Una historia corriente

Por Mariano Valcárcel González.

«¡Eso es incierto!». Así decía mi madre, que había oído expresarse a su padre ante un sujeto. Y que, habiendo discusión (parece ser con persona de cierta categoría), su padre no se bajaba del burro.

Lo decía mi madre con acento admirativo, elogiando a su progenitor como hombre letrado y consciente de su valer. Que ya era serlo en una época en la que eso de entender de letras no estaba al alcance de muchos obreros; no digo ya jornaleros y peones.

Precisamente, en lugar de afirmar «¡Eso es mentira!», utilizaba la palabra “incierto”, menos ofensiva que lo otro. Hay que recordar, por ejemplo, que en las novelas de Marcial Lafuente Estefanía (las del Oeste), en cuanto salía a relucir la acusación de mentir, de ser un mentiroso, también salían a relucir los revólveres. Era la señal inequívoca del inicio del duelo a muerte. Y, en Europa, también incitaba a pedir el duelo, fuese a espada o pistola; la plebe tal vez lo hiciese tal y como Goya nos lo representó en su cuadro, el de los hombres semienterrados y propinándose garrotazos atroces.

Y, en estos nuestros tiempos, proliferan las mentiras manifiestas propaladas en todos los medios de comunicación social y, en especial, en las llamadas redes sociales, sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza por ser mentiroso. Se decía que la mentira tiene las patas muy cortas; pero, ahora, la mentira tiene unas alargadas y muy ligeras patas e incluso alfombras más mágicas que las de Aladino. Ahora la mentira, mentir, es un valor en alza.

Pues érase que ese mi abuelo, al que nunca conocí, era oficial albañil y los que lo conocieron decían que era un buen oficial, pero… ¡ay!, que el hombre poseía su genio y no entraba por los arcos obligados que la mayoría de los de su clase aceptaban, si querían llevar un mendrugo de pan a sus casas.

En aquellos tiempos, como ahora, ser moldeable y prudente era condición indispensable para que el trabajo tuviese cierta seguridad de permanencia. Sí, no me lo digan, antaño todavía era peor, lo que no quiere decir que esas condiciones no se sigan contemplando como idóneas para el caso. Así que ahí tenía usted a un magnífico albañil que, en cuanto entendía que se cuestionaban sus saberes y haceres, se largaba con viento fresco del tajo donde estuviese. Y eso lo pagaban sus hijas e hijo.

Porque, para que el tema estuviese todavía más completo, el hombre tenía cinco hijas y un hijo, pero no una mujer que los cuidase. Del último parto, la pobre murió, cosa por entonces todavía común, como común era tener muchos vástagos que luego iban cayendo uno tras otro en triste selección natural, quedando las familias hasta cierto punto con el número de hijos viable (y digo viable en cuanto pudiesen sobrevivir, que la miseria les era consustancial y las privaciones cosa normal).

Y dábase el caso que la familia de aquella mujer nunca había visto con buenos ojos el matrimonio, dada la fama que él tenía de inestable y hombre de genio. Además que existía una cierta diferencia de clase entre el uno y los otros. Es curioso; las clases tradicionales y estudiadas siempre fueron grupos definidos y diferenciados con cierta claridad, pero no es menos cierto que aún entre las mismas hubo subdivisiones y matices que a veces eran insuperables.

Así que él, un obrero, no pertenecía a la clase de los que en esta Úbeda se denominó (y sigue nominándose, pero ya como anacronismo en boca de los antiguos) “papihonrados”. ¿Qué eran los “papihonrados”?, pues pequeños agricultores, a veces hasta ínfimos, que poseían cierta cantidad de tierras que ellos trabajaban directamente y de las que sacaban el sustento familiar; no eran, pues, jornaleros a sueldo de caciques y ello les permitía cierta independencia social y económica. A veces, también trabajaban tierras en arriendo de otros y frecuentemente para las cosechas se ayudaban mutuamente. También fueron tradicionales sus disputas internas por cuestiones de lindes, disputas que hasta llegaron a casos criminales. Otra de sus características era cierta endogamia inter e intrafamiliar, que buscaba el aumento de las propiedades o el evitar la división de las mismas. El cabeza familiar solía ser o el padre o mejor todavía el abuelo paterno (o el que poseía más patrimonio); el clan se movía según sus directrices y consentimiento.

Lógicamente, pertenecían al nivel bajo de la sociedad (no llegaban a ser burgueses rentistas ni nada parecido), pero no tan bajo como el del obrero y el del jornalero, dependiente solo de sus brazos y de los que quisiesen alquilarlos. Así que se ha de comprender la prevención que aquella familia tenía ante el que se había casado con una de las suyas y además cargado de hijos. Hijos que el viudo afrontó con su esfuerzo, apenas auxiliado más por caridad que por otra cuestión por aquellos. Desde luego, nada de acceder a la seguridad que daba el tener comida todo el año.

Pero ese albañil se permitía el lujo de tener discurso propio, como propia era su cultura. Hacía equilibrios malabares para que su prole no muriese de hambre (incluso logró que el colegio que las monjas tenían en el Hospital de Santiago acogiese a alguna de sus hijas, que así al menos conociesen los rudimentos de la enseñanza, y al hijo lo pudo sacar hasta que llegó a funcionario de ferrocarriles). Bandeó los años de guerra (y su tremenda carestía prolongada en los posteriores años de paz) en zona republicana, pero no fue persona en el punto de mira del régimen fascista vencedor, lo cual y según lo que sucedía ya tenía mérito.

En tiempo de la Restauración, fue corriente comprar los votos, maniobra caciquil de todos, sabida y admitida. El albañil se jactó ante sus hijas alguna vez de que había conseguido cinco duros por asegurarle el voto a algún prohombre local (o a su partido). Era un recurso de pobres que bendecían la llegada de elecciones, para tener algo en el bolsillo. Cierto que no faltaban quienes empleasen ese dinero extra en vaciar más de una botella de vino, con lo que eran frecuentes las broncas que incluso llegaban a más en esos periodos. No se sabe ni se dice nada de que el padre de mi madre, mi abuelo desconocido, fuese proclive a darle empleo al codo.

Estas prácticas ya eran habituales en la Roma republicana.

No se volvió a casar, no sé si por propia iniciativa y convencimiento o porque realmente ninguna mujer iba a cargar con seis hijos de una ya difunta y con un hombre que no tenía donde caerse muerto. No era negocio.

Cuando las hijas llegaron a la madurez, tras pasada la terrible guerra que a todos los trastocó, hubo de vivir al arrimo de alguna de ellas, ya casadas o en camino de hacerlo, hasta que las circunstancias lo alejaron de su tierra hacia Madrid, que absorbía a toda la población inmigrante que le caía desde las zonas más pobres peninsulares (¡cómo no, andaluzas o extremeñas principalmente!); allá se trasladaron todas sus hijas menos una, mi madre. Acabó el hombre, pues, lejos de su tierra, de la que nunca pensara salir.

Creo que existe una tumba en el cementerio de La Almudena que comparte con una nieta. Final lejano en el tiempo, en el espacio y en la memoria. Lejano.

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