Pensar cuesta

Por Mariano Valcárcel González.

Todo nos parecía más sencillo o más fácil. Y, si nos era difícil, simplemente obedecía al devenir de las cosas, a su incuestionable imposición por sí mismas. Todo nos era más claro, entendiendo por claridad la absoluta inevitabilidad de su existencia.

Lo que había, lo que se daba o quitaba, lo que se nos exigía o concedía lo era y por su mismo ser bastaba. No había más.

Sabíamos que vivíamos en una dictadura, dictablanda según y cómo y a quienes afectase de lleno o rozase simplemente. Y en ese estado todo nos era determinado y dirigido sin que tuviésemos que preocuparnos de nada. La vida así podía ser fácil o terrible según y cómo.

Nos acostumbramos a vivir, simplemente. Esto tenía mucho del cultivo de la irresponsabilidad, pues era muy cómodo no sentirse responsables de nada (y en realidad no lo éramos, porque todo lo decidían por nosotros). Solo se apelaba a esta responsabilidad (que se identificaba con actuación delincuente), cuando se transgredía lo establecido.

Cuando a algunos les surgieron las dudas, las ansias de pensar, los intentos de volar por sí mismos empezaron a comprender que la empresa no era fácil, que se podían convertir en hijos pródigos alejados de su seguridad personal y familiar, y caer en el ostracismo social. Pensar por sí mismos costaba muchos sinsabores, penurias, extensos y áridos páramos que atravesar sin la seguridad de recompensa alguna. Pensar por sí mismos llevaba a la incredulidad, el derrumbe de las verdades aprendidas, la búsqueda de una casi imposible felicidad…

Los imperios existentes se disolvían como azucarillos en el café; el imperio de las enseñanzas seculares y añejas, el de la autoridad admitida (y sentida), porque provenía de quienes la detentaban fuesen padres, maestros, curas, militares, a quienes nunca se había discutido ni intentado quitársela, el de la estructura familiar, los de las leyes devenidas de una guerra o de unos tiempos antiguos de opresión y beneficio… Pensar producía desazón y descolocación; ni el pensador sabía quién era ni, absurdamente, qué pensaba, a veces.

Se derrumbó la seguridad de una vida segura, reglada y dirigida por quien sabía hacerlo (o eso decía), fuese quien fuese. Y se penetró en senda peligrosa. Pensar por sí mismo costaba y mucho (y te lo advertían). La cabeza caliente y los pies fríos. En toda ocasión y tiempo ha pasado, han existido librepensadores que se salían de lo establecido, del pensamiento único que no era más que camino bien reglado y cercado de toda intromisión. Malamente solían terminar esas gentes, mas cuando lo lograban, cuando lograban que se les escuchase, terminaban estableciendo otro camino en sustitución del anterior (pero, en el fondo, idéntico).

La pugna insoluta entre libre albedrío y predeterminación no es en realidad más que fuego de artificio teológico o filosófico con el que justificar posturas o rellenar tratados. Ni lo uno, ni lo otro existe.

Tendemos a creernos que somos libres, porque suponemos que libremente pensamos. Así, en cuanto nos cayó la conciencia de que acabó la dictadura, creímos que se alzaba el mundo de la elección personal surgida de nuestro pensamiento decisorio. Y abusamos de esa facultad hasta embotarla. Demasiadas opiniones bloquean las adecuadas decisiones. Va siendo cosa común.

La reacción normal a tanto empacho es volver a añorar la mano que nos dirija.

Los regímenes totalitarios saben que donde esté un pueblo que se deje llevar, dirigir, que se quite lo de pensar por cuenta propia. Y laboran en pos de que las directrices del mando se transformen en consignas, en cuerpos de doctrina aprendida y aplicada sin cuestionarla.

También se consigue sutilmente (y no tan sutil) convertir a una sociedad en manada dócil por medios en apariencia democráticos, pero muy elaborados, diseñados, aplicados, para que la masa los crea, los acepte y los siga. Esto se consigue con la propaganda, la publicidad, la acción social, la educación (mejor su falta) y el consumismo desaforado en general. También eso lleva a crear una sociedad feliz y satisfecha, poco dada a calentarse los cascos.

Una pertinaz educación (deseducación) selectiva consigue crear generaciones de irresponsables que transmiten sus irresponsabilidades a las generaciones que les suceden. Eso lo estamos viendo en las tandas de generaciones en las cuales los padres (supuestamente en aras de sus libertades conquistadas) se erigen en adalides de lo permisivo y la falta de criterios críticos (pensamiento en acción) que pensaron serían o beneficiosos los unos o perjudiciales los otros para sus vástagos. Da como consecuencia, y no hace falta ser un lince para advertirlo, unas generaciones de seres irresponsables (y a los que se les admite como fundamental que lo sean) a los que no se les carga con el dolor de pensar por sí mismos.

Se entiende así el borreguismo inconcebible que en estos tiempos nos alcanza; los pueblos, tras supuestos líderes que son verdaderos fantoches o populistas de cajón y molde único; los estados de catalepsia mental de seres a los que hay que llevar de la mano, porque no pueden ni decidir algo individualmente y que para todo necesitan el manual de instrucciones. Siendo irresponsables de todo, ni se plantean serlo ni el que otros lo sean por ellos, pues quienes los dirigen no pueden fallar. No es concebible.

Los que vivimos generaciones anteriores y en tiempos que creímos pasados, conocemos, descubrimos y comprendemos muy bien este tema. Nos alcanzó de lleno. Pero en nuestro orgullo pensábamos que ya había pasado, que no volvería… Y, sin embargo, en nuestra credulidad fruto de la costumbre, consentimos e incluso fomentamos que se haya llegado al estado actual. Dicen que en el inicio de la pandemia (la confinación obligatoria) hemos demostrado un alto grado de civismo y responsabilidad, mas ¿no sería más bien por miedo?; pues, en cuanto se aflojó, hubo quienes salieron disparados. Pues bien, admitámoslo y carguemos con nuestra responsabilidad (pues eso también se nos convirtió en costumbre).

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