Los miércoles, macuto, 06

Formación jesuítica

En macutos anteriores me refería al padre Galofré y al comportamiento que me dedicó durante dos años. No quería incidir sobre este asunto, porque consideraba que era una actitud que “cultivó” solo hacía mí y no procedía sacar a relucir asuntos personales, sólo los estrictos para poder seguir adelante con el relato del momento. Tampoco consideraba relevantes las consecuencias subsiguientes, que crearon unas nuevas circunstancias para mi modo de vida. Al fin y al cabo, la vida es una evolución, un continuo cambio que, en algunos, puede ser traumático por la falta de adaptación.

Comunicados recibidos de compañeros “safistas” acreditan que existieron casos semejantes, no ya de Galofré, también de otros miembros de la Compañía. Así mismo se refieren al acusado pavor que se sentía ante la amenaza de expulsión, como una resolución altamente expeditiva que reconducía los más rebeldes comportamientos no deseados, algo que (creo) llevábamos todos metido en el cuerpo. Pero no dejan de ser casos personales, con sus peculiaridades intransferibles, que cada cual puede darle el tratamiento que crea oportuno y exponerlo donde crea conveniente.

Entiendo sin duda la desazón que producía la existencia de esas prácticas en un muchacho de catorce años, pero siempre supe que esa no era la Compañía de Jesús. El comportamiento de un número determinado de individuos no es suficiente para definir a toda una Institución implantada en el mundo desde hace cinco siglos, ni tiene entidad suficiente, ni puede mancillar la noble misión que desarrolla. Cualquier colectivo humano tiene determinados miembros que interpretan a su conveniencia las normas que regulan el comportamiento para alcanzar los objetivos que se proponen. No se me ocurriría, por tanto, ni tengo motivos para hacerlo, censurar, ni mucho menos renegar de una Institución de la que he recibido lo más sólido de mis valores humanos y espirituales.

Mi formación es jesuítica y siempre lo he llevado muy a gala. Con ella he llegado hasta aquí con unos logros, sin duda mejorables, pero que a mí me han dado muy buenos resultados.

En cualquier caso, debe considerarse una virtud descubrir la cara positiva de los acontecimientos que en un principio juzgamos que nos son desfavorables. Éste es, según he podido comprobar, el talante adoptado por quienes se han visto apartados, drásticamente y sin explicación, de los estudios que habían iniciado. Es la mejor manera de reconducir el destino. Un destino que se encontraba en un camino diferente al iniciado y tuvo que ser un agente externo el encargado de llevarnos de la mano hacia él.

 

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