Cuento de la nostalgia, 2

Por Mariano Valcárcel González.

He visto algunos capítulos de una serie ambientada en los inicios españoles de la telefonía, en “las chicas del cable”, en referencia al sistema de señoritas encargadas de realizar las conexiones entre los abonados, manualmente. Eran las telefonistas legendarias.

Ser telefonista para cualquier chica de la época suponía una escalada brutal en su estatus, por diversas razones y circunstancias fáciles de entender. Allá donde se instalaba el teléfono, correspondía colocar una centralita (más o menos compleja según la amplitud de líneas instaladas) y en ella siempre se encontraba a las telefonistas.

Cuando la compañía que tenía el monopolio fue nacionalizada (llamándose Compañía Telefónica Nacional de España –la Telefónica, para resumir-), al ser su dominio absoluto y no tener la modernización, fue lenta.

En mi pueblo había una centralita que, cuando yo era chico, se encontraba en la calle Corredera de San Fernando. Tenía algunas cabinas de madera para, desde ellas, poder hacer llamadas, poner conferencias, que así se decía. La espera era larga por lo general y no era nada raro contemplar a las personas esperando a que les dieran paso las telefonistas, que les dieran línea; esto era así porque pocos paisanos tenían teléfono instalado en sus casas (la mayoría estaban instalados en organismos oficiales o en empresas) y debían ir a la Telefónica para contactar con quienes estuviesen interesados, o en recibir sus llamadas, previa notificación de la central (los avisos).

Las caras de quienes allá esperaban parecían generalmente que perteneciesen a las personas en la consulta médica, dado que, por lo general (y esto pasaba también con los telegramas), utilizar este medio era cosa de urgencia o de mala noticia.

Yo tenía unos vecinos, muy humildes, cuya hija había podido acceder al puesto de telefonista, en la localidad. Muchacha tímida y de buenas maneras, sin altanería. No era demasiado agraciada en el físico; pero, en su trabajo, lo principal era la buena memoria y la voz. Memoria para saberse la mayoría (si no todos) de los nombres de los abonados y sus números correspondientes. No era nada extraordinario, sino corriente, que un abonado levantase el auricular y, en cuanto la empleada le daba entrada, pidiese que le pusiesen con… (dando generalmente el nombre o el apodo del solicitado, o la razón social); y ellas, que sabían hasta quién era el que demandaba, le pasaban el parte al demandado; vamos, era un contestador en los tiempos en los que no existían los contestadores: «Don Fulano, que tiene a don Mengano al aparato».

Mi vecina, gracias a su voz, tuvo un contacto con un usuario que de ella se enamoró; y en ello fue constante y convincente, e insistente. Resultó ser un médico cirujano del Levante (especializado en operaciones de rinoplastia) que, en cuanto la conoció en persona, le propuso el matrimonio y, de paso, hacerle una corrección de nariz, que en realidad era lo que le afeaba la cara. Toda la familia terminó emigrando hacia allá.

La Telefónica fue poco a poco cambiando el sistema manual por el automático y así, lentamente, fueron desapareciendo las centralitas de los pueblos e incluso las que siguieron existiendo para el público; ya con el nuevo sistema, sucumbieron cuando sembraron el paisaje urbano de cabinas (¡la gran estafa permitida mientras duraron!) y ya estas también quedan como restos etnográficos e incluso arqueológicos de eras remotas.

A propósito también de estos cambios, estando ya de maestro provisional en un pueblo cercano al mío, al final de los años setenta, se procedió al cambio del sistema manual al automático, ¡gran trauma!, que no se hacían los paisanos a comunicarse con sus vecinos marcando unos nuevos números, que o desconocían o no recordaban. Un avispado impresor de la villa decidió elaborar y publicar una pequeña guía telefónica local, sui géneris, pues ponía en la misma el nombre y mote de cada abonado y, a su lado, el nuevo número que le correspondía. Así que a falta de telefonista y aquello de póngame con el Berza,se podía localizar al tipo y su correspondiente numeración que marcar.

Cuando un vecino de mi calle puso el teléfono en su casa (colgado en el pasillo, como se solía hacer) aprovechamos la campaña de Navidad de la emisora local para reportar la donación de cinco pesetillas de la época… ¡Fue la primera vez que yo hablé por teléfono!

El despelote de la utilización telefónica llegaba al culmen por las llamadas a las emisoras de radio que el personal hacía para la sección de Discos Dedicados. ¡Qué discos se pedían, qué dedicatorias se oían! España profunda que se agarraba a cualquier ilusión para olvidarse un poco de sus miserias.

El último grito de la tecnología militar franquista lo teníamos en mi regimiento. Para comunicarnos entre compañías o departamentos, manejábamos unos viejísimos aparatos de reóstato y bobina, manivela al canto, que se habrían utilizado en la guerra de África.

Si en aquellos tiempos hubiésemos tenido capacidad de ver el futuro, nos hubiésemos quedado pasmados, no habríamos dado crédito viendo lo que hoy existe y pasa, esa hibridación de teléfono‑persona que está creando casi una nueva especie en el planeta; y las funciones que tiene hoy ese teléfono, siendo casi la última la de llamar por el mismo a otra persona. Entonces solo éramos capaces de soñar con que alguna vez existirían los videoteléfonos.

Las chicas del cable. Otro trabajo que desapareció tan prematuramente, como igualmente van desapareciendo paulatinamente otros; y, como nos van amenazando, van a desaparecer otras muchas, aunque no nos lo queramos creer.

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