El horror nuestro de cada día...

Voy a introducir una visión jocosa, sin dejar de ser crítica, sobre el “manejo” del patrimonio artístico y cultural que disfrutamos en nuestro país, a manos de alcaldes, arquitectos posmodernos, directores autonómicos de la cosa cultural y algún que otro promotor…

Empecemos con uno muy reciente: hace unos días asistimos a un congreso de profesores de Geografía e Historia de Andalucía (“Hespérides” se llama la asociación, con una actividad encomiable) en 

Vélez Blanco. No pudo faltar la visita al castillo de los Fajardo, una maravilla gótica y renacentista desvalijada por sus propios dueños, los Medina Sidonia, que vendieron el maravilloso patio renacentista a un anticuario, y que ha terminado en Nueva York, en el Metropolitan Museum (pueden verlo en http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/41.190.482). ¿Y qué vemos en el emplazamiento original? Pues esta maravilla de diseño.

Pues demos un salto a Extremadura, donde los voluntariosos miembros de la Sociedad extremeña de Historia organizan cada año unas interesantísimas Jornadas de Historia, en la localidad de Llerena. La sede principal es el centro cultural “La Merced” que, como su nombre indica, es una iglesia de la Orden de los Mercedarios, oportunamente desacralizada, rehabilitada y dedicada a usos públicos, lo que es de aplaudir e imitar. Lo que ya no merece tanto aplauso es la inserción forzosa de un pasadizo-pasarela-balcón-asomadero que el arquitecto ha colocado encima de la nave mayor, donde posiblemente estuviese el coro. En las naves de crucero hay otro par de joyas, que les ahorro por el momento.

De vuelta en Andalucía, donde mora el sufridor que firma, asistimos hace unos meses a la terminación de las obras de rehabilitación del puente romano de Córdoba, de la reurbanización del entorno de la puerta erigida con motivo de la visita de Felipe II, devolviéndola a su rasante original y no la hundida que resultó de la construcción de la ronda de Isasa (paralela al río) y de la plaza que le rodea.

Y, al lado, el nuevo Centro de recepción de visitantes, realizado por la Junta de Andalucía. De su buena voluntad no me cabe duda, como tampoco de su utilidad (recomiendo su visita interior: cimientos visigóticos, una plaza romana, almazaras árabes); pero me pregunto: ¿la fachada cordobesa más bella, con el río, el puente romano y el muro de qibla de la mezquita omeya, no se merecían otro diseño?

Pero, ¿qué decir de la proliferación de museos que han surgido acá y acullá? La iniciativa, loable, pues nunca nos opondremos a nada que propicie la difusión de la cultura. La oportunidad, siempre defendible, pues siempre será momento y lugar para que el patrimonio, del tipo que sea, llegue a los ciudadanos. Pero el diseño… ahí sí que a veces se nos caen los palos del sombrajo. Éste que les traigo a continuación no es de los peores (ya verán, ya, en otras entregas); pero plantar este pastiche en el casco histórico de una ciudad Patrimonio de la Humanidad como es Toledo no me digan que no tiene enjundia. Como ven, no le falta de nada, incluido el muro de hierro oxidado y las marcas del forjado del hormigón. Y no se pierdan las argollas colocadas en todo lo alto (¿para atar las caballerías?). Como colofón, la ventana que no sirve para nada. Una joya del diseño posmoderno que costó una millonada.

Para terminar este lamento, no crean que sólo pongo en solfa las obras de iniciativa pública, que hay dónde elegir. Ahora les traigo una iniciativa empresarial (emprendedora, que dirían los pijo-modernos de nuestro actual gobierno), que se está perpetrando en Úbeda, ciudad maravillosa donde las haya. El edificio que fue palacio de los Condes de Guadiana, y que tuvo como último uso ser colegio de niñas de la orden de las Carmelitas, está siendo adaptado para hotel de lujo. El tratamiento de la fachada principal, con su maravilloso balcón de esquina, sólo puede merecer aplausos. Pero si damos la vuelta a la manzana, vemos esta tropelía, en la que un ala de construcción moderna se come literalmente el ábside de la iglesia renacentista de San Pedro, que se podía disfrutar cuando este espacio era el patio del palacio o del colegio.

Y lo más curioso es que alguno de los responsables de estas maravillas hincha el pecho y se siente orgulloso de su contribución a la historia del arte.

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