La jauría humana exaltada y manipulada hacía los objetivos de los manipuladores

Por Salvador González González.

Cada día es más frecuente observar, sobre todo con la rapidez y brevedad con que se difunden las noticias, utilizándose los medios tecnológicos imperantes hoy, que permiten que casi en tiempo real se difunda un determinado mensaje vía wastApp, redes sociales o correos electrónicos. Esto es obviamente un avance espectacular en la comunicación que se ha globalizado más que ninguna otra cosa. Pero quiero reparar en un hecho que me preocupa y, en cierto sentido, es alarmante. Las calificaciones o, por el contrario, los exabruptos contra alguien, apenas se analizan y se razonan; todo se basa, en muchísimos casos, en ser muy hábil o no, en emitir el mensaje, de manera que cuando se aplica a una persona, institución, cargo o acción, no cuenta los razonamientos del porqué de lo dicho; se valora si se ha pronunciado con sentido de marketing, capciosamente, o imagen ocurrente para que cale de inmediato.

Hoy vale el mensaje dicho con un número limitado de palabras, por lo que cuenta el aspecto más formal de éste; hay que darlo contundentemente, con el número de palabras máximas permitidas; recuerdan los telegramas que había que sintetizar lo que se quería decir, con el stop entre estas, de manera que fuese lo más económico, ya que se abonaban por el número de palabras que el telegrama componían, de tal suerte que, a veces, casi siempre este se reservaba para dar una noticia de alcance familiar lo más rápida posible: una desgracia acontecida o un suceso extraordinario, por su repercusión en el ámbito en que ésta se daba; así, por ejemplo: “Fallecimiento abuelo. Stop. Sepelio a las 18. Stop. Dolor familiar. Stop. Abrazos”. (En Facebook, antes ‑al comienzo‑ 160 caracteres; ahora, creo que sobre 4.000; y parece que quieren llegar hasta 60.000 en breve; esto será, pues ya otra cosa; veremos si los usuarios dan utilidad a tanto espacio).

Naturalmente, esto va en detrimento de la calidad de la información y, sobre todo, de los razonamientos que la misma requiere para justificar tal enunciado, que lo argumente. Así pues, el comportamiento en redes sociales, las más de las veces se actúa, como digo al comienzo del artículo, a modo de una jauría humana, como en la película de su nombre de Horton Forte (ganador de un Pulizer y dos Óscar), en el que todos afloran las bajas pasiones que esconden. Lo más preocupante es que hay verdaderos especialistas en este formato comunicativo, que como no requiere un posicionamiento razonado, solo contundencia y habilidad para tumbar o ensalzar al que va dirigido, una vez se lanza, el daño o la proclama propuesta están hechos; ya han entrado en la red, y ¿cómo se subsana la tergiversación introducida en el mensaje difundido? ¿Habría que prohibir o restringir determinada información a pesar de su carácter agresivo, violento o dañino en general? Por supuesto que no, siempre que no sea delictivo, ni fomente el odio, racismo xenófobo, pederastia… La democracia y la libertad de expresión en sociedades libres es compatible con ella y ésta puede aguantar hasta las expresiones de aquellos que luchan o quieren acabar con el sistema democrático; esa es su grandeza.

Este tipo de mecanismo informativo se ha generalizado tanto, que los instrumentos de participación política o de valoración de las tendencias sociales tienen equipos preparados para, cuando se presenta la ocasión, contribuir en la red al objetivo propuesto. Así, los debates ‑por ejemplo, políticos‑, muchas veces interesan más al partido que participa, tienen una cohorte de mensajeros que incidan en la red, para manipular y hacer inclinar la balanza del mismo a su favor. Por eso, hoy las redes sociales están en el punto de mira de todos los que quieren hacer llegar su posición ante un determinado tema.

Yo confieso, que ésta es una de las razones ‑la más importante quizás para mí‑ por la que no me agrada participar en las mismas. Posiblemente, me ha cogido ya en una etapa en que se me escapa este medio y, por ello, me viene largo. ¿Cómo controlar esta manipulación y/o cómo contraponer, a una información malintencionada y con propósitos espurios, otra que la contrapese, de manera que quede la misma al menos en tablas?

Seguro que habrá formas para ello; y los especialistas en redes sociales, cuando hay una avalancha de mensajes negativos hacia una persona ‑acción o disposición determinada, tomada‑, saben cómo responder con contramedidas que la hagan neutralizar. Pero convendrán, conmigo, que este medio no es el más apropiado al discernimiento y a la razonabilidad; por eso, cada vez que veo algunas actuaciones en las redes sociales, tengo la sensación de que el análisis razonado y el espíritu crítico, basado en sopesar lo expuesto, cada vez brilla más por su ausencia; de manera que, sólo se funciona con mensajitos ocurrentes o imágenes retocadas y compuestas, para formar lo que llaman memes ingeniosas, sin más valor que el puramente formal y, en algún caso, chistoso del color que la ocasión requiera: negro, amarillo, rojo o azul… ¿Se superará esta etapa? ¿Qué vendrá después? No soy adivino; pero, conociendo lo que la jauría humana puede traernos, como no exista un Marshall ‑como el que encarna Marlon Blando en la película de la que he hecho referencia‑ que defienda la aplicación del sometimiento a la ley y la aplicación de la justicia ante los desafueros abusivos, la sociedad puede caer muy enferma fácilmente, por las muchas pasiones que en sus entrañas la devoran.

Lo cierto es que, en estos instantes, la red es en muchos casos un emporio de insultos, difamaciones, expresiones malsonantes y, además, con el inri añadido en muchos supuestos, de un analfabetismo crónico del que hacen gala. Hago mía una expresión de una viñeta del periódico La Razón, porque irónicamente dice la realidad: “No hay suficientes redes sociales en el orbe, para poder dar a los demás tanta ignorancia como poseo”. Cosa que resulta inconcebible por otro lado, desde el sentido común más elemental, que ‑como saben‑ es el más elemental de los sentidos. Aunque parece que, hoy en día, brilla por su ausencia.

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