“Los pinares de la sierra”, 111

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- El dinero es un regalo divino.

La conferencia se celebraba en el auditorio y al acto estaba citado todo el personal de la empresa. En las primeras filas, se situaron las señoritas de relaciones públicas, ruidosas y bullangueras, con sus minifaldas y sus zapatos de tacón. Cuando algún chico pasaba ante ellas, cruzaban las piernas, en apariencia de forma distraída, para que los muchachos contemplaran la hermosura de sus muslos, jóvenes y tentadores.

A los pocos minutos, el aire estaba lleno del humo de los cigarrillos, de las risas y del incesante murmullo de las chicas. En el auditorio, no cabía un alfiler. Allí estaban los equipos de todas las oficinas, con sus jefes de ventas y sus directores comerciales, muy serios y elegantes. Cuando todos ocuparon sus localidades, se apagaron las luces, se encendieron los focos de la cabecera de la sala, sonó una musiquilla, alegre y pegadiza, y subió a la tribuna Martina Méler, con un traje de chaqueta azul turquesa, una falda de tubo, un llamativo escote y unos zapatos de tacón alto, color granate. Aunque la pelirroja no era lo que se dice una belleza clásica, tenía un atractivo, una elegancia en sus movimientos y una sonrisa, insinuante y atrevida, que dejaba embelesados a los que la miraban. Dio unos pasos por la tribuna, a la espera de que cesaran las conversaciones; aumentó el volumen de la música y el auditorio, en pleno, estalló en un cerrado aplauso.

─Buenas tardes a todos.

Se hizo el silencio y empezó a hablar sin abandonar su sonrisa juguetona.

─Debo advertiros, antes de empezar, que os voy a pedir un esfuerzo y una dedicación para la que debéis estar debidamente preparados, pero que si os entregáis a la tarea con fe y con ilusión, antes de lo que pensáis puede cambiar vuestro futuro. O sea, que si alguno de los presentes no se siente capaz de seguir adelante y asumir el reto, le pido por favor que abandone la sala.

Todos se miraron en silencio y permanecieron sentados en sus localidades.

─Está bien; si continuáis ahí, deduzco que estoy ante un grupo de compañeros emprendedores y ambiciosos. ¡Enhorabuena! Creedme que no es fácil encontrar en la vida gente como vosotros. Lo habitual es tropezarse con personas que se quejan de su mala suerte y pasan el tiempo criticando a los triunfadores. ¿Verdad? Todo el mundo aspira a conseguir una vida mejor y a disfrutar del lujo y los placeres de la vida; pero, al cabo de los años, continúan sumidos en su mediocridad. Hay quien dice que el dinero es malo, pero no es verdad: el dinero es un regalo divino al alcance de todos, pero muy pocos trabajan y se esfuerzan por conseguirlo. Pensad en las personas cercanas a vosotros. ¿Alguna vez os habéis preguntado las razones de su fracaso? Yo sí. Os puedo asegurar que obedece a razones psicológicas. “Hace más el que quiere que el que puede” ─dice el refrán─. Es cierto. Mediante un proceso de auto convicción, nuestra mente puede adaptarse a situaciones poco habituales e incluso adversas. ¿Sabéis por qué algunos animales viven en el desierto sin beber agua en varios días? ¿Sabéis por qué se curan algunas enfermedades sin medicinas, ni la intervención del facultativo? Porque la mente utiliza recursos infrecuentes para afrontar las situaciones más difíciles. Solo se necesita desearlo con fe y confianza; de lo contrario, podemos acabar pidiendo limosna en la boca del metro o en la puerta de una iglesia. ¡Querer es poder! El milagro surge cuando acaba sucediendo lo que deseamos en nuestra mente. Es prodigioso. Lo que a muchos les parece imposible se consigue si se desea con fe y seguridad. Os animo a pensarlo.

Interrumpió el discurso unos instantes para dar tiempo a la reflexión y concluyó.

─Ahora, cedo la palabra a nuestro líder, que no duda en arriesgar su vida y su fortuna en pos de una empresa de la que se hablará durante mucho tiempo: Edén Park. Un hombre que ha soñado con un proyecto fabuloso, y que nos brinda la oportunidad de unirnos a sus filas para llevarlo a cabo. Con ustedes, el señor Triquell, promotor de Edén Park, la más prestigiosa urbanización de Cataluña. Un fuerte aplauso para él.

Volvieron a encenderse las luces de la sala, Martina se retiró con discreción al ángulo derecho de la tribuna y ocupó su lugar el señor Triquell, con su chaqueta ceñida, el pelo engominado y los puños de la camisa muy salientes, para lucir sus preciosos gemelos de laca china, la esclava de oro y el soberbio reloj que lucía en la muñeca.

Cesaron los aplausos, la sala quedó a oscuras y, a la luz de los focos -que iluminaban su figura-, tomó la palabra.

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