Vicisitudes de la vejez, 10

Por Fernando Sánchez Resa.

¡Vivir para ver…!

A mis más de noventa años, tener que experimentar todo lo que está ocurriendo últimamente a nivel nacional y mundial, cual si fuera a vivir “El Apocalipsis” de san Juan Evangelista, que tantas veces hemos leído en la Biblia; e incluso: “Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos” de Mateo 24-11, es un gran reto.

Encontrarme encerrada y aislada en esta residencia de ancianos, a la que no hace mucho tiempo llamaban “de la tercera edad”, sin saber cómo la bautizarán los guasones de turno, a partir de ahora, por culpa de esta pandemia a la que llaman COVID-19, vulgarmente conocido por coronavirus; y que -según me han informado mis hijos, amigas y nietos- viene envuelto en un halo de misterio que nos van descubriendo poco a poco, sin desvelarnos toda la verdad, pues no les interesa a nadie, con la excusa de no provocar excesivo alarmismo y terror colectivo.

Veo cómo han dado una vuelta de tuerca más a mi soledad manifiesta para que ni siquiera puedan venir a visitarme ya mis familiares más cercanos, con la excusa del miedo y el contagio. Hay un dicho popular que viene como anillo al dedo: “a río revuelto, ganancia de pescadores”…; aunque -en este caso- creo que vamos a perder todos, de salida.

Según me informan, sin terminar de creerme todo lo que circula por ahí, con tantas faltas noticias intencionadas, de uno y otro bando (el oficial y el contrario), puesto que no sabemos si este virus viene de una salida intencionada de laboratorio de unos científicos franco-canadienses en la ciudad de Wuhan, en China central; o de esporádico nacimiento en su mercado de animales vivos y salvajes, por medio de un murciélago; que si ha sido creado para desnivelar la boyante economía china que se iba comiendo a la americana y a la postre a la europea; que si las farmacéuticas se van a volver a forrar con todo esto… Hay quien ya vaticinaba la tercera guerra mundial, añadiendo que vendría de China y no sería precisamente a manos de la guerra -al modo como siempre la hemos entendido-, sino económica. ¡No llegaremos a enterarnos nunca, me temo!

Leo y me cuentan -por teléfono- familiares íntimos, así como me aclaran buenas compañeras (que van cayendo como chinches en una estampida), la gente en España se lo toma todo a chunga y han salido cientos de chistes riéndose o ridiculizando la situación humorísticamente, así como diversos modos de acaparamiento consuetudinario -ante lo que pueda llegar- que tenemos los españoles.

Uno de lo que más me ha impactado es cómo gestionan los políticos esta crisis: primero negándola; luego, diciendo que no nos alarmemos cuando todos los telediarios, medios de comunicación o redes sociales están infectados de estas noticias, creando un alarmismo inevitable, seguramente que necesario, pues la gente no se suele creer ya casi nada, pero se alarma siempre; luego, haciendo lo contrario de lo que dijeron no hace demasiado tiempo; y, por último, apelando a la solidaridad individual y colectiva y proponiendo para posteriores fechas eventos, fiestas y ferias a la espera de que pase esta crisis, aunque ya no pinte la Feria de abril de Sevilla en junio, ni las Fallas de Valencia en verano o la Semana Santa; no sabemos cuándo. A lo mejor, lo concentran todo para diciembre de 2020, como le han mandado a mi nieto un calendario apretado que da risa, si no fuera por lo que es. Lástima que no podamos saber nunca la verdad por culpa del maremágnum de falsas (me dice mi nieta más anglófila, que ahora se le llaman fake news) y verdaderas noticias.

La verdad es que he notado ciertos y sustanciosos cambios en la actualidad informativa diaria: las noticias sobre el feroz independentismo catalán se han disipado cual chupachups a la puerta de un colegio. Hay también otros efectos colaterales positivos: ver que todavía existe solidaridad (de la buena), sin ambages ni espera de recompensa económica o lo que sea, para ayudar a los demás.

Menos mal que mi marido lleva tiempo desaparecido, pues esta última crisis le hubiese matado, ipso facto, con más contundencia que el infarto que lo fulminó.

Como soy creyente, aunque a veces me flaquee mi acendrada fe católica, no tengo más remedio que decir: «¡Que Dios nos pille confesados…!».

Es posible que como los seres humanos nos estábamos engriendo cada día más, creyendo que todo lo tenemos controlado: economía, sanidad, control mental, salud particular y colectiva, etc., hayamos recibido una pequeña y gran lección de humildad, si sabemos aceptarla. Veremos a ver en qué queda todo esto.

Perdona, amable lector, que hoy haya hecho este monográfico a mi manera sobre este tema que actualmente nos preocupa tantísimo a todos.

Nunca pensé que llegaría un final de invierno, tan primaveral curiosamente, en este redondo 2020, pero tan duro -sanitaria y económicamente- hablando como éste. Espero y deseo que todo esto nos sirva para recapacitar a los seres humanos y a los políticos que les ha tocado bailar con esta pandemia -tan fea-, demostrándonos que el ser humano está por encima de todo; y que cualquier edad, sea la de un infante, mocico, adulto o jubilado, son los trofeos más preciados, mucho más que los dichosos votos que los auparán o defenestrarán en las próximas elecciones, alejándoles de su cortoplacismo perenne.

Sevilla, 13 de marzo de 2020.

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