La traición de Josefo y el dilema de Menón

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09-03-2012.

Era triste comprobar la soledad del Ágora a aquella hora. El joven Menón deambulaba en busca de epígonos con quien charlar un rato sobre las incógnitas de esa insondable ecuación que es el Universo. En una esquina de la plaza, abstraído y silencioso como siempre, debajo de un olivo, estaba Sócrates. Menón fue al encuentro del filósofo.

—Dime, maestro. ¿La virtud es una aptitud innata o se puede aprender?

—Defíneme con claridad qué es la virtud y podré contestarte —respondió Sócrates—.

Algo así nos ocurre a los que frecuentamos este Rincón, triste y desierto, como el Ágora ateniense. Nos gustaría que nuestros sabios nos explicaran cómo escribir mejor, pero seguramente se preguntan: «¿En qué consiste escribir bien?».

Cuando Camilo José Cela terminó La familia de Pascual Duarte, metió los folios en un sobre, escribió la dirección de puño y letra y lo envió a un concurso literario. Meses después, le devolvieron el sobre sin abrir. Otra anécdota que contaba Cela era que, al dar una última lectura a La Colmena, sintió tal angustia que tiró los papeles a la chimenea. A duras penas su esposa consiguió rescatarlos de las llamas.

Josefo era un general judío del siglo primero antes de Cristo, en lucha permanente con los romanos. Tuvo Josefo la impresión de que aquel día la batalla no discurría según los planes trazados. Se contaban por miles los heridos y la moral de la tropa decaía por momentos. Llevaban mucho tiempo sitiados y la situación se hacía insostenible. Incapaz de seguir resistiendo, reunió a sus consejeros en un sótano y entre todos acordaron enviar un mensajero a negociar con el enemigo.

—Si te rindes, te perdonaremos la vida; pero a tus soldados y a los habitantes del pueblo los pasaremos a cuchillo —esa fue la respuesta—.

Antes de morir a manos de los romanos, decidieron matarse unos a otros. Echaron a suertes quién acabaría con quién y cuando todos hubieran perecido, el general Josefo ‑último hombre vivo‑, debería suicidarse. El suelo era un fangal de sangre y de cadáveres. Solos, frente a frente, el general y el último soldado a quien debía de liquidar. Josefo miró al muchacho a los ojos y le convenció para que se entregase. Posiblemente los romanos le perdonarían la vida. No fue así: acabaron con él, dieron caza a los desertores y decapitaron a los habitantes del poblado.

Josefo se fue a vivir a Roma y allí escribió la historia de las guerras judías. Qué curioso personaje. Los hebreos le consideran el paradigma del traidor por excelencia; pero, gracias a él, la humanidad ha conocido la versión de los vencidos en aquella guerra entre judíos y romanos. Josefo fue un miserable que se aferró a la vida por cobardía y tuvo que soportar el desprecio de sus compatriotas. Quizás contó la historia para purgar su culpa y aliviar el peso de sus recuerdos. Pero, precisamente eso le convirtió en famoso historiador.

Moby Dick, una novela que seguimos leyendo y admirando, en su momento no gustó a nadie. Incluso los amigos del autor la calificaron de estrafalaria, por aquellas interminables descripciones. Melville tuvo que soportar la burla general y apenas vendió dos docenas de copias. Aunque vivió cuarenta años más, apenas si volvió a escribir. Su talento seguía intacto, pero su débil carácter le condenó al silencio.

Qué manía tenemos los humanos en juzgar y encasillar a todo el mundo: rojos o azules, buenos o malos, valientes o cobardes, de izquierdas o derechas, del Úbeda o del Linares… Cómo inquietan las personas que caminan por la vida libremente, ajenas a las ideologías reglamentadas. A veces, la vida es imprevisible, caótica, desconcertante y desordenada. Algunos juicios hechos con la mejor intención arruinan la carrera de espíritus débiles y dependientes de la opinión ajena.

He pasado unos días fuera. La semana pasada cenaba en compañía de un Catedrático de la Universidad de Valencia. Nos decía irónicamente que los españoles somos una raza superior. Según él, aquí no estudia casi nadie, no lee nadie, se investiga menos que en otros países y sólo estamos a la cabeza de Europa en fracaso escolar. No obstante, subes a un taxi y el taxista te dice cómo acabar con la corrupción, arreglar la justicia, resolver los problemas de la sanidad, el paro, la economía y los problemas de tráfico. Podría resolver nuestros problemas en diez minutos. ¿Qué si es capaz? Pues claro que sí… ¡Por sus cojones! Y en sólo diez minutos.

Uno procura prescindir de ciertas opiniones para no acabar mudo e intenta dominar sus sentimientos. También se pregunta en qué consiste escribir bien, porque, en toda su vida, le gustaría redactar al menos una página como Dios manda. A veces, las palabras de un amigo, como éstas, te sacan del desánimo y te vuelven al sueño.

Protesto. Tú sabes escribir porque eres un hombre de verdad. Quiero decir profundamente verdadero. Yo sé que no necesitas mi soporte, porque te bastas. Pero mi soporte y mi afecto, sabes que los tienes.

Qué agradable resulta leer mensajes así. Cómo se agradece el aliento de los amigos. Escribir es una tarea solitaria, carente de glamur y condenada al olvido. Las obras de millones de escritores no dejarán la más mínima huella sobre la faz de la Tierra. Ese es el destino que nos espera. Pensar en otra cosa es ridículo. No obstante, sin la ilusión de escribir una buena obra jamás se escribiría ni un triste articulillo. Por eso, las personas buenas e inteligentes, como mi amigo, alaban los relatos que menos éxito han tenido. Muchas gracias.

Barcelona, 8 de marzo de 2012.

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