“Los pinares de la sierra”, 147

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- Consumar una estafa es como representar una obra de teatro.

Salió del despacho casi a las cuatro de la mañana y, como imaginaba que a aquellas horas no le sería fácil encontrar a Fandiño, esperó al día siguiente para llamarlo desde el despacho y, de paso, ahorrarse el importe de la conferencia. Media hora antes de que llegara el resto del personal, ya estaba en la oficina con el teléfono en la mano, marcando el número que el gallego le había dejado antes de darse a la fuga. Al principio, nadie atendió la llamada. Tuvo que insistir varias veces hasta que contestó una voz de mujer, que intentó eludir la situación, hasta que Paco le dijo que se trataba de un asunto muy grave, y mencionó el nombre de Donato Gálvez.

―¿Ha dicho, Gálvez? ―dijo la mujer, desde el otro lado de la línea y, al instante, cogió Fandiño el aparato—.

―¿Dígame, señor Gálvez? Soy Roque Fandiño. ¿Me ha llamado?

―Hace media hora que intento hablar contigo. Pero no soy Gálvez, sino tu compañero Portela, y quiero avisarte antes de que sea tarde de los problemas que puedes tener con Gálvez, si no regresas con urgencia.

Le explicó la situación, recalcando las posibles represalias de Gálvez en la persona del gallego, aunque sin asustarlo demasiado para que regresara, y modificando en beneficio propio la conversación que mantuvo con el viejo policía.

―Yo creo que algo se huele; han pasado unas semanas desde que te fuiste y, como no das señales de vida, no deja de preguntar por ti. Viene a verme al despacho con frecuencia, y no hay domingo que no se le vea husmear por la finca, seguramente, maquinando alguna barbaridad. Yo también he llegado a pensar en marcharme, pero ¿adónde? Créeme si te digo que, si aún no lo he hecho, es porque no se me ocurre un lugar seguro en el que ocultarme. Aunque vuelvas a marcharte pronto, deberías venir y dar la cara; le cuentas la triste historia de tu padre, te despides, quedas como un señor y le dices que tu madre te ha pedido que vuelvas con ella a Mondoñedo. ¿Cómo lo ves?

Al otro lado de la línea, Fandiño le escuchaba sin pronunciar palabra. Paco le oía respirar de manera entrecortada y pensó que era el momento adecuado para tirarse un farol. Tras un breve silencio, le aseguró que, para evitar males mayores, había convencido a los antiguos compañeros del equipo para que todos le ayudasen a resolver el problema.

―Tenemos un magnífico proyecto para que tú salgas del apuro y ganar entre todos más de siete millones de pesetas en un fin de semana. ¿Cómo lo ves?

Lo dijo con rotundidad y convicción, como si ya tuviera el dinero en su poder.

―Se trata de buscar un primo con pasta, y montar la mejor función de teatro que jamás se haya representado en una urbanización: vendemos las parcelas de Gálvez, le devolvemos su dinero, se olvida del asunto, y se acabó. Él se queda tranquilo, tú te quitas el problema de encima, y todos sacamos una buena tajada. ¿Qué te parece? Pero tienes que venir lo antes posible. Gálvez dice que solo se fía de ti, y falta una semana para ultimar detalles. Cómprate un traje negro y dos corbatas, negras también. Tú preséntate con cara de funeral y de lo demás me encargo yo.

―Corbatas tengo las de camarero, pero lo del traje no va a ser posible. Entre el viaje y la inversión que he tenido que hacer en el local, me he quedado sin fondos. ¿No podrías hacerme un anticipo a cuenta de beneficios?

No tuvo más remedio que solucionarlo, como se arreglan las cosas casi siempre, con dinero. Firmó un vale de caja en administración, por valor de cien mil pesetas y, bajo palabra de que cuando recibiera el dinero regresaría a Barcelona, aquella misma tarde le envió un giro de veinticinco mil. Aquella misma tarde se reunió con Roderas y Mercader, para darles la noticia.

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