Que no se siembre un olivo más fuera de Andalucía

Por Salvador González González.

Verdad que suena a disparate semejante propuesta. Sería pretender monopolizar agrícolamente, por parte de Andalucía, la producción de aceite y aceitunas, para que al no tener competidores en España, sus precios tendieran al alza.

Pues no es otra la propuesta del Consejo Regulador del Cava (CRC), con control catalán, que a la vista de los competidores que les han salido, sobre todo en Extremadura (Almendralejos) y Valencia (Requena), que han irrumpido en el mercado del cava, aumentando cada día más en toda España.

A ello han contribuido varios factores, empezando por la calidad, que están obteniendo, que es de primera, y luego por el contencioso supremacista catalán que ha desencadenado una huida de consumidores “cabreados y hastiados” con este proceder independentista basado en «España nos roba», y han dicho que, siendo así, no consumimos tus productos empezando por el emblemático cava de siempre.

La propuesta parece que ha encontrado eco en el gobierno central, pues se va a plegar, evitando con ello que se siembren más plantaciones de viñedos para este vino espumoso, allá donde el mercado se está expandiendo y, por tanto, limitándoles su posible ampliación de venta y mercado (menos porcentaje que lo que permite la Unión Europea, que es la que establece el índice de crecimiento en todo el territorio de la Unión, fijado en 1% de la superficie cultivada, cuando va a permitirse como mucho en un 0,5%); una vuelta, en cierta forma, al proteccionismo que Cataluña, a través de la historia, ha preconizado y conseguido; recuerden el arancel de 1892 (con Cánovas desde 1828 a 1897 o la Ley de Relaciones Comerciales con las Antillas en 1882, calcado de la Compañía Británica de las Indias Orientales, formada mucho antes en septiembre de 1599 por un grupo de empresarios ingleses, creada con el propósito de monopolizar el comercio con las Indias Orientales, llegándose en algún caso a imponer un sobrecosto por arancel a productos que debían competir con los catalanes, desde un incremento del 20% hasta más de un 40% en algún caso).

Esta idea parece que subyace en el tejido empresarial-burgués en Cataluña, de manera que, en mi opinión, detrás de todo ese movimiento disgregador, basado en un supuesto agravio comparativo, no está más que un importante número de burgueses catalanes con ideas de que ellos son superiores, respecto al resto de los territorios españoles; por eso, la pregunta que nos hacemos algunos fuera de Cataluña es, ¿cómo esa burguesía ha tolerado con mayor o menor grado de aquiescencia que un partido de raíz conservadora -la ya desaparecida CIU- tomara las riendas del proces, poniéndose en contra de la Corona, los tribunales, y la UE; y saltándose las normas del Parlament? (Tampoco se entiende, ni se comprende cómo, desde una supuesta izquierda, se han sumado a esta corriente burguesa-soberanista, olvidándose e incluso menospreciando el internacionalismo proletario, ya que esta tesis choca frontalmente con la defensa del trabajador, por encima de los intereses burgueses que buscan la independencia en base a sus intereses de clase, envueltos con los de nación. Cosa distinta podría entenderse si se tratara de una realidad nacional subyugada, empobrecida y maltratada desde todos los puntos por la Metrópoli; vamos…, un proceso de descolonización, que obviamente no es el caso).

Ahora parece que los empresarios catalanes, que antes han permanecido demasiado callados, anhelan, sea cual sea su posicionamiento político, la vuelta a la normalidad, de la mano de la intervención del Estado, lo mismo que en 1873 y después en 1931 y 1934 (1ª y 2ª República). Parece que, de nuevo, la historia se repite en Cataluña.

Hay que releer la historia para darnos cuenta de ese trasfondo de buscar privilegios por parte de las actividades industriales-fabriles, ubicadas en Cataluña, y también en el País Vasco, como “fuente del derecho a decidir”, porque se quiere un tratamiento especial, diferenciado y privilegiado, que le hemos pagado el resto. Recuerden cómo desapareció la más reciente, la textil Intelhorce en Málaga, o más lejano, la Siderurgia malagueña a principio de siglo, como botón de muestra.

Esto ha sido así y ahora se esgrime precisamente, pero las consecuencias que empiezan a tener en un mundo cada vez más globalizado, y consiguientemente también en España, hoy producen efectos contraproducentes y negativos. Esa visión de creerse mejores y especiales, ya que ello no obliga a necesariamente consumir lo que fabrican, como en el caso del cava, sino todo lo contrario -como estamos viendo-, como reacción y protesta a esa postura excluyente hacia los otros. Por supuesto que esta guerra identidaria está produciendo fobias, que no beneficia a nadie, empezando por los propios catalanes que, de ser los primeros en niveles de renta y PIB, como siga en este bucle sin salida, puede convertirse en una rémora para su desarrollo y progreso, arrastrando con ello al resto.

El proteccionismo de antaño y el que se pretenda ahora, va contra la competitividad, y el abaratamiento de los productos de consumo; esa libre competencia, lo que en cierta manera trae, es más producción y mejor calidad y, lógicamente, más puestos de trabajo y creación de riqueza para todo el tejido social.

Esperemos que todo este totum revolutum, en que se ha convertido el tema catalán, no termine en una nueva etapa de tratamiento preferencial, similar al que ya se ha vivido reiteradamente en otras épocas, en España.

Si todo el encaje territorial del que se habla, va a consistir en algún tratamiento “especial” para Cataluña, a modo de un nuevo Cupo o Concierto Económico a semejanza del Vasco o del Navarro, de nuevo se estará fomentando el privilegio y la asimetría en el trato en España; y, por mi parte, aviso como punto final: un 4 de diciembre que hemos celebrado no hace mucho, los andaluces se movilizaron masivamente, como nunca antes lo habían hecho, para obtener jurídica y políticamente una equiparación como los que más tenían en esos momentos; y estoy convencido de que -si de nuevo se vuelve a esa discriminación en el trato, vía reforma constitucional o de cualquier otra manera- lo andaluces nos echaremos a la calle, las veces que haga falta, para denunciarlo y buscando una equiparación similar, porque ya se ha dicho desde muchos foros: «No somos más que nadie, pero tampoco menos».

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