La conllevancia de Cataluña con España y viceversa

Por Salvador González González.

Hace unos días estuve oyendo, de nuevo, el discurso en las cortes de Ortega y Gasset sobre el Estatuto de Cataluña, cuando era Diputado en la República, año 1932. Aunque es un poco largo, les recomiendo que lo escuchen; parece increíble que lo que dijo nuestro filósofo ‑el de «Yo soy yo y mis circunstancias», hace ya para 85 años‑ da la sensación de que fue dicho ayer o, todo lo más, anteayer, por la rabiosa actualidad que aún mantiene. No se ha avanzado nada ni ha servido de nada; los tropezones que hemos padecido entre ellos, una guerra fratricida, que nos dejó maltrechos y de la que aún no nos hemos recuperado por el empeño de muchos de no querer pasar página.

Los males que entonces dibujaba Ortega siguen estando presentes en la relación que Cataluña mantiene, o mejor dicho, que quiere no mantener con España, fruto de una concepción excluyente de algunos catalanes que quieren de nuevo, pretendiendo sin serlos, representar la voz del conjunto de todos los catalanes. Suscribo todo lo que dijo entonces y lo reproduciría tal cual en estos momentos, pero hay algo más que es un fenómeno nuevo que yo no sé cómo encuadrarlo. Me refiero a esa izquierda radical, que ha alambicado el sentido de izquierda, con lo que conlleva de lucha para que la clase obrera deje de ser los parias de la tierra y han puesto en la cima de sus pretensiones la independencia de Cataluña con argumentos típicamente de cierta burguesía catalana: tal cual es, España nos roba; o, lo que es casi lo mismo, decir que fuera la solidaridad con otros pueblos de España menos favorecidos por el Régimen anterior y que tuvieron muchos de ellos que emigrar precisamente a Cataluña, donde, con su esfuerzo como currantes, ayudaron a levantar a Cataluña, haciéndola más prospera y más rica.

Ahora, según esos supuestos izquierdosos, no quieren compartir parte de ese pan que se ha hecho en el horno de la discriminación con otros territorios, que le tocaron ser la pariente pobre, que sólo servían para mano de obra barata para el desarrollo industrial de esos territorios a los que casualmente el dictador acudía entonces en olor de multitudes (veranos en la Concha, paseos de visitas a Barcelona…).

De otro lado, las únicas divisas que entraban “limpias de polvo y paja” eran las aportadas por esos mismos obreros que salieron también mucho al exterior, a Suiza, Francia o Alemania entre otros y aportaban francos o marcos que servían para compensar la desastrosa balanza de pago del Estado; estas divisas sirvieron, entre otras cosas, para ejecutar el metropolitano de Barcelona. Todo esto ha sido ignorado de una manera insidiosa y mezquina y se ha vuelto a un culto a “lo propio y excluyente”. Veremos en qué acaba de nuevo todo ello; me refiero a la enorme fractura social que se está produciendo en Cataluña, donde el que no “es un patriota independentista” es un “apestado españolista, fascista o franquista” y son etiquetas que aplican al ciudadano catalán que no comparte el pensamiento único que por todos los medios, algunos regados generosamente con dinero público de todos “para crear estado de opinión y coacción con el que no siga la estela (nunca mejor dicho) marcada”. Hasta el deporte, en el que también se ha avanzado en España, es objeto de manipulación torticera (reivindicar selecciones catalanas, deportistas, entrenadores…, aprovechando el enorme tirón que muchos adquieren, se trata de instrumentalizar en beneficio de “La causa”, que no es otra que la creación de una supuesta Cataluña donde manará leche y miel, desaparecerán las colas, las jubilaciones serán más prontas y más dotadas y seguirán siendo el primer proveedor de productos al resto de España. No se dan cuenta de que ese mercado interior actual (y el europeo), pueden, por la insolidaridad y egoísmo, ponerlo en riesgo; creen algunos que, en el resto, no hay potencialidades para fabricar…, pizzas, cava, espete, coches, lavadoras y todo lo que se tercie. Cuidado que, cuando un líquido se derrama, después es prácticamente imposible recogerlo en su totalidad.

Decía Ortega que buscar soluciones definitivas y de una vez por todas para la relación de Cataluña con España, era imposible; que había que ir conllevando esa relación: «Pues bien, señores, yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que solo se puede conllevar y, al decir esto, conste que significa con ello, no solo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles». Y puntualizaba lo que entendía; que no debía aparecer de ninguna manera en ese Estatuto que la Republica estaba dispuesta a conceder a Cataluña y, entre todas, sobresalía que no debía ni podía cederse soberanía, algo que creo es la “madre del cordero”. En esta cuestión, las soluciones federalistas o incluso con federalistas que se pudieran articular en esa pretendida reforma constitucional, no pueden ni deben cuartear la soberanía nacional, por mucho Estado plurinacional que se indique en la reforma que se pudiera consensuar, porque ese es otro tema; sólo desde el consenso es posible; de lo contrario, lo que saliera sería un nuevo engendro como tantos otros creados de unos contra otros en los innumerables textos constitucionales que nos hemos ido dando. Este perdura, porque no es de unos ni de otros: es de todos; por ahí debe seguir, siendo el camino en esa posible y futura reforma constitucional. Y también va siendo hora de que muchos catalanes pierdan el miedo y manifiesten su posición, desenmascarando a los que el único horizonte que presentan en una independencia, como tabla en muchos casos de salvación de sus chanchullos y corrupciones, pretendiendo taparlos con la estelada, que, al parecer, todo lo cubre y todo lo sana.

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