“Barcos de papel” - Capítulo 13 f

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- El gran eslalon.

El día cuatro de enero, por la mañana, celebramos “El gran slalom” de clausura que organizaba la escuela para adjudicar los trofeos a los mejores esquiadores del cursillo. Aparte de los chicos y el personal de servicio, en el hotel no habría más de una docena de personas. Digo esto, porque en las pistas estábamos prácticamente solos. Los profesores prepararon el descenso cuidando hasta el menor de los detalles: entregaron un peto a cada participante; señalizaron la bajada con palos de colores y rótulos de salida y de llegada; nombraron jueces, cronometradores…

Con qué emoción vivían los momentos previos a la prueba. Durante la carrera, todos animaban con gritos de ¡allez! ¡allez!; y, en opinión de algunos profesores, los registros fueron bastante meritorios. En la salida, estaba Ana Llorens con una banderita; y, en la meta, el profesor Amorós y Escudé con su cámara fotográfica. Por la tarde, tuvo lugar la solemne entrega de trofeos. Los más importantes eran las águilas, que concedía la Escuela Española de Esquí; tres por equipo: oro, plata y bronce. También se tenía en cuenta el esfuerzo y la deportividad. Para que todos tuvieran algún premio más o menos importante, les regalaron guantes, pasamontañas, gafas, complementos de esquí… Yo también tuve premio: me obsequiaron con un caracol de madera, muy bonito, montado en unos esquíes con un pergamino que decía: Per el més lent i llargarut de la colla (‘Para el más lento y larguirucho de la cuadrilla’). Me hizo tanta gracia, que todavía conservo el pergamino y el caracol.

Al día siguiente, regresamos a Barcelona. Por la noche, después de cenar, hice una llamada telefónica, con la esperanza de que Olga cogiera el teléfono. Suponía que estaría en su habitación con la música por las nubes; pero no hubo suerte: lo cogió “El Colilla”, que me dijo que habían llamado del taller para saber cuándo pensaba regresar.

—Mañana por la tarde. Calculo que llegaré a eso de las cinco.

Le faltó tiempo para decirme que Olga llevaba dos días fuera. Y yo intenté quitarle importancia a la noticia.

—Ya sabes cómo es; estará de viaje con su jefe y no tardará en regresar. ¿Ha dejado algún teléfono?

—No; pero, si quieres, puedo preguntarle a Catalina. Oye, cuéntame algo. ¿Te han pagado ya? No te fíes de los ricos, que no son de fiar: mientras te necesitan, todo va bien; pero cuando te han utilizado, si te he visto no me acuerdo. El otro día Maica me preguntó por ti. Dice que eres muy buen tío. Bueno… ¿para qué me has llamado?

—No; sólo era para decirte que llego mañana. ¿Vale?

—Vale. Que tengas buen viaje.

Pasé un buen rato entre silencios y recuerdos: su risa, sus ojos, el ruido de sus tacones cuando llegaba a casa, sus manos, el tocadiscos con la música a todo volumen, su mirada, su pelo… la ducha por la mañana. Llevaba mucho tiempo sentado en el salón, solo, triste, confundido, como si el mundo sin ella no tuviera sentido. ¿Quién no ha soñado alguna vez un imposible?

Me encontraba dándole vueltas a estas cavilaciones, cuando llegó Roser.

—Te marchas mañana. ¿Verdad?

—Sí; salimos en el cremallera de las ocho. Los padres recogerán a los chicos en Ribas de Freser. ¿Por qué no vienes con nosotros?

—No me gusta madrugar. Bajaré en el primero de la tarde. Supongo que volveremos a vernos por la facultad, ¿no?

—Eso espero —le respondí—, aunque no sé si te he dicho que trabajo por las mañanas y sólo puedo asistir a clase por la tarde.

Me pidió el teléfono, estrechó mi mano, con un gesto de preocupación, y desapareció por el pasillo. Yo me quedé solo en el salón, con el vaso de whisky y el cenicero lleno de colillas encima de la mesa.

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