Vicisitudes de la vejez, 9

 

Por Fernando Sánchez Resa.

Me acabo de levantar temprano, como casi siempre (mi sistema nervioso me juega malas pasadas a esta edad), y me he acordado de lo que me decía mi abuelo: «¡Qué amarga es la vejez!, cuando tienes todo el tiempo del mundo, la salud no te responde y se duerme a “pijotás”; pero a todo hay que hacerse…». Es lo que hoy le llaman los psicólogos la resiliencia. La que teníamos antes -las generaciones pasadas- a raudales, pues la vida era dura desde la cuna a la sepultura y las excesivas comodidades de las que disponemos hoy en día la clase media y alta brillaban -entonces- mayoritariamente por su ausencia.

Mas no creas -amable lector- que no éramos felices, sino que -por el contrario- sabíamos saborear la vida de una manera más auténtica, a pesar de que la sociedad establecida nos asignara, ya desde el nacimiento, un rol preestablecido por ser mujer u hombre, muchas veces difícil de interpretar.

Yo, como niña traviesa y avispada, tengo muchas anécdotas que contar y agradezco que la memoria -por ahora- no me flaquee, por lo que suelo recordarlas y verbalizarlas en el ambiente o a las personas adecuadas, con el fin de no pasarme buscando que me digan: «Ya está aquí la abuela pesada contando sus batallitas de infancia».

No obstante, como creo que estoy en el lugar y momento adecuados, voy a contar un par de ellas, como muestra de mi espontaneidad y presteza en comerme la vida de un bocado, cual, si del rico hoyo de pan y aceite que merendaba en aquellas tardes infantiles, se tratase.

Quiero recordar que tendría cuatro añitos o así y como a mi padre le gustaba mucho la cunicultura y la cría y cuidado de pollitos en la incubadora, desde bien pequeña estaba acostumbrada a este ambiente y lo veía todo tan natural. Cuántas noches tenía que levantarse mi padre -varias veces, especialmente, en las frías noches de invierno ubetense- para vigilar que el proceso de incubación fuese correcto y que los pollitos llegasen a nacer sin problemas.

Como a menudo oía quejarse a mi madre de que los pollos que teníamos siempre estaban ensuciando el corral y la casa, y más cuando se colaban en ella, yo interioricé ese mal comportamiento de los inocentes animalitos y, como quería tanto a mi madre, me dije: «Esto lo soluciono yo cualquier día». Y así lo hice. Una mañana -todo decidida- me fui al corral sola, pertrechada con una pala como arma letal, y los fui golpeando -uno a uno- hasta que acabé con todos… Cuando yo, tan ufana, llegué a comunicárselo a mi madre, a ella le cambió el semblante y me dijo: «¡Qué desgracia, hija mía, has hecho! ¿Qué le vamos a decir a tu padre cuando venga y vea que todos sus pollitos están muertos…?». No me pegaron, pues mi madre fue siempre enemiga de la violencia física y aún menos doméstica, aunque por aquel entonces era bastante corriente en cualquier casa o familia; y más, por la corta edad que yo tenía, habiendo sido mi intención sana y protectora de mi madre; por eso fui perdonada, aunque también se me advirtió de que ese no era el método para solucionar ciertos problemas domésticos.

La otra anécdota ocurrió en mi colegio. Yo era bastante traviesilla y valiente en defender mis planteamientos ante mis compañeras, familia o maestras. Y así ocurrió que un día de un mes de mayo, tan florido y celebrado por nuestras generaciones, cuando era costumbre poner el altarcito de la Virgen María en la propia clase, se le cantaba canciones y se rezaba el rosario, adornándolo con los ramos de flores caseros de distintas clases y aromas que les llevábamos voluntariamente a la maestra, sin que todavía estuviese prohibido por las dichosas alergias y/o las venideras o futuras normativas laicas.

Nos pusimos a rezar de rodillas en nuestras propias sillas, vueltas del revés, cual si fuesen reclinatorios de iglesia improvisados. La clase estaba colocada en diferentes filas mirando hacia el altarcito, mientras -en cada una de ellas- las niñas estábamos muy juntitas y ensimismadas. No sé por qué hice un movimiento extraño que provocó que toda mi fila -cual castillo de naipes- se volcara y cayera del mismo lado izquierdo, con la gran suerte -por mi parte- que me quedé sola de rodillas -en la esquina derecha-, mientras mis compañeras yacían por el suelo con gran alboroto. La reacción de mi maestra no se hizo esperar. Muy enfadada, me espetó: «¡Fulanita, ya has provocado otra vez otro grave conflicto! Estás castigada toda la semana sin recreo y esto lo pondré en conocimiento de tus padres y de la directora».

Yo no me arredré por tal acusación y supe defenderme abiertamente, contestándole que yo no había sido la causante de la caída, puesto que me encontraba de rodillas rezándole a la Virgen muy piadosamente y ni me había dado cuenta…

Por eso –digo- recuerdo mi infancia, a estas alturas de mi extensa vida, de una manera bonita y entrañable, habiéndole quitado ya la pátina negativa que tuviese, dulcificando esos recuerdos y anécdotas, como si fuese el mejor valium que pudiese tomar para dormirme y descansar plácidamente, aunque ambas cosas me cuesten hacerlas actualmente…

Sevilla, 21 de febrero de 2020.

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