“Los pinares de la sierra”, 152

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Un cliente problemático.

Siguiendo el programa fijado, aquella misma tarde pasó por la peluquería a saludar a María Luisa, que se sintió gratamente halagada por la visita. Le preguntó por aquellos señores tan guapos que asistieron a su boda, y se deshizo en atenciones para con él. Por Martini no preguntó, porque ya se sabe que Martini no despertaba la admiración del bello sexo. Le dijo también que Soriano y ella le estaban muy agradecidos y echaban de menos las mañanas de los domingos en Edén Park. Le indicó con la mirada que quería hablar a solas con ella, pero tuvo que esperar a que le diera los últimos toques a la permanente que le estaba haciendo a una clienta.

―Perdone, señor Portela; es que si se enfrían los bigudíes, se me aflojan los rulos y el rizado pierde consistencia. ¿Me comprende?

Más tarde, en un discreto aparte, le explicó que tenía un negocio que les podía interesar, tanto a Soriano como a ella.

―El asunto no encierra grandes dificultades, ni para su esposo ni para usted ―dijo Paco con gran respeto y gentileza―. Se trata de encontrar una familia de buena posición dispuesta a realizar una inversión rentable y de futuro. El único problema es que no disponemos de tiempo para ultimar detalles y tendríamos que hacerlo con urgencia. Claro que, las ganancias también son proporcionales a la rapidez que el caso requiere.

―Y, ¿de cuánto estamos hablando, señor Portela? ―preguntó María Luisa que, como se puede deducir de su pregunta, era una mujer generosa y desinteresada—.

―Doscientas mil pesetas, si todo sale bien. Le he traído un anticipo de veinticinco mil, por si le es posible colaborar. En caso contrario, buscaré otra solución más viable. Solo una cosa más: aunque supongo que tendrá que comentarlo con su esposo, mañana mismo necesito una respuesta.

No hizo falta que Paco continuara con el discurso. María Luisa, que con la compra de coches de segunda mano había visto cómo descendía el nivel de sus ahorros, cogió el sobre con un gesto muy femenino, lo introdujo entre sus pechos imponentes y le aseguró que, cuando se trataba de ayudar, ella sacaba de las piedras un cliente con dinero.

―No necesito hablarlo con mi marido. En lo tocante a la clientela de este salón, actúo con absoluta libertad. ¿Me comprende? Ni yo me meto en el funcionamiento de la venta de coches, ni él interviene en los asuntos de la peluquería.

Consultó la agenda, miró las visitas que tenía para el día siguiente y le aseguró que el domingo por la mañana estaría en la finca, en compañía del dueño de una de las funerarias más florecientes de la ciudad.

―¿Y no tendría un cliente más normal, señora? ¿Un charcutero, un fabricante de muebles de cocina, el dueño de una flota de camiones, o alguien con una profesión menos siniestra? Es que soy de Cádiz y a los del sur esas cosas nos dan mal fario, ¿sabe usted?

Portela, váyase tranquilo y déjelo en mis manos, que a mí me gusta el dinero tanto como a usted. ¡Si está forrado! Es un negocio rentable y seguro. ¡Un filón! Piense que, por desgracia, la gente se muere todos los días, y que una funeraria no precisa apenas inversión. Los familiares del difunto pagan al contado y los ataúdes, los coches, las flores y el resto de servicios para el sepelio se abonan a noventa días. ¿Me comprende?

―Vale, vale, María Luisa; ahórrese los detalles, por favor.

Con las lógicas dudas, porque hubiera preferido otro de tipo de cliente para el negocio, se despidió de ella, le dio recuerdos para Soriano y quedaron en encontrarse en Edén Park el domingo, hacia las once de la mañana.

―Por favor, sean puntuales ―dijo Paco antes de marcharse―; y si surge algún imprevisto, avísenme con tiempo, por favor.

―No se preocupe ―respondió María Luisa―. Ya conocemos los horarios.

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