El País

Por Juan Antonio Fernández Arévalo.

Ningún demócrata, con una cierta edad, podría negar que el diario “El País” ha sido un símbolo -no el único, por supuesto-, pero sí uno de los más potentes de un país nuevo y moderno, que tuvo sus comienzos con la muerte del dictador. El tránsito de un régimen autoritario, con tics fascistas, hacia otro de carácter plenamente democrático, tuvo como notario periodístico a este diario, dirigido por Juan Luis Cebrián, que se había formado en la prensa del Movimiento y que había contado con la protección de Jesús de Polanco y la confianza de muchas personalidades de diversa ideología política, desde la derecha a la izquierda. Su ubicación en el centro izquierda, liberal y progresista, conectaba con amplias capas de la población joven y culta de aquellos momentos.

Desde mayo de 1976, vengo leyendo este periódico, llegando incluso a suscribirme en los últimos años. No siempre he estado, ni estoy, de acuerdo con sus editoriales, que son los que marcan la línea de cualquier diario; pero, generalmente he conectado con sus posicionamientos en favor de los derechos humanos, de la libertad, de la tolerancia…, y he valorado positivamente su compromiso innegociable con la democracia. Recordemos, una vez más, la célebre frase de Churchill, tan mal empleada a veces, que en tantas ocasiones hemos mencionado.

El prestigio de “El País”, como el diario más influyente en lengua española, no puede ponerse en duda. Buena prueba de ello es su hermanamiento con los diarios más importantes del mundo. Le Monde, The Guardian, Frankfurter Allgemeine, Washington Post, New York Times, publican conjuntamente páginas, reportajes e incluso editoriales, señal de que su onda coincide con la de los líderes mundiales de la información.

Sin embargo, en España, ha surgido un cóctel de partidos radicales, más o menos unidos en unas siglas comunes, que no solo ponen en cuestión la trayectoria de un periódico decente, sino que le lanzan una de las acusaciones más brutales e injustas que haya podido leer nunca. Les llaman máquina de fango. Existen pocas acusaciones tan graves e inmerecidas hacia un periódico.

Pero no solo “El País” recibe estas duras diatribas, sino que sus admoniciones, amenazas y advertencias las extienden a quienes se atreven a criticar cualquiera de sus actuaciones u opiniones. Ningún periodista, ningún medio de comunicación -salvo los adictos, que los hay- escapa a su ira y a su rencor manifiesto. Incluso Antonio García Ferreras, el conductor del programa “Al rojo vivo” de La Sexta, a quien le deben, en buena parte, su existencia y su expansión, se ha rebelado ante los intentos de imposición de estos aventajados discípulos de Hugo Chávez y Evo Morales. Monedero e Iglesias, especialmente, con actitudes chulescas y desafiantes, se oponen a cualquier atisbo de crítica que puedan recibir y, para ello, tienen dispuesto un ejército de seguidores que han copado e invadido las redes sociales, insultando, despreciando, amenazando y amedrentando a todo aquel que ose llevarles la contraria o simplemente defienda opciones políticas e ideológicas distintas.

No necesito saber las razones de la Asociación de la Prensa Madrileña (APM), para constatar, a través de los comentarios de cualquier noticia -de la índole que sea-, la beligerancia llena de odio que se destila por centenares de “opiniones” del mismo sesgo, bajo el impulso y amparo de estos mismos “adanes” de la política, trufadas en demasiadas ocasiones de faltas de ortografía básica, de mala sintaxis y, por supuesto, con la intención de causar el mayor daño moral a la persona a la que se refieran. La ética y la estética vapuleadas hasta límites insoportables.

Pero, entre todas las personas sometidas a un descrédito especial, figuran Juan Luis Cebrián, “el máximo hacedor de esa máquina de fango”, cuyo periódico se atrevió a criticar el enriquecimiento, a través de plusvalía, de un político del entorno más íntimo de Monedero e Iglesias: Ramón Espinar. Fue una crítica razonada y razonable, pero inadmisible para estos “pieles finas”, cuando la crítica se dirige hacia ellos.

La otra persona es un político que, con sus luces y sus sombras, es innegable que ha sido importantísimo para España, para Europa y para Hispanoamérica. El Estado del bienestar, del que fue su máximo promotor, aun teniendo deficiencias, constituyó un salto cualitativo de un relieve trascendental en nuestro país. El ataque, pues, de Pablo Manuel Iglesias, a la figura histórica de Felipe González, sin duda producto de un síndrome paranoide evidente, nos muestra un líder -el de Podemos- lleno de un rencor infinito, lo que limita sus posibilidades de hacer política dentro de un sistema democrático y representativo, por el que se rigen las naciones más desarrolladas del mundo, incluida España.

Conclusión: con el PSOE en un proceso de imparable autodestrucción y Podemos instalado en un populismo radical y agresivo, la permanencia en el gobierno de un presidente inane, minado por la corrupción, está asegurada por mucho tiempo. ¡Menudo futuro!

Cartagena, 16 de marzo de 2017.

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