República bananera

Salvador González González.

Cuando vemos esas películas, donde se nos presenta un reyezuelo o presidente bananero, en un país, generalmente del tercer mundo, nos asoman a una sociedad “muy suya”, aborigen y cortejando a su líder, que es un impositor y dictador, dueño de vidas y hacienda de los súbditos, de su tribu, que no permite que se contaminen con tribus vecinas, no vaya a cundir el libre pensamiento y, por tanto, cuestionen su autoridad (situada por encima del bien y del mal y, por tanto, no sujeta a control legal alguno), nacida en muchos casos de la superstición y atribuida a decisiones de la divinidad.

Con ese pueblo elegido, ya que el líder se constituye en el mesías que ha de salvarlos de todos los males y traerá la felicidad a la tribu, siempre que todos sigan la senda que él marque. No importa que, cada vez, más ciudadanos se vayan distanciando del verdadero camino de abundancia y venturosa existencia, reservada ésta para la élite; que ésta si vive en la abundancia con pingües prebendas, sueldos y sinecuras de todo tipo y que rodea a ese reyezuelo o presidente, adulando sus decisiones, velando porque la pureza de la tribu no se contamine con otras cercanas o que pretendan compartir destino con el pueblo llamado y regido por el súper-dirigente ungido y salvador del pueblo.

También observamos que, cuando el pueblo se va dando cuenta de que va hacia un precipicio que lo único que les va a traer es miseria, calamidad y males de todo tipo, se encuentra que no puede reaccionar, rompiendo esa cadena, creada exprofeso y que está basada en la fe y el sentimiento de dependencia, que ‑a modo de una religión‑ los ha sublimado, de manera que sólo ven, dicen y hacen lo que el líder ‑ya no solo político, sino incluso seudo-religioso‑ determina como garante de la supremacía de ese pueblo sobre todo lo que se ponga en medio de sus determinaciones.

¿Les suena todo lo que he dicho y la situación por la que ha atravesado Cataluña? Todo lo que habían venido diciendo era pura aventura desiderativa, sin sustento alguno en la realidad, el proces y sus dirigentes; algunos, hoy en prisión ‑a espera de que se les juzgue por los supuestos delitos‑, y otros, huidos, buscando la impunidad y continuando contumazmente con el mensaje arcaico de tierra prometida, y ciudadanos a los que llaman a revelarse contra “la tiranía” que, los que no son de su tribu, quieren imponerles, persisten en esa supuesta Arcadia inmejorable que resultaría, si le dejaran actuar de acuerdo con sus pretensiones, basadas en meras quimeras ajenas a la realidad.

Ha bastado poco tiempo para comprobar las consecuencias de una simple declaración, que ahora muchos vienen a decir que era meramente teórica, sin contenido fáctico ninguno; pues bien, esa declaración teórica, porque además ha sido dejada sin efectos por el Tribunal Constitucional, ha traído las consecuencias que ahora todos lamentan: huida de tejido empresarial, aumento del paro, empobrecimiento de la sociedad, pérdida de prestigio y valor de la Marca Barcelona, Cataluña y España (reflejada recientemente en la perdida de la Agencia del Medicamento)… Menos mal que ha sido un intento teórico, que si llega a producirse a todos los efectos, seguramente todos los patriotas, incluyendo al presidente huido (como suelen hacer casi siempre en esas repúblicas bananeras), posiblemente hubieran terminado corridos a gorrazos por sus seguidores, una vez que, a estos, la venda que cubre sus ojos se le hubiese caído, al constatar el resultado de lo conseguido con la llegada de la tierra y patria surgida, donde, en lugar de rosa, vino y miel, hubiesen empezado a aparecer: espinas, paro, hambre y la precariedad en todas sus manifestaciones.

No por ello, estos “patriotas” de pacotilla ‑porque algunos, cuando han visto la sombra de los barrotes dibujarse a su alrededor, han “cantado la gallina”, retractándose de manera que no dijeron «Digo, sino Diego»‑, pues ahora dicen que era una falsa interpretación.

Una vez de nuevo sueltos, han vuelto a las andadas, invocando el sacrosanto nombre de la tierra prometida que ahora si va a ser la Arcadia que ellos predicaban.

Y termino con un dicho: «Si una vez te engañan, puede ser culpa del engañador; pero si de nuevo te dejas engañar, eso ya es culpa tuya».

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Información adicional