Lindo gatito

Por Mariano Valcárcel González.

Ahora en mi Facebook suelen aparecer colgados vídeos diversos de diversos animales (en general de compañía) haciendo sus monerías correspondientes. Y alegran al observador. Ver a esos animales perfectamente integrados en sus medios de vida diaria, junto a personas que en general los quieren y los cuidan da gusto y confianza en la humanidad.

Tras la sensación inmediata de alegría, llega la reflexión. Contemplar a estos animales que buscan el cariño de quienes los acompañan (mejor ellos a estos), mostrar a su vez cariño y fidelidad a raudales, monerías y carantoñas como argumentos para que se les atienda y estime, de tal modo que insensible total sería quien ante el despliegue de estos aprecios y sentimientos (y habilidades también) no responda de la misma forma, no comparta con ellos alegría, sentimientos y afectos.

Desde luego que los animales son también egoístas, como nosotros, pues ¿no buscamos nosotros también nuestra supervivencia, nuestra alimentación, nuestro bienestar y nuestra comodidad?, ¿y no nos arrimamos a quienes de nuestra especie nos lo puede asegurar…? Pues eso.

Te tronchas de risa con las idioteces que a veces hacen, te enterneces cuando ves los gestos de cariño y solidaridad que muestran hacia quienes son sus dueños, la terneza que emplean cuando se trata de estar con los más pequeños e indefensos, sean de su especie o de la humana. Si estas cosas no son merecedoras de nuestra mejor conducta para con ellos, es que somos claramente menos que humanos y menos que animales.

También me llegan vídeos en los que hay humanos que realizan acciones memorables para mejorar e incluso salvar de algún trance peligroso o terrible a algunos animales, sean suyos o no, sean domésticos e incluso salvajes. Se ven cosas increíbles que uno no sabe si sería capaz de realizarlas de encontrarse en alguna de dichas situaciones.

Exponerse a un peligro cierto no es nada extraño. Y me pregunto si, además de hacerlo para salvar la vida de algún animal, seremos capaces de hacerlo también para salvar a otra persona. Porque hemos interiorizado y banalizado tanto la vida de las personas, pasada a cosa corriente y ya de poco contemplar o pensar (ni cuestionar como fundamental y lo más excelente de cuidar) que matar y matarnos entre nosotros se convirtió y se sigue practicando como un mero deporte, como una anécdota más, como una rutina intermitente que, a veces, hasta se considera necesaria.

Caen así las personas, que no los animales, sin pena ni gloria y sin merecimiento de nada. Ni remordimientos por parte de quienes ordenan, planifican y dirigen las matanzas. Millones. Y la humanidad sigue sin contemplarse con horror en el espejo. Los animales, en general, ni se acercan a este abismo. A veces matan, a veces mueren, por mera supervivencia e impulso instintivo. Pero los que conocemos y mantenemos, los que se nos acercan y a los que acogemos y también utilizamos es difícil que utilicen sus instintos para perjudicarnos.

Cuando se dan casos de ataques, incluso con resultado de muerte, de animales domésticos (en general perros) contra los humanos hay que pensar que o son víctimas de la enfermedad o víctimas de un entrenamiento y educación dirigidas a hacer daño, agresivas y letales. No se le puede culpar al animal.

Algunos de los grupos políticos que ahora se atreven a salir a la luz en nuestro país llevan como bandera el “restaurar nuestras tradiciones”, y me temo que no se refieren solo y exclusivamente a que se vuelva a cantar el Rosario de la Aurora (es un decir). En demasiadas tradiciones que los tiempos nos legaron y que son consideradas como “de siempre”, que tienen y mantienen “el alma” de nuestros pueblos y gentes, que no se deben ni pueden erradicar so pena de excomunión patriótica, hay un fondo y forma de violencia explícita contra indefensos animales. Animales que son martirizados y sacrificados en esperpénticos aquelarres con resultado de muertes y donde la vista de la sangre es imprescindible para enardecer una supuesta valentía de muchedumbre en su mayor parte cobarde.

Terminar con parte de estos espectáculos violentos y soeces muestra, y en esto no tengo duda, el progreso de la cultura, como lo muestran los afectos que mostramos por nuestras mascotas. Claro que no me confundo, que personas que quieren mucho a sus mascotas pueden (y han sido) ser terriblemente criminales con sus hermanos humanos. Mas todo es cuestión de sensibilidad y conciencia. Yo me acuso de no haberlas tenido, fiel a los parámetros que en mi infancia y juventud se llevaban en nuestra carpetovetónica tierra. Los animales no valían nada y meramente estaba ahí para sernos útiles, distraernos o divertirnos a su costa (se les mataba sin consideración, se les explotaba hasta la extenuación, perrerías, sin que nos conmoviésemos por ello ni apenas nadie nos reconviniese); las enseñanzas del de Asís eran tenidas por meros cuentos para enmarcar. Cambiado el paradigma en general debiera cambiar también la acción y al menos no escudarse, para defender ciertas cosas, en tradiciones vetustas o reinterpretadas y menos en pilares patrioteros.

Que sí, que también los hay que en este tema del animalismo se pasan diez mil pueblos y llegan ya a la idiotez y al absurdo absoluto. Que según sus ideas y creencias quieran y formen un movimiento de carácter político para influir en la sociedad y ponerlas en leyes, me parece más que razonable; que se constituyan, sin embargo, en adalides y pregoneros de una dictadura que obligue a los demás a seguirles sin discusión alguna ya es peligroso. Peligroso es que vayan haciendo propuestas insensatas y no les avergüence hacerlo.

Porque pretender ahora (y esta es la última que conozco) que giros lingüísticos, refranes y frases hechas y tradicionales de nuestra lengua (castellana) se eliminen por el mero hecho de nombrar en las mismas a ciertos animales es la tontunada más grande que se puedan imaginar; claro que en esto de querer cambiar términos, giros, sufijos de género, o referencias a colectivos viene siendo ya cosa del acervo común de nuestro tiempo. La dictadura lingüística es la que se emplea para luego ir hacia un pensamiento políticamente correcto y termina siendo el pensamiento único, impuesto y único permitido.

Ya escribí en un artículo, titulado ¡ANIMALES!, sobre el tema. Pues eso.

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