El patio de monipodio se queda estrecho

Por Mariano Valcárcel González.

Tras oír noticias y declaraciones de algunos de los investigados o imputados por los casos de corrupción que nos inundan (en especial al maravilloso partido de la derecha más honrado, cabal y patriótico que existe en nuestro suelo patrio, valga la redundancia) he llegado a discernir unas constantes comunes entre los mismos que darían explicación cierta e irrefutable de la inocencia básica de los calumniados sujetos, antaño muñidores con autoridad de los entresijos de su partido y de su administración pública.

Veamos, que es claro de entender como la factura de la luz.

En principio, ellos fueron (o son) gentes de noble cuna o de origen, en general, de clase media alta, con negocios familiares o paternos más que boyantes o, al menos, de buena andadura y neto beneficio. Cuando no procedían de esa clase de los negocios, lo eran de la de los altos cargos del franquismo, fuese en la judicatura, la administración o sus más que diversas instituciones. O sea, hijos de papá a los que habían llevado a buenos y exclusivos colegios (¡ah, la crema de los pilaristas!) y que, incluso, habían accedido a los altos cargos de la administración, funcionarios de élite por oposición (pensemos que en libre y merecida lid opositora, no seamos mal pensados). Claro que hay los del ascenso a estos niveles por excelencia de maniobras y amistades. Arribismo puro y duro.

De estos maravillosos progenitores, o ancestros, habían obtenido, casi en todos los casos conocidos, una más que suculenta cantidad de dinero (la herencia del abuelo, el préstamo del padre), o activos financieros, o bienes de diversa índole, pero de alto valor, y esa riqueza dineraria, previsores ellos y de acuerdo al patriotismo que exhibían, la pasaron a recaudo seguro en cuentas suizas y de otros lugares preparados al efecto. Cuentas ocultas, faltaría más.

Pero es que hay más; sí. Es que ellos, ¡oh consecuencia feliz de haber tenido esmerada educación y ser tan listos!, eran unos linces para los negocios o en sus actividades profesionales, tal es que en las actividades a que se dedicaran siempre obtenían pingües beneficios (la compraventa de arte, p. e.). Así, quién lo iba a evitar; aumentaban su patrimonio geométricamente, albarda sobre albarda que decía mi maestro, y sus cuentas en el extranjero e incluso por acá crecieron y crecieron. Y ello les imponía, inevitablemente, un nivel de vida superior y exhibir una inevitable (reiteración) altanería chulesca y una prepotencia y desprecio absoluto ante el vulgo. Todo les era permitido y alcanzable. Porque sí.

Y todo ello antes de que entrasen en política activa y ocupasen cargos de alto peso, no se vaya a pensar mal. Así que, desde luego, ellos ya eran ricos y no necesitaban mancharse con tonterías. Pero les flipaba la política, por deseo de servir a la patria, desde luego, y por convicciones personales y doctrinales. El mundo era de ellos y no de cuatro mindundis.

Además, en política, y detentando ciertos cargos o aspirando a más, se hacen amigos (y enemigos, claro, pero de esos ya tenían unos cuantos, que en política y negocios hay que pisar muchos callos) y se adquiere ascendencia sobre otros. Y se maneja el poder de controlar el flujo de dinero que pasa por sus manos, digo de dinero público, el de las administraciones y a lo que vaya destinado, conjugado también con dinero privado que sirva para engrasar la maquinaria pública, que debe aplicarse en los lugares necesarios, unos de los cuales es siempre el bolsillo del que plantea, diseña, promueve y autoriza las gestiones y las inversiones; o sea, el menda que se metió en el partido y, por ende, en el cargo adecuado a sus ambiciones no ya políticas sino dinerarias y patrimoniales. Da igual, desde luego, que lo que se planea sea una futura ruina, porque el quid está en la ganancia inmediata que genera.

Milagrosamente, pues, el supuesto dinero que ya existía, según sus declaraciones, antes de acceder a la política se veía aumentado más y más hasta niveles casi impensables, o incontrolables (que alguno ya decía que no sabía bien cuánto tenía evadido). Y cuando lo dejaban acá, en suelo patrio, pues qué mejor que ocultarlo en un altillo, por ejemplo, forma poco noble o aristocrática de guardarlo, tal que se asemeja al tradicional calcetín o colchón de los más bajos en la escala social. Como todo en esta vida necesita, se quiera o no, de alguna ayuda y a la postre siempre hay quien deba intervenir en estos tejemanejes como intermediario, testaferro, hombre de paja o mero instrumento casi inocente, pues se corre el peligro de que la cadena de custodia del tesoro (y su secreto) se rompa por alguna parte; en general, por la mera ambición de quienes en ella intervienen, que quieren parte de los beneficios, o por el peligro real de quedar como cabeza de turco, si el pufo es descubierto.

La anterior debilidad es la que provoca los cataclismos conocidos. En cuanto empieza el baile del yo se lo pasé a …, pero lo sabía…, y se benefició también…, entonces el tinglado se puede venir abajo con estrépito. No olvidemos que los afectados y maltratados por los ladinos próceres acaparadores siempre esperan la ocasión de resarcirse. Que es parte de lo que pasa ahora. Si los cabos están bien atados o las evidencias son demasiado convincentes, lo mejor es apelar al chantaje contra los que pueden caer también, si se les apunta directamente, y practicar la omertá mafiosa, tan eficaz. El silencio, la mentira o el desdecirse de lo que se dijo, pero no se dijo en realidad (aunque consten grabaciones y declaraciones de diversa índole), el olvido sistémico, preocupante pandemia de amnesia, la confusión de datos o el baile de los mismos… Con el rabillo del ojo puesto en el que más puede sufrir los efectos del abandono, de quien tanto laboró por todos (en su beneficio y en el de los demás) por mera lealtad al partido; y el aludido y sus secuaces hacen lo indecible, porque todo termine en un mero susto. Cuando la marea amenaza seriamente y todo lo anterior no basta, pueden darse situaciones extremas e irreversibles; que un muerto ya no puede defenderse (ni canta).

Es casi cantinflesco, si no fuese verdad, que todos ellos se han venido rebozando en la bandera patria (no les faltaba, si antes no lo habían hecho, acudir a un cuartel para remedar una patriótica, y falsa, jura de bandera), se han embadurnado con las plumas del aguilucho franquista, se han hartado de pasarle las manos por la espalda a cualquier espadón o al humilde guardia civil que los escoltaba (bueno, este menos, que los escoltas al fin y al cabo estaban meramente para serles útiles). Los de los grandes principios tienen en realidad grandes sus bolsillos, verdaderos fondos de principios. Y todavía siguen ahí. Una lástima.

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