El toro, por los cuernos

Por Mariano Valcárcel González.

Es angustioso contemplar cómo la llamada violencia de género se aplica un día sí y otro también, con regularidad espantosa y a la que apenas se logra paliar con algunas medidas judiciales o policiales (cuando las hay), que tienen resultados muy inciertos y a veces tardíos, cuando la tragedia ya se ha consumado.

Creo que la legislación -más legislación- es innecesaria; que estamos en el país de las leyes y las normas múltiples e incluso cruzadas, pero con frecuencia inaplicadas, porque, cuando lo que se contempla es un ataque a la persona, ofensas o actos criminales, que ya están contemplados en el código correspondiente, lo que hay es que actuar con rapidez y aplicar las sanciones en su totalidad. Si se hiciese así y los jueces actuasen con diligencia y severidad, sin aplicar paños calientes ni dar lugar a maniobras de diversión y confusión por parte de defensas y especialistas en emborronarlo todo, entonces la policía tendría la obligación de atajar, sin dudarlo, tanto caso que se sabe, pero que se deja correr por diversas circunstancias.

Y también los servicios sociales y de apoyo existentes tendrían facultades para impedir esa lacra.

Pero detengámonos en una nota distintiva y que cada vez va siendo más evidente: se practica esta violencia de género con demasiada frecuencia entre jóvenes, por los miembros masculinos contra las consideradas sus parejas (lo sean efectivamente o crean que lo son).

Demasiado hipócritamente se rasgan las vestiduras los adultos ante este fenómeno, que dicen no comprender. Y digo hipócritamente, porque muchos adultos son culpables directos de que esto ocurra. Porque se ha ido llegando a una situación tal que los jóvenes han revertido el escaso progreso ideológico, social, cultural y ético que se había alcanzado, al ser también revertidas sus enseñanzas y haberlas sustituido por la nada u otras completamente inadecuadas.

Reitero que la derecha ha tenido bastante que ver en esto, al cercenar por ideología religiosa (?) la enseñanza de la ética y de los principios cívicos y democráticos, en favor del vacío en estas áreas tan fundamentales para constituir una sociedad razonablemente viable y de una enseñanza supuestamente religiosa, que no discurre más que por los caminos trillados de las formas y del rito y adoctrinamiento (luego abandonados, cuando los chicos se hacen adultos por lo general). Pero también la izquierda, sea buenista o simplemente utópica, ha contribuido a alumbrar unas generaciones de criaturas intocables, a las que no se les puede llevar la contraria, porque hay que dejarlas que ejerzan su libre albedrío desde su más tierna infancia, no vayamos a crearles una serie de traumas difíciles luego de erradicar y con consecuencias imprevisibles; y es, precisamente, esa conducta la que genera verdaderos traumas, cuando la cruel realidad se les presenta en su faceta negativa de cercenación de los más insignificantes deseos, que no se van a poder cumplir.

La educación del triunfo, a partir del esfuerzo y de la dedicación, se ha hecho así imposible. Y a ello también han contribuido -no se dude- la pléyade de teóricos de las ciencias de la educación, que inundan nuestros centros de apoyo y de enseñanza (a todos los niveles). Demoledores en sus criterios teóricos y prácticos, de desarrollo de la labor cotidiana y programática de cada aula; criterios que demuestran su ineficacia total o parcial, según dónde y a quiénes se apliquen.

Los padres, tal vez imbuidos de ese espíritu de preservación de sus vástagos que, aunque sea equivocado, al menos es comprensible; pero creo que también (y es lo peor) deseosos de ejercer su propia libertad, libres de las ataduras y obligaciones, que estar pendientes de sus hijos, se conllevan. Como reaccionaron contra la anterior presión, que ellos recibieron con un golpe de timón de trescientos sesenta grados, se tiró por la borda lo que se debía preservar, sin tenerlo en cuenta. Arraigó definitivamente la irresponsabilidad como sistema (en todo, no solo en lo que este escrito comenta) y a Pilatos le hubiese faltado agua para eximirse de la culpa en tantísimas ocasiones como ahora lo hacemos.

Ante lo anterior, se crecieron los chavales intuyendo que el poder era efectivamente el que dictaran sus deseos y pulsiones y que ya no había límites ni trabas. Cuando se quiso acordar, ya era tarde. Es por ello que no entienden ese “no es no”, pues no están acostumbrados a escucharlo ni a aceptarlo.

Mas no dejémonos atrás algo tan importante como la influencia que actualmente ejerce la publicidad, la moda y los modos en todo este proceso. Influencia muy perniciosa y a la que no se le pone límites. Porque entonces, se diría, estamos tocando la libertad de información y de expresión, fundamentales en un estado democrático.

Últimamente proliferan modas y tendencias que exhiben a la mujer como cosa, objeto, sujeto de posesión, manipulación, placer. No me refiero solo a la moda de vestir, de arreglarse, que siempre ha perseguido esto; me refiero a actitudes concretas y explícitas. No solo la pornografía extendida y que a los jóvenes les da una falsa idea de la relación de pareja (o simplemente de la relación sexual, sin más); sino también a ritmos y músicas acompañados de sus escasas letras y de los videoclips correspondientes (generalmente de tipo latino), que muestran el macho dominante y a la hembra bonita y sexi, pero sumisa a los dictados del anterior. La chica como mía y mi placer y mi trofeo y mi juguete; que si quieren quitármelo, lo destrozo antes.

Se muestra así un infantilismo retroactivo y peligroso, consecuencia de todo lo anterior.

Por ello, rasgarse las vestiduras y manifestar incomprensión de las causas y consecuencias del tremendo y triste fenómeno que nos ocupa es un mero ejercicio de hipocresía. No atajarlo en sus raíces, una pasividad preocupante. Porque se seguirán produciendo crímenes y violencia de género no solo entre los adultos, sino -como escribo- entre los jóvenes. Y cada vez más.

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