¿Volveremos de nuevo el resto de los españoles no catalanes, ni vascos, a ser charnegos, maquetos y/o coreanos?

Por Salvador González González.

La deriva secesionista emprendida por los soberanistas, que veremos en dónde termina, con la enorme fractura social que ya está creada, me trae a mi memoria, mi etapa en el País Vasco, donde empleé mis esfuerzos y anhelos ‑de un recién acabado maestro‑ en dar clases a los alumnos en edad escolar. Aún no estaba implantada la coeducación; con eso queda dicho todo de lo antediluviano que suena ya la época, en localidades como Abechuco o Nanclares de la Oca o incluso la propia Vitoria, capital de Álava, donde los “babazorros” ‑saco de habas o comedores de habas, término empleado en vasco hacia ellos‑ nos trataban, al menos al principio, con cierto complejo de superioridad a todo foráneo, que según algunos decían iban allí a quitarse el hambre (puede que algún caso fuera cierto; pero no era la generalidad, sino a buscar trabajo y un futuro que no tenían quizás en su lugar de origen).

A los andaluces nos habían puesto una etiqueta, como gente que se dedicaba todo el día a vaguear y de permanente juerga (¿todavía se juega con el tópico puesto?). Pensaban incluso que vivíamos poco más o menos con taparrabos o harapos; esto, con el tiempo, fue cambiando, cuando empezaron a conocernos y ver que algunos echaban bastantes horas más de una jornada de trabajo normal, para obtener un suplemento con el que hacer frente a la letra del piso que habían comprado, de manera que, lo que al comienzo era “mirarnos por encima del hombro” se transformó, en muchos casos, en algo de envidia, porque los que llegaron con lo puesto, al cabo de unos años se habían asentado allí perfectamente, tenían su piso y vehículo de propiedad y, en algún caso, terminaron siendo los responsables encargados de la empresa donde trabajaban. Otros vascos empezaron a salir fuera de su tierra y vieron que los andaluces, en su lugar de origen, vivían de una manera que no se correspondía con el estereotipo que ellos nos aplicaban. Llamaban entonces a los de fuera, despectivamente como he dicho, maquetos o coreanos.

Con el tiempo, este término cayó en desuso; pero, en cualquier conversación que se terciara, no era extraño escuchar, a modo de fin de la misma y como sentado, “cátedra”. ¿Es que tú te vas a comparar con un vasco? Sé de algún familiar mío que, en alguna ocasión, ante esa expresión, le contestó al dicente:

—Oye, ¿es que los vascos tenéis tres testículos en lugar de dos como tenemos todos los que no lo somos?

En fin, creo que en Cataluña sucedía otro tanto; en este caso, la expresión peyorativa era charnego. También pienso que, pasado el tiempo y por las mismas razones que he apuntado del País Vasco, el término se dejó de usar. Pero ahora, cuando veo los argumentos identificativos, esgrimidos por los independentistas, me da la sensación de que se vuelve a dar un paso atrás, utilizando y creando de nuevo esa especie de complejo de superioridad y visión negativa del resto; si no, a qué suena «España nos roba» o «Los andaluces viven sin trabajar y del PER», etc., etc.

Lamentablemente, veo cómo descendientes de andaluces (incluyendo ahí ‑al parecer‑ a Puigdemont; dicen de su abuela que era de Linares o de algún pueblo de Jaén) olvidan sus orígenes para ahora romper con ellos, renegando de los mismos. No se explica semejante traición a sus antepasados, desde una espiral que se ha instalado en esos territorios, que hace que para no ser mal visto y lo valoren, tienen que ser los más soberanistas que los que viven de esa posición (políticos por más señas), para no ser ninguneados. Detrás ha habido, obviamente, una labor de “comer la conciencia desde las escuelas”, para ir creando ese caldo de cultivo y ese “comecocos” soberanista.

Tengo un argumento también que puede probarlo, a saber: en los primeros años en Cataluña, en las elecciones a su Parlamento, estuve haciendo campaña por el PSA, Partido Andalucista, en San Boy, Cornella y otros, donde se obtuvo dos parlamentarios andalucistas por Barcelona. Por tanto, ¿dónde están ahora esos descendientes de casi 75.000 votos que se obtuvo en Barcelona y, por ello, dos parlamentarios en el Parlamento Catalán. ¿Cómo se ha dado ese vuelco? La explicación creo que es la dada: una labor de sometimiento educativo a una población con un objetivo y una idea clave para buscar la independencia y hacer de España la causante de todos los males que padecen los catalanes, lema de ataque e incluso, en muchos casos, de una sin razón de odio.

Soy algo pesimista; volver a la cordura y sensatez es algo que requerirá fuerte dosis de paciencia y legislar con sentido común, abriendo puentes de diálogos y procurando que la población, hoy atemorizada por no identificarse con “el movimiento nacional catalán”, el nuevo régimen imperante de pensamiento único, pueda ir siendo desmontado, de manera que todos los ciudadanos catalanes, vascos y en cualquier lugar de España, puedan libremente expresar sus ideas, vivan sus orígenes con tranquilidad sin que sean por ello tachados, ignorados o lo más grave, vilipendiados.

En mi caso, esa posición, contraria y en cierta medida de ninguneo, me sirvió para todo lo contrario rememorar y vivir más intensamente mis orígenes andaluces, dentro del país vasco. Yo diría, sin temor a equivocarme, que me hice andalucista en Vasconia; allí, por ejemplo, cuando hablaban del flamenco de una u otra forma, me di cuenta de que no conocía nada de nada (fandangos, poco más). Por ello, me fui creando un archivo personal de flamenco y empecé a tratar de entender los palos, sus características, orígenes, cantantes, autores…; tan es así que, cuando concursé del País Vasco a Andalucía, en la primera escuela que comencé a impartir clase a 7º y 8º de EGB, la materia de música la cambié por clases de audiciones de flamenco comentadas y notas a multicopistas de ampliación y estudio de esas audiciones. He de decir que, incluso fuera del centro, venían algunos como oyentes a escuchar las mismas; y que de los críticos ‑que también los tenía‑, con el tiempo uno de ellos ‑de los que más criticaron estas clases, al cabo de bastantes años, pues le perdí la pista de donde estaba‑ un día pegó en mi casa. Yo ya estaba casado, cuando en estas clases era un joven soltero y sin compromiso; así que pasaron años, vino y me dijo si podía publicar un cuadernillo con todas las notas a multicopistas que yo había editado en su centro (al parecer, a pesar de las críticas, había estado acaparando una por una todas las hojas que yo había editado para los alumnos de la clase). Obviamente le dije que sí, ya que el objetivo era su difusión y le agradecí la deferencia.

Debemos pues, dentro de la solidaridad entre todos los españoles, respetar todas las singularidades, que nos enriquece a todos, pero sin tolerar ningún menosprecio de unos sobre otros; por eso, no deben aceptarse asimetrías, porque traerá, seguro, una vuelta a un pasado, que creo que ninguno debiéramos querer que se revivan otra vez. Hoy tengo una prima en el País Vasco, andaluza de origen y muy consciente de ello; frecuentemente, en vacaciones, vuelve por su tierra de nacimiento y visita a sus familiares; casada con un inspector de la Ertxaintza y jefa de Departamento de Euskera en el centro donde imparte clase. Lo mismo me ocurre con otra que vive en Cambrils, donde se produjo el atentado, que hace unos dos meses estuvo visitándonos y departiendo con sus familiares. Así creo que debe ser una integración plena, pero respetando a cada cual sus orígenes y aceptándonos todos tal como somos y, con ello, enriqueciéndonos. Lo otro es fracturarnos y dividirnos.

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