“Barcos de papel” - Capítulo 13 e

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- La tragedia de los montañeros.

El día de Año Nuevo, a las siete de la tarde, las campanas del santuario doblaron por la muerte de los excursionistas. Los detalles me los contó antes de marcharnos.

—Les faltó muy poco para llegar —dijo Escudé—; los encontramos en la Fontalba, cerca de Queralbs. Habían estado muchas horas bajo cero y el forense de Ribas certificó la muerte. Se perdieron la noche de fin de año durante el descenso, cuando regresaban del Puigmal. La familia denunció su desaparición y la pareja de la Guardia Civil vino en busca mía. Cuando los encontramos, dos de ellos habían muerto por congelación y el más joven, al que intentamos recuperar, falleció al día siguiente.

Como me impresionó la muerte de los montañeros, recordaba los versos de Whitman:

«No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber».

Hasta hacía sólo unos meses, yo creía, con total seguridad, que podría conseguir cualquier objetivo, quelas palabras y las poesías podían cambiar el mundo; incluso llegué a soñar con ser una estrella de la televisión, y volver a mi pueblo como un triunfador. Qué diría “El Colilla” si me viera pasear por los salones, al lado de Roser y vestido con mi flamante equipo de esquiador; pero en Barcelona me esperaba la realidad: la pensión, el taller, los paquetes y la escoba. Decía Martin Lüther King, que «En la vida somos clavos o somos martillos». Empecé a pensar que yo era un triste clavo que soñaba con ser martillo. No, sin cierta preocupación, reconocí que me gustaba más vivir en el hotel que en la mísera pensión en que vivía, y alternar con aquellas personas tan distinguidas, y distintas a mí. Cuando, el día dos por la mañana, los clientes empezaron a abandonar el hotel, me sentía como el dueño del castillo. Un buen número de huéspedes tomó el tren cremallera a primera hora de la mañana y abandonó la estación en busca de sus quehaceres habituales. Se fue Lali Pericot y el salón recuperó la apacible tranquilidad que durante unos días estuvo alterada por sus gritos y sus anécdotas aburridas. Inma también se fue, pero cada tarde llamaba por teléfono, para comentar con Roser esas cosas que a las niñas de papá les parecen tan interesantes y que a todos los demás nos parecen intrascendentes: los vestidos, los libros y, en aquellos días, lo que esperaba que le trajeran los Reyes Magos.

Yo estaba encantado de que Roser se hubiera quedado unos días más y me esperara cada noche con un libro en las manos, sentada en un rincón, hasta que dejaba a los chicos en sus habitaciones y bajaba a fumarme un cigarrillo, sentado en aquellas lujosas butacas como un señor, y a tomarme un whisky por cuenta de la federación. Roser era una agradable compañera de tertulia, culta e inteligente; pero, seguramente, a consecuencia de mis carencias afectivas de la infancia, sentía miedo de que, en alguna ocasión, pudiera defraudarla y se alejara de mí.

Una de aquellas noches, al verme con el vaso en la mano, me empezó a hablar de los escritores que se habían entregado a la bebida: William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Eugène O’Neill, Scott Fitzgerald… Yo le dije que “El deseo bajo los olmos” era una trágica historia de amor, una obsesión originada por los métodos autoritarios de un padre inhumano, que desemboca en el asesinato de una criatura inocente.

—Qué vida tan absurda —se quejó ella—. Atravesamos momentos muy difíciles, vivimos en un país sin libertades, con un gobierno fascista, y un pueblo sometido que calla para sobrevivir. Todo es una mierda: los periódicos mienten, la Iglesia obedece, los empresarios aplauden y el pueblo trabaja y malvive sumido en el engaño.

No me esperaba esta respuesta suya y no entendía a qué venía aquella actitud. Pensé que decía aquello porque tenía un día negro, de esos que todos tenemos alguna vez, y porque, sin Inma, se encontraba aburrida y de mal humor.

—Perdona, Roser; sinceramente, me parece que exageras. Las cosas nunca son blancas ni negras —le contesté—. La juventud ha tenido que soportar momentos difíciles en todas las épocas. Piensa en tus padres. De hecho, nosotros somos la única generación en la Historia de España que, hasta la fecha, nos hemos librado de vivir una guerra.

—Si pretendes hablarme de los famosos “Veinticinco años de paz”, dejamos la conversación en este momento.

—No te equivoques; yo tampoco estoy a favor del sistema, pero no pienso perder las esperanzas. Hasta en las situaciones difíciles es posible salir adelante, si se trabaja con entrega y honradez. Creo sinceramente que, al final de la vida, cada uno tiene lo que se merece.

—Alberto, por favor, no me vengas con frases infantiles. Vivimos en un estado policial que nos controla de día y de noche; las cárceles están llenas de jóvenes que han intentado ejercer sus derechos y vivir en libertad; y el éxito está reservado, en exclusiva, para los que se someten a los dictados del Régimen. No me digas que no lo sabes.

—Pues claro que lo sé. Lo que intento decirte es que mientras unos piensan que estamos en el peor de los mundos, otros creemos que existen soluciones y que la situación puede mejorar. Todos hemos sentido la soledad y la desilusión alguna vez; pero, de la noche a la mañana, superamos los momentos difíciles y, al poco tiempo, recobramos el optimismo y la alegría. Tú misma lo dijiste al compararme con el protagonista de Metrópoli. Mira Roser, a mí no me gusta esquiar; bueno, quiero decir que no me gustaba. Cuando Reyzábal me invitó a sustituirle, pensaba que esto sería otra cosa, pero luego… en fin, ya sabes lo que quiero decir.

Al oír el nombre de Reyzábal, puso cara de sorpresa y no me dejó terminar la frase:

—¿Tú conoces a Félix Reyzábal?

—Pues claro; es un compañero de la facultad. Por él estoy aquí.

—¿En serio? Parece mentira lo pequeño que es el mundo. ¿Tú sabes lo que ocurrió en la Universidad al inicio de curso?

Tomé el último resto de whisky y, aprovechando que el maître pasaba por allí, levanté el vaso y le indiqué, con la mirada, que me trajera otro.

—Perdona, no sé a qué te refieres.

—Pues quizás ahora entiendas lo que te estaba diciendo. A primeros de octubre, se celebraba, en la Central, una asamblea, a la que anunciaron su asistencia el Rector y algunos profesores del claustro. Al tratarse de un acto cultural, no tuve reparos en acompañar al chico con el que salía entonces. Aún no consigo entender lo que pasó: al finalizar el acto, apareció la policía, cargó contra nosotros y detuvieron a seis estudiantes, entre ellos a él. No sé quién pudo darles el chivatazo.

Guardó silencio unos instantes, luego encendió un cigarrillo y continuó.

—Creí que me volvía loca. No sé qué era peor, si la rabia que sentía por la injusticia que acababa de presenciar o la indignación ante la impotencia de su detención. Jordi y yo teníamos una relación sana y amistosa, a ver si me entiendes; por eso, nunca podré perdonarme la forma como reaccioné. Al oír los gritos de la policía, Reyzábal me cogió de la mano, me sacó de allí, fuimos a escondernos en los lavabos, y allí nos quedamos, muertos de miedo, hasta que la cosa se calmó. Al salir, sentí vergüenza por lo que acababa de hacer. Él se hubiera dejado matar antes que dejarme a merced de la policía y yo me dejé vencer por el miedo y lo abandoné.

—Te refieres a Jordi Biosca, ¿verdad?

Roser se quedó boquiabierta.

—¿Cómo lo sabes? ¿Le conoces?

—Me lo contó Reyzábal la primera tarde que fui a la facultad.

Me miró desconcertada, como si pensara que lo que terminaba de oír no era posible. De cerca, sus ojos parecían más grandes y más negros, y su pelo emitía reflejos azulados a la luz de las lámparas del salón. Era evidente que necesitaba desahogarse con alguien y había encontrado en mí a la persona adecuada.

—Estuve todo el día en busca de noticias, ante la Jefatura de Vía Layetana. Apenas comía y no podía dormir. Pasaba a base de cafés y cigarrillos.

Creí que debía interesarme por su problema, para intentar tranquilizarla.

—¿Has vuelto a tener noticias suyas? ¿Qué sabes de él?

—Sé que sigue en la Modelo de Barcelona y que, después del juicio, podrían llevárselo a Carabanchel.

Pensé que aquellas confidencias eran producto del sufrimiento y de la soledad. Cuando no conseguimos olvidar a la persona de quien nos hemos enamorado, necesitamos contarle a alguien nuestra angustia, para calmar el desconsuelo y la nostalgia. Es algo parecido a cuando sacas el paquete de tabaco del bolsillo de la chaqueta, y compruebas que no te quedan cigarrillos. Manoseas el paquete y hueles su aroma del tabaco con deleite, en un desesperado intento de aliviar el deseo de fumar. La vi tan desesperada, que me pareció prudente hacerle una advertencia.

—Ten cuidado, Roser. No quiero preocuparte, pero esas cosas son muy serias.

Tras unos instantes en silencio, encendió otro cigarrillo, miró el reloj y me indicó, con la mirada, que era muy tarde y que se iba a dormir.

 

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