Testimonio

Por Mariano Valcárcel González.

Ya sé que lo prometí (¿o me lo prometí a mí mismo?) que, una vez jubilado, no entraría en temas que concernieron a mi profesión. No lo he hecho así, me he traicionado a mí mismamente y ya he opinado alguna vez sobre estos asuntos.

Uno es débil, aseguro, y cae en sus propias contradicciones. Hoy, muy común pecado.

Mas, ¿cómo retraerme a hacer algún comentario al texto que reproduzco? Texto que he rescatado de las estanterías de mi despacho. Así que, primero lo reproduciré tal cual (está escrito a mano y lo he pasado a tipos, pero sin alterar ni una coma) y luego lo comentaré.

Los padres y madres del colegio Stma Trinidad de Úbeda y concretamente del curso 1º B nos dirigimos a Ud. Por el siguiente motivo.

Hemos sido informados del posible traslado del tutor de nuestros hijos, el señor don Mariano Valcárcel González y no podemos conformarnos con esta decisión, ya que don Mariano es un gran profesional con muchos años de experiencia y esto se refleja en la labor que hace con nuestros hijos. Muchos de los padres de estos niños hemos tenido la suerte de repetirlo como tutor de nuestros hijos mayores e igualmente quedamos muy satisfechos con su trabajo.

Cuando don Mariano cogió el curso de nuestros hijos, nos dijeron que estaría con ellos en 1º y 2º, o sea, el primer ciclo nos contentamos mucho, pero no solo los padres, también los niños lo quieren mucho; hace que les guste la escuela, que vayan contentos a clase y que se esfuercen; sabe sacar de ellos todo el partido posible y, cuando estamos en casa, nos cuentan lo que han hecho en clase y se les ve que disfrutan con ello, a la vez que aprenden.

De hecho, los niños están afectados con la noticia, ya que estaban con la idea de hacer 2º con su “profe” Mariano. Sería una pena echar por la borda tanto trabajo realizado en este curso, puesto que no creemos que los cogieran mejores manos.

Le rogamos que tenga en cuenta nuestra petición y, si es madre, sabemos que nos va a comprender perfectamente, ya que los padres queremos lo mejor para nuestros hijos, y el mejor profesor que pueden tener nuestros hijos en 2º es don Mariano Valcárcel González.

Gracias por su tiempo. Un saludo de 24 padres y madres.

Esta carta fue remitida a la Señora Delegada de Educación de Jaén; carta que no obtuvo respuesta alguna por su parte (demostrando así, como mínimo, la falta de educación, ¡precisamente!, de quien se decía representarla y administrarla). También se demostraba que nuestras autoridades educativas solo se interesaban por las demandas y las cuestiones paternas, cuando les podían afectar muy directamente a ellos y a sus poltronas, o a los intereses del Partido (generalmente traducidos en los deseados votos).

La maquinaria administrativa había decidido proceder a mi traslado (puesto que yo accedía al concurso por supresión de destino) y, aun a sabiendas de que procedían con un error manifiesto en el procedimiento y reclamado por mí en su momento, ya no atendían a razones. Así que yo me encontraba con una adjudicación de destino ilegal y estas familias de la carta con la realidad de que sus criaturas quedaban sin el maestro deseado. Ante esta situación, una salida hubiese sido una comisión de servicios en el colegio citado (satisfacían así a estos padres y madres) y la anulación provisional de mi traslado “por defecto de procedimiento”.

La inercia que se ha seguido siempre en los aledaños de la Delegación Provincial (y sus ramificaciones hasta Sevilla) ha sido la de establecer un cuerpo de adictos bien compensados de alguna forma, y si es quitándolos del trabajo diario (y tan duro) de las aulas, mejor que mejor… No había más que ver siempre las mismas caras en ciertos conventillos, o por los despachos de la Delegación; y no digamos si aparecía la máxima autoridad, que les faltaba tiempo para abrazos y tiernas efusiones.

De veras, lo que a mí siempre me importó era hacer bien mi trabajo y nunca me preocupé si tenía difusión y efecto dentro de los entramados oficiales. Tal es que no me preocupé de darme bombo y propaganda (que tal vez y si hubiese sido más listo me hubiese dado rédito), que lo que alguna vez se me dio, nunca fue ni por mi petición ni insistencia. Fíjense que una comisión de servicios (¡ah, y qué de visitas a las covachuelas para lograrlas, se necesitasen o no!) que se me adjudicó hace años lo fue ya entrado el primer trimestre de un curso y sin que yo la hubiese solicitado ni tuviese idea de tal cosa; tres cursos en la misma y desapareció al igual que había llegado.

He tenido siempre muy claro lo anterior, y así, cuando compañeros o compañeras echaban a temblar por la visita de la inspección, a mí me traía al pairo tal visita (y creo que se lo intuían, porque no se metieron en mi clase más que unas pocas veces en toda mi carrera, generalmente por mera rutina). Precisamente, cuando la Administración andaluza inventó un sistema para mejorar la “calidad de enseñanza” y pretendió estimularla con una gratificación monetaria, subordinada en teoría a los resultados obtenidos, hubo muchos compañeros y compañeras que se negaban a entrar en la propuesta, temiéndose que, entonces, serían mucho más controlados por la inspección; tendrían, también, que hacer más informes y papeleo, deberían mostrar sus planes y sus resultados; en suma, tendrían que hacer su trabajo correctamente. Mi razonamiento para aceptar (aparte de mi interés por cobrar más, cosa que a los “matrimonios pedagógicos” no le afectaba tanto, ni a los que tenían otras actividades e intereses alejados de la enseñanza) fue siempre que yo seguiría haciendo lo que ya hacía, porque para mi trabajo no representaba alteración ni aumento alguno. Además, que no se puede evitar lo inevitable; que la tendencia ya vista era la de aumentar la presión burocrática hasta los extremos que ya ha llegado.

Por esto, he querido reproducir esta carta de hace años. Por cierto, a estas veinticuatro personas firmantes, como he escrito, no se le hizo ni el mínimo caso (total, que el interés por esos críos y su educación se limitaba a tenerlos escolarizados y, en lo demás, las jerarquías, tan eficaces, se lavaban las manos) y a mí me trataron de meter el embolado de una adjudicación incorrecta, a sabiendas de que se habían equivocado. Me costó las visitas improcedentes a la Delegación (digo improcedentes porque, como he escrito, allá solo atienden bien a los del convento y sus pelotas y yo iba a cara de perro) y todo un verano de dimes y diretes comunicado, va y viene. Y terminar en otro colegio local, tras el intento de colocarme en el que no me correspondía; por supuesto, no fue el colegio nombrado arriba. ¡Faltaría que me hubieran hecho caso también en eso!

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