“Los pinares de la sierra”, 59

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.-El timo del ciego.

Todos celebramos la respuesta, algunos encendieron sus cigarrillos, dispuestos a escuchar con atención al compañero, y Arumí nos contó con detalle cuál era la principal fuente de ingresos de la pareja. Lo llamaban el timo del ciego. Se trataba de localizar un lugar apartado, con poca afluencia de visitas, y elegir al típico vendedor de cupones: uno de esos ciegos a los que nadie presta la menor atención, que con su mesita de tijera y las tiras sobre la mesa, no para de vocear: «La suerte. ¿A quién le doy la suerte? Dos iguales para hoy…». Se acercaba Mercader con su arrebatadora simpatía, saludaba amablemente y le pedía cupones por valor de mil pesetas; pero de todos los números a la venta, para tener así más posibilidades de acertar.

Mientras le preparaban el pedido, decía que iba a tomar un cortado en el bar más cercano y que enseguida regresaba. En efecto, volvía a los quince minutos, sacaba un sobre del bolsillo de la chaqueta, se lo entregaba al invidente y le pedía que depositara las tiras en él. Mientras el ciego metía los cupones dentro del sobre, Mercader empezaba a contar el dinero para pagar la compra, y esa era la señal convenida con Roderas para que hiciera acto de presencia, se colocara a espaldas de Mercader y con el pretexto de que tenía mucha prisa, montara el pollo.

―Oiga, señor: ¿tiene usted para mucho? ―preguntaba Roderas―. Lo siento, pero si no termina enseguida, llegaré tarde a una reunión muy importante.

―Es solo un momento ―respondía Mercader, mientras fingía contar el dinero―. Por favor, no me ponga nervioso.

Roderas refunfuñaba para aumentar la tensión, y Mercader, fingiendo estar molesto por el acoso al que le sometían, se dirigía al ciego:

―Oiga, este señor está acabando con mi paciencia.

―No sea grosero ―replicaba el compinche―; se lo he pedido con educación.

Pero Mercader seguía inspeccionando su cartera y registrando los bolsillos.

―No sé cómo ha podido suceder. He contado el dinero dos veces en el bar y lo tenía preparado, para que no tuviera que darme el cambio. ¿Sabe? Déjeme que vuelva a contarlo. ¡Vaya por Dios! No me van a creer, pero me faltan veinte pesetas.

―Pues vuelva más tarde o no llegaré a la reunión. No me dirá que piensa volver a contarlo, porque usted es capaz. ¿Verdad que sí?

Intranquilo por las prisas y para no perder la operación, el ciego terminaba por proponer una solución, para zanjar el problema.

―No se preocupe. Tome los cupones y ya me dará los cuatro duros cuando pueda.

―¿De verdad?

Entonces intervenía Roderas, para llevar la situación al límite y asegurar el timo.

―No; eso no lo puedo permitir. Este pobre ciego no tiene por qué prestarle a usted nada. Yo le dejaré el dinero, pero dese prisa. Soy abogado, aquí tiene mi tarjeta y las veinte pesetas. Se las presto y ya pasará a devolvérmelas por mi despacho. ¿De acuerdo?

―Quizás no debería aceptar ―respondía Mercader―; pero ya que este señor es tan amable y tiene tanta prisa… La verdad, no sé cómo agradecérselo.

En ese momento, cogía el sobre que le entregaba el ciego y le daba el cambiazo; se lo guardaba en el bolsillo de la chaqueta, pero al instante fingía estar arrepentido, sacaba otro sobre idéntico al anterior, aunque lleno de tiras caducadas. Se lo entregaba al ciego como si le devolviera sus cupones y se largaba con viento fresco.

―Dejémoslo. Me siento avergonzado; guárdese el sobre y ya pasaré más tarde a recogerlo. Perdóneme.

Luego se volvía a Mercader y se deshacía en cumplidos con él.

―Gracias, señor. Guárdese el dinero. Usted y yo no nos conocemos de nada y, al fin y al cabo, esto no es urgente. Yo vivo cerca de aquí y usted tiene prisa. Gracias, muchas gracias, por su atención. Ya pasaré más tarde por aquí. Perdone las molestias.

El timo estaba consumado. El ciego se quedaba con un sobre lleno de cupones caducados y ellos jugaban gratis cada día, y de cuando en cuando se beneficiaban de los caprichos de la Fortuna, que con frecuencia también favorece a los estafadores.

―Y tú, ¿cómo sabes tantos detalles de esos granujas? ―preguntó Paco—.

―Porque me propusieron asociarme con ellos y no acepté.

Personalmente, aquello me parecía un disparate. En cambio, Paco se confesaba un entusiasta de la picaresca; se sentía joven, valiente, triunfador, y le apasionaban aquellas historias de fraudes y engañifas. Y mucho más aquella tarde, que había hecho una venta difícil y estaba resplandeciente de optimismo. Nadie sabe la seguridad que ese tipo de operaciones infunden al vendedor. Con su pantalón Levi´s, su camisa Lacoste y los Sebago limpios y brillantes como los chorros del oro, se debía de considerar un elegido. Decía que los pícaros eran unos héroes que, a base de ingenio y de salero, luchaban y se sobreponían a las infamias del destino.

De camino al Márisol Palace, no me habló de otra cosa; estaba empeñado en que teníamos que hacer el truco de los cupones solo por divertirnos; para ver si la suerte se ponía de nuestra parte.

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