“Barcos de papel” - Capítulo 14 b

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Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- En el pub Montecarlo.

—¿Lo de siempre señores? —preguntó Matías al vernos aparecer, mientras preparaba un cubalibre de Bacardí para “El Colilla”, y un gin-tónic de Gordon, con tres cubitos de hielo, para mí.

Le preguntamos por nuestro amigo, “El Grillo”, y nos dijo muy serio que ya no actuaba allí.No me gustó la explicación, pero no quise insistir.Lo había sustituidoun tipo alto, desgarbado, con barba, gafas oscuras,camisa negra, y un artístico crucifijo de oro que le colgaba sobre el pecho.

Subió a la tarima, miró a uno y otro lado de la sala, y la gente se empezó a reír. Con un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra, empezó la actuación.

—Señores, buenas noches. Para los catalanes “bona nit”; “good night”…para los inglesesy si hay algún francés en la sala le deseo que tenga“bonne nuit”.

Ungracioso le preguntó en voz alta.

—¿Y a los alemanes?

—A los alemanes… ya“s’ho mirarè”. ¿Vale, tito?

Así empezó la actuacióny las primeras carcajadas. Hizo un alto, tomó un sorbo de whisky, le dio una calada al cigarrillo y arrancó.

—¿Elsaben aquel quediuque son dos ciegos que van por el desierto con un sol de justicia muertos de sed, a cuarenta y cinco grados a la sombra, yl’un li diu al’altre?

—¡Ya podría llover!

Y el otro le contesta.

—¡Coño, y yo!

Después de contar estos chistes tan cortos, miraba a las chicas y si veía que alguna no se reía, con voz amable, grave, muy lentamente,y con su inconfundible acento catalán, le preguntaba:

—Señorita, si no lo ha entendido se lo puedo repetir. ¿Quiere que lo haga?

Entonces la carcajada era general y él, sin inmutarse, seguía con su retahíla.

—¿Elsaben aquel quediuque esunqueli diu a l’altre? «Me ha salido un trabajo en Santiago».

—¿De qué?

—De Compostela, tito, de Compostela.

Volvían las risas del público y la ironía del protagonista.

—Observo que éste lo ha entendido mejor, ¿verdad señorita? Lo he notado porque en esta ocasión se ha reído antes. Sepa usted que me alegra, de todo corazón, que le haya gustado. A ver el siguiente qué le parece.

—Dice que es uno que le dice al otro: íbamos yo y mi primo por las Ramblas…

Y el otro le corrige el desliz gramatical.

—¡Querrás decir mi primo y yo!

—Vale, tito: y yo no iba. ¡No te fastidia!

Al fondo del recinto, una chica se abrazaba a un sujeto que podría ser su padre y la manoseaba a conciencia, mientras ella se ocupaba de las zonas de recreo.

—¿Ves lo que te decía? —dijo “El Colilla”, indicándome la escena con la mirada—. Eso es lo que a ti te falta. ¡Confianza y decisión! Si me hicieras caso…

Me tenía agobiado. ¿Qué coño le importaría a él mi vida sexual? Pero cuanto menos caso le hacía yo, más me insistía. Decía que, en mi caso, la virginidad no era una virtud, por dos razones: la primera, porque ‑según él‑, yo vivía recomido por la concupiscencia; y la segunda, porque no tenía ninguna oportunidad de entregarme a la lujuria y el desenfreno. Tomé la decisión de no contestarle cuando me hablara de aquello. Lo que me molestaba no eran sus palabras, sino las risitas con que las acompañaba: bastantes ganas tenía yo de acabar con la situación y quitarme aquel peso de encima.

En el fondo, confiaba en que Olga, el día menos pensado, se cansara de Santamaría e iniciáramos unas relaciones adecuadas a nuestra edaden materia sexual ‑como recomendaba el doctor Carnot en “El Libro del Joven”‑. Pero, fuera por miedo o precaución, ella se andaba con mucho tacto en estos asuntos. Todo era natural, pero incompleto: disfrutaba cuando la acariciaba y la besaba, pero ahí terminaba la fiesta: se mordía los labios, entornaba los ojos cuando estaba conmigo, pero de ahí no pasaba. Quizás estaba arrepentida de haberme contado sus intimidades con Santamaría, o era posible que se sintiera avergonzada de haber mantenido aquella relación tan breve y tan agradable ypodría ser porculpa de mi intolerancia.

 

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