“Los pinares de la sierra”, 109

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- La guasa del amigo.

Hasta que conocí a Graciela no había vivido una aventura con ninguna chica, pero tenía cuidado de no comentarlo con nadie: en primer lugar, porque no quería quedar como un pardillo; y en segundo, porque aparte de Paco, que no hubiera entendido mis sentimientos, tampoco tenía confianza como para contárselo a nadie más. Y finalmente, porque nunca me han gustado los mentirosos ni los fantasmas, y a la mayoría de hombres les gusta contar historias sacadas del cine o de algún folletín, como si fueran ellos los protagonistas. O sea, que como mantenía mis preocupaciones en secreto, el sufrimiento era mucho mayor.

No podía apartarla de mi pensamiento ni de noche ni de día, y las dudas, que me mortificaban desde su marcha, se agravaron al leer aquella carta. Sus palabras me quemaban como un hierro al rojo vivo. Era tan idealista y tan ingenuo que no entendía que en tan corto espacio de tiempo, Gracy hubiera pasado del entusiasmo, a aquella confusa indefinición que reflejaba en la carta: una especie de “sí, pero no”; de “me voy pero me quedo”; de “te recuerdo con cariño, pero aquí soy feliz”. En fin, cosas de mujeres. Encendí un cigarrillo, dispuesto coger el metro para volver a casa, y cuando acababa de pedir la cuenta, vi a Paco y a Geny, que cruzaban la calle por el semáforo.

─Haces muy mala cara ─me dijo con una sarcástica sonrisa─. ¿Has estado hasta ahora con Marisol? No me parece mal y tampoco te vendrá mal aprender de una maestra consumada. Hace más de un mes que Gracy se marchó y no se ha molestado en escribirte cuatro letras. O sea, que no me parece mal que estés buscando un nido nuevo. Sí, señor. A veces hay que tomar decisiones, aunque nos duelan.

Me levanté de la silla y lo miré de frente, acercándome con indignación.

─Mira, Paco, por respeto a Geny, no te mando a donde te mereces.

Se echó a reír, como de costumbre, sin hacerme demasiado caso.

─Vale tío; ya veo que sigues colgado por ella; pero no te lo tomes así. Sería muy razonable que Marisol y tú os hicieseis amigos. ¿No? Ya sabemos todos cómo es Gracy.

─¿Cómo es Gracy? A ver, dímelo tú, tío listo.

─Hombre, a mí no me parece un ejemplo de pureza. Claro, que Marisol tampoco es el ideal de castidad cristiana. ¿Verdad?

Geny no pudo aguantarse la risa, y a mí no me gustó nada lo que acababa de oír.

─Vale, Paco, te has “pasao”. ¡Como siempre!

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