Crónicas marianas

Puntos de vista sobre nuestra sociedad ambiental.

Una crónica taurina

Por Mariano Valcárcel González.

Me asalta la memoria el recuerdo de las contadas ocasiones en las cuales tuve que cubrir la crónica gráfica de algunas corridas de toros habidas en ferias de mi pueblo.

Había que pedir los permisos de entrada y de ocupación de lugar en la contrabarrera, uno a la empresa y el otro a la “autoridad gubernativa” (que resultaba ser un inspector de policía y se los daba a quien le salía de su pistolera). Y digo lo tal porque, a la hora de la verdad, la contrabarrera estaba más concurrida que un andén de metro en hora punta.

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Ojos

Por Mariano Valcárcel González.

¡Ay, lo que sabía el profeta Mahoma y lo cuco que era!

¿Que a qué viene esta alabanza del fundador del islam, secta religiosa multitudinaria a nivel mundial y en ocasiones furibundamente activa? Pues mire usted por dónde, por las actuales circunstancias que nos obligan a ponernos unas mascarillas más o menos eficaces contra la epidemia que nos tiene acojonados a todos (o casi).

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Una historia corriente

Por Mariano Valcárcel González.

«¡Eso es incierto!». Así decía mi madre, que había oído expresarse a su padre ante un sujeto. Y que, habiendo discusión (parece ser con persona de cierta categoría), su padre no se bajaba del burro.

Lo decía mi madre con acento admirativo, elogiando a su progenitor como hombre letrado y consciente de su valer. Que ya era serlo en una época en la que eso de entender de letras no estaba al alcance de muchos obreros; no digo ya jornaleros y peones.

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Pensar cuesta

Por Mariano Valcárcel González.

Todo nos parecía más sencillo o más fácil. Y, si nos era difícil, simplemente obedecía al devenir de las cosas, a su incuestionable imposición por sí mismas. Todo nos era más claro, entendiendo por claridad la absoluta inevitabilidad de su existencia.

Lo que había, lo que se daba o quitaba, lo que se nos exigía o concedía lo era y por su mismo ser bastaba. No había más.

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Anguita ante el dilema

Por Mariano Valcárcel González.

Esta España de charanga y pandemia no podía sino ser ella misma ante la noticia de la muerte de Julio Anguita González.

Ahora e inverosímilmente muchas y muchos se deshacen en elogios del personaje, principalmente alabando su coherencia. Por lo que se ve ser coherente es hoy día ya una señal de excepción, admirativa y ensalzable, una virtud excelsa que es rareza y ante la que hay que inclinarse (eso sí, cuando quien la manifiesta ya está muerto, porque mientras está vivo es ciertamente impertinente e inaguantable). Ser coherente en estos tiempos es ser un estorbo.

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