La buena educación

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

No sé adónde llegaremos por el camino que llevamos; pero, sinceramente, no me gusta. «Por hipocresía ―decía don Francisco de Quevedo―, llaman al negro, moreno; trato, a la usura; a la putería, casa; al barbero, sastre de barbas; y al mozo de mulas, gentilhombre del camino». Una cosa es que, por amabilidad, tratemos de suavizar algunos términos del lenguaje; y otra, muy diferente, que se nos trate de confundir para que creamos que el norte es el sur y que el sol sale por el oeste. Cuando se pierde el sentido de la orientación, es decir, cuando corremos sin rumbo de un sitio para otro, sin distinguir el bien del mal, se produce una confusión y un desconcierto en la sociedad que nos lleva al desastre.

A los políticos, se les llena la boca de la necesidad de cambiar el sistema, y a mí me parece que cualquier sistema llevado a cabo por los mismos personajes o similares, nos llevaría al mismo sitio o a otro peor. Sería deseable hacer un cambio de personas, pero no físico, sino de personas que fueran distintas “por dentro”. Es difícil, pero sería de desear: lo otro, el «quítate tú para que me ponga yo», ya estamos viendo adónde no conduce.

Cuando Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, dice que «la crisis europea no es solo financiera, sino política», yo interpreto que lo que echa de menos; es eso que antes se conocía por decencia y buena educación; ¿o no? Yo creo que la primera crisis, la que deberíamos afrontar en España, sería conseguir que todos los ciudadanos de este país fueran gente noble, honrada, trabajadora… Eso, a lo que nuestros abuelos llamaban «gente de fiar». Personas libres y responsables de sus actos, que no intenten prosperar en la vida, atropellando o abusando de los demás. Y lo mejor es que, para eso, no necesitamos a los políticos. Bueno, ni para eso ni para casi nada, pienso yo.

Si, cuando volvíamos a casa el mes de junio, con nuestra maleta de madera y las asignaturas aprobadas mejor o peor, nuestras madres no se hubieran preocupado de buscarnos unas clases por la mañana, para preparar el curso siguiente, y un trabajillo con el que sacáramos para los gastos, nuestra vida hubiera sido diferente. Sin estudios, sin experiencia pedagógica y sin conocimientos de psicología. ¡Qué buenas educadoras eran nuestras madres! Ese es el camino. Si no enseñamos a nuestros hijos a respetar a los demás, a que sean respetuosos y responsables de sus tareas, ya les podemos mandar a Estados Unidos, a que aprendan inglés; que, es muy posible que consigan chapurrear el inglés (cosa muy importante), pero quizás no haremos de ellos unas buenas personas.

La buena educación empieza en casa y debería completarse en el colegio, con profesores serios y ejemplares, conscientes de su elevada misión, y valientes, a la hora de explicar a los padres por qué actúan de una manera y no de la otra. No estoy yo muy al día de las nuevas modas escolares; pero, si cuando vienen furiosos los de la “Junta de evaluación”, o aparece una madre chillando porque hemos suspendido a su retoño, le explicamos con detalle que el mocito no pega ni sello, que se dedica a hacer el gracioso a todas horas, y que lo que más le conviene es preparar la asignatura durante el verano, para que pueda seguir sus estudios sin dificultad, seguro que la madre acabará por entenderlo, sobre todo si se le aclara que el peor favor que podemos hacer a su hijo es acostumbrarlo a aprobar sin trabajar.

El nivel económico de las familias españolas, en la actualidad, no es comparable al que sufrimos nosotros en los internados de Las Escuelas; ni las actuales facilidades para el estudio son las de entonces. Quiero decir con esto que, los primeros responsables de la educación de los hijos son los padres, única y exclusivamente. La escuela, la universidad o las salidas al extranjero para perfeccionar los idiomas son importantes, pero no solucionan los estragos que los padres puedan perpetrar en casa. Yo creo que la solución no reside en conceder más becas, ni aumentar el número de profesores en las escuelas, sino enseñar que cada uno, y nuestros hijos también, deben entender que cada hora de estudio o de trabajo tiene un costo importante y, en consecuencia, debe estar bien preparada, bien desarrollada y bien ejecutada.

Barcelona, 22 de abril de 2017.

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