“Los pinares de la sierra”, 145

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

7.- Las “gogó”.

Gálvez encajó el golpe y, afortunadamente, reaccionó con buen humor.

Portela, eres un artista. Hay que ver lo bien que te explicas. Algunas veces, cuando te veía hacer trampas en el sorteo y engatusar a algún primo, me daban ganas de interrumpir el espectáculo y decirte que me enseñaras la papeleta que escondías detrás de la carpeta. Que conste que si no lo hice fue porque me caes bien y todo aquello me divertía. Eres un cabronazo, pero he de admitir que tienes clase.

―Y supongo que a usted eso le gusta, ¿verdad?

―Hombre, eso te lo diré muy pronto; es más, dependerá del resultado de la gestión. Por cierto, ¿cuánto tiempo necesitas para llevar a cabo el trabajo?

―Dos meses, como mucho.

Gálvez calló unos segundos, lo miró a los ojos y esbozó una sonrisa amenazante.

―Tienes una semana, a partir de hoy. O sea, que el próximo jueves quiero la guita. ¿Lo entiendes o te lo deletreo? Me conoces y sabes que no amenazo en vano. Procura hacerlo deprisa y no te andes con gilipolleces. Y si para convencer a alguien necesitas que te eche una mano ―dijo, llevándose la mano hasta donde guardaba la pistola―sabes que puedes contar conmigo. Pero si te trincan, hazte cuenta de que no me conoces: levantas el polvo, sales cagando leches y ni se te ocurra dar mi nombre. ¿Vale?

Paco estaba al corriente de cómo las gastaba, y de sobras sabía que con su aire correcto y glacial, Gálvez era capaz de helarle la sangre al más “echao palante”.

―No hará falta, usted sabe que no me gusta la violencia. Lo que yo quiero es que todos ganen y nadie salga perjudicado. Pero deme, al menos, un mes de tiempo.

Se echó a reír, le pasó la mano por el hombro y respondió en tono ceremonioso.

―¡Qué huevos tienes! Bueno, te doy dos semanas y no se hable más. Es mi última palabra. Y ahora, cuéntame en qué consiste ese plan tan eficaz que tienes pensado.

―Es muy sencillo; se trata de encontrar un primo que se quede con sus parcelas, para que usted recupere su dinero, yo cumpla con la promesa que le hizo Fandiño, y todos quedemos en paz y como amigos. Lo único que me preocupa es el tiempo. Por cierto, ¿por cuánto estaría dispuesto a vender?

―Pues ya lo sabes; al precio que estáis vendiendo la nueva fase. O sea, unos cinco millones de pesetas en números redondos. ¿Qué te parece? Pero no te olvides que solo tienes dos semanas.

Regresó el portero que lo había acompañado al despacho, para decirle a Gálvez que habían llegado las “gogó”, que esperaba para darles el visto bueno.

―Diles que pasen.

Salió el empleado y Gálvez volvió a la conversación.

Portela, esto te encantará. ¿Habías estado antes por aquí?

―No; este rollo no me va.

―¿Y tú, qué sabes? Los miércoles hay concurso de rock; los jueves salsa; los viernes, boleros y música melódica; los sábados ritmos de actualidad…, música disco…, y toda esa música de mierda.

Entraron las chicas, Gálvez sonrió taimadamente, como el lobo que examina a la presa antes de cazarla, y les dijo que se pusieran cómodas.

―Hola chicas, ¿cómo os llamáis? Bueno, dejemos eso para luego; ahora quitaros la ropa y hacedle a mi amigo una demostración de lo que sabéis hacer.

Dejaron las faldas y las blusitas sobre el sofá, y vestidas con un minúsculo bikini de colores, y zapatos de tacón del mismo color, dieron unos pasos de baile, hicieron unos movimientos insinuantes y guardaron para el final unas rápidas convulsiones, eléctricas y provocadoras.

―Muy bien, muy bien; veo que sois unas profesionales ―dijo muy satisfecho―; os espero mañana a las doce para firmar el contrato y aclarar los últimos detalles. ¿De acuerdo? Lamento no poder dedicaros más tiempo, pero como veis, estoy muy ocupado. No hace falta que os acompañe ¿verdad? Pues ya os podéis vestir y hasta mañana.

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