Anguita ante el dilema

Por Mariano Valcárcel González.

Esta España de charanga y pandemia no podía sino ser ella misma ante la noticia de la muerte de Julio Anguita González.

Ahora e inverosímilmente muchas y muchos se deshacen en elogios del personaje, principalmente alabando su coherencia. Por lo que se ve ser coherente es hoy día ya una señal de excepción, admirativa y ensalzable, una virtud excelsa que es rareza y ante la que hay que inclinarse (eso sí, cuando quien la manifiesta ya está muerto, porque mientras está vivo es ciertamente impertinente e inaguantable). Ser coherente en estos tiempos es ser un estorbo.

Entre los que alaban sus cualidades, encuentro hasta personas que fueron sus simpatizantes y hasta militantes, pero que ahora abrazan todas las gachupinadas de los de ultraderecha, incluso las jalean y difunden sin el menor rubor. Tal vez sean coherentes en su incoherencia, que ya es tener mérito.

Julio Anguita González llevó su fervor marxistaleninista mesiánico hasta las alturas de unos nuevos evangelios. Pues como tal hay que entender que el hoy vicepresidente del gobierno socialcomunista, en los cercanos años en que creyó asaltar el cielo, fuese en peregrinación sincera y reverente a la morada del que fue llamado “Califa Rojo” de Córdoba. En el encuentro, se fundieron en un abrazo pleno de sentimiento y lágrimas. ¡Qué paradoja! Ha habido otro abrazo en apariencia tan sentido del mismo sujeto con el que hoy día es su socio de gobierno y presidente del mismo (fue profusamente difundido; todos lo vimos).

¿Qué pensaría entonces Anguita de la coherencia de quienes decían ser sus discípulos?

Allá por los años noventa del pasado siglo, la sempiterna presencia en el poder del PSOE, tanto a nivel nacional como en Andalucía, empezaba a declinar. Cierto cansancio y errores de bulto en la política socialista, mezclados con casos de corrupción manifiestos, recesión económica, movimientos antiterroristas que se le fueron de las manos y una fuerte y continuada labor de zapa de la derecha, hacían inestable la gobernanza socialista. El «¡Váyase señor González!» del aspirante a la presidencia por el PP, señor Aznar, resonaba un día sí y otro también como ruido de tambores de ejército en marcha, cual cacerolada incesante.

Entonces vio Anguita su oportunidad.

Ese fue el mayor error político cometido por el coordinador de Izquierda Unida, el invento político pergeñado por Anguita para dar nuevos bríos y un toque de pintura a un PC que no llegaba a techo. Entonces se habló del “sorpasso”, o sea del adelantamiento en las urnas de la izquierda sobre el socialismo oficial. Un sueño. Forzaba la máquina el cordobés echando todo el combustible que tenía entre manos y recurriendo a ayudantes, que en realidad le eran “contra natura”.

Sí; también se hablaba de “la pinza”, o sea, del esfuerzo convergente entre la derecha y la izquierda para ahogar al resistente partido socialista. Juntos desalojarían tanto al gobierno González en la nación como al de Chaves en al feudo andaluz. Pero, mientras Anguita y sus partidarios arrimaban el hombro con cierta honestidad, los de Aznar lo hacían con todas las tretas posibles y usando de elementos sin escrúpulos, conspiradores y manipuladores de la opinión pública, vía medios de comunicación (¡ay, impagable acción de Pedro J o de Ansón!). Esto fue declarado posteriormente por los mismos protagonistas de tales maniobras torticeras.

En esos círculos conspiratorios, había gentes de buena fe que obraron como tontos útiles; así como -a la postre- Julio Anguita también obró, pues el beneficio de aquella situación y aquella atmósfera tan enrarecida fue para la derecha. José María Aznar logró acceder al poder y se mantuvo en dos legislaturas con las consecuencias desastrosas de todos conocidas. En realidad, la izquierda filocomunista de Anguita (aunque él ya se había retirado de todos sus cargos) sufrió amplios descalabros, hasta casi quedar de forma testimonial.

Por eso estimo que este fue el mayor error político cometido por Anguita, llevado del resucitado espíritu de enfrentamiento con el partido socialista (como sucediese en la lejana república). No consiguió auparse al poder, al mantener una actitud cerrada a toda componenda (“programa, programa, programa” fue su mantra); yo no digo que no tuviese razón ante lo que el PSOE había demostrado, y nos ha demostrado también con posterioridad, pero le hacía inalcanzable el acceso al mismo.

Cuando el señor Iglesias Turrión creyó haber alcanzado el anhelado cielo, manejando una buena cantidad de escaños parlamentarios el año 2016, fue -como he descrito- a recibir las bendiciones de Julio Anguita. Y cometió los mismos errores que este. O, ya sabiéndolos, apostó por la superación de los mismos, vía hechos consumados.

Habiendo caído otra vez el PSOE ante la tremenda situación económica y social y los propios errores de un gobierno, tal vez sin sustancia en manos de un Zapatero en las nubes, se presentaba la ocasión de gobernar en coalición de izquierdas, dada la debilidad socialista fuera y dentro de su propia casa… Pero en la idea de apretar otra vez, solo consiguió que se volviese a colar la derecha y, con la misma, la permanencia o agravamiento de las consecuencias que todavía veníamos arrastrando. Y la izquierda filocomunista languideció, a pesar de ciertas apariencias.

Viró el señor Iglesias ante las evidencias. Sopesó sus posibilidades y las de los demás. Amagó varias veces. Presentó sus exigencias y esperó… Y el que quería ser presidente a toda costa, viendo que se le escapaba otra vez la ocasión, tragó carros y carretas del posible socio.

Hoy hay un gobierno socialcomunista en el que estos tienen cierto peso específico y se mantienen en semi-independencia respecto a sus socios. Iglesias ha introducido sus gentes (y él mismo con su consorte) en el consejo de ministros y cargos diversos y ya pueden ejercer como tales. A despecho de dejar la cantinela programática, estanca para hacerla posible. Así que, en realidad, el posibilismo manda ante la honestidad doctrinaria.

Eso es lo que se ha llevado Julio Anguita a la tumba: su honestidad, coherencia y los últimos sentimientos ante la situación actual.

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