y unas ojeras, que hablaban por sí solas de lo que había pasado. Un grupo de compañeros le escuchaba con mucha atención. Roser, Reyzábal y yo nos sentamos con ellos y pedimos una sangría con unas yescas de pa amb tomaquet.

—¿Se sabe algo de Jordi? —preguntó Roser inconsolable—.

—Nada nuevo —respondió Xavier—. Seguirá en Barcelona hasta que se celebre el juicio. Después podrían llevárselo a Madrid, pero la fecha aún no se conoce. Hay que tener cuidado. No quiero preocuparos, pero la cosa es seria: los interrogatorios se hacen sin protocolo y cada uno actúa a su manera. Mirad mi espalda. Se levantó la camisa y nos la enseñó. ¡Daba miedo! La tenía llena de verdugones, cárdenos y violáceos. Roser escuchaba, silenciosa, y yo por nada del mundo me hubiera atrevido a interrumpirle. Los demás también escuchaban con atención, sin proferir palabra.

—Hay un comisario, un tal Emiliano Campillo —continuó Xavi—, que es un auténtico verdugo. Conoce su oficio. Los primeros días bajaba al calabozo cada poco rato y me abría la puerta para que escuchara los llantos y los gritos de los compañeros; así me preparaba antes de comenzar su faena. Las paredes están llenas de fechas y nombres de infelices, junto al de sus madres y sus novias. Pero lo peor es la espera.

Nadie se atrevía a intervenir, excepto Reyzábal, que hacía gala de gran coraje en sus comentarios: se quejaba constantemente de la Dictadura, de la falta de libertades, de las torturas de la policía y del desprecio del Régimen por los Derechos Humanos.

—Es intolerable que en pleno siglo veinte se siga tolerando una dictadura represiva a imagen de las de Hitler y Mussolini.

Estaba claro que Reyzábal tenía un gran ascendiente dentro del grupo. Cuando hablaba, todos aprobaban sus palabras con gestos de conformidad. Mientras tanto, Xavier seguía explicando su tragedia:

—Me condujeron a un sótano con poca luz. Sobre una silla había una palangana con agua manchada de sangre y una toalla húmeda sobre el respaldo. Me obligaron a quitarme la ropa y a dejarla doblada en un rincón. Decían, entre risotadas, que era muy difícil desnudar a un cadáver y que a la familia no le gustaba ver las ropas manchadas de sangre. Me apagaron cigarrillos en el pecho, me abrasaron los genitales con electrodos, y me golpearon hasta que no pude aguantar más. Entonces me vendaron los ojos, y un tal Robles me apuntó en la sien con su pistola. Cuando oí el chasquido metálico de la corredera y el cargador, pensé que había llegado mi hora. Notaba la presión del arma en la cabeza. Alguien dijo «Fuego» y, al oír la detonación, me caí al suelo. Creí que estaba muerto, aunque podía escuchar las risotadas y los insultos. Habían disparado con pólvora. Nunca olvidaré lo que dijo Campillo cuando me echaron a la calle: «Muchacho, ten cuidado: la próxima vez, no sales vivo de aquí». Confieso que estoy muy asustado. Si me conceden el pasaporte, me iré a Friburgo, a terminar la carrera.

Se quedó un rato mirando al techo, como buscando fuerzas para mantener la serenidad y no llorar delante de nosotros, hasta que Reyzábal, muy indignado, dijo que no podíamos abandonar la lucha en momentos tan graves como éste, y que la juventud universitaria tenía el deber de liberar a Cataluña. En un arranque de sinceridad, nos contó que su padre había sido represaliado por la Dictadura; que, durante cinco años, no pudo ejercer su carrera de médico y que, una vez que solicitó el pasaporte para visitar a unos familiares en el extranjero, se lo negaron. Finalmente, afirmó que estaba dispuesto a luchar por el pueblo, aunque el pueblo siguiera resignado y dormido. Se puso a prometer progreso y libertad para el futuro y pocas cosas hubo que no nos prometiera a cambio de comprometernos en la lucha.

—¡La lucha no acaba hasta la muerte del tirano!

Fue prodigioso: aquel grupo, que unos minutos antes estaba callado y muerto de miedo, aplaudió a rabiar y terminó aclamándole con verdadero frenesí. Algunos asistentes propusieron acciones en la calle, en las estaciones del metro y en el cinturón industrial de Barcelona en protesta por los abusos del Régimen. No he visto nunca un triunfo tan clamoroso.

—Me parece bien —intervino Reyzábal, poniéndose en pie y tomando de nuevo las riendas de la reunión—. Si las informaciones de las que dispongo son ciertas, el juicio se celebrará a primeros de julio, un tiempo ideal: habrán terminado las clases y podremos contar con todos los efectivos. Tenemos que hacer una “siembra” como nunca se ha conocido en esta ciudad. Hay que alfombrar Barcelona de octavillas: las estaciones de metro, la puerta de las iglesias y el cinturón industrial. No debe quedar un metro cuadrado sin recibir el mensaje. Yo me ofrezco a redactar los textos, como otras veces, a confeccionar las listas y a fijar las rutas para los coches.

Nadie lo había advertido, pero estaba muy claro que se acababa de delatar. Rodeado por aquel grupo enardecido, sacó una libreta y empezó a preguntarnos, uno por uno, si estábamos dispuestos a comprometernos con la causa. No sólo anotaba el nombre de los presentes, sino que proponía que le dieran también nombres de conocidos, siempre que fueran de absoluta confianza. Vi a Roser con los ojos muy brillantes dispuesta a darle su nombre y dirección, y le apreté la mano para que se callara. Paseó sus ojazos llenos de asombro por los presentes, y se detuvo en mí con una expresión de sorpresa y desconfianza. Reyzábal, mientras tanto, culpaba de todos los males de este país a la incultura y a la pasividad del pueblo.

 

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