“Gedeón”, 02

Por Mariano Valcárcel González.

Como escribía Gedeón, que era un garrulo de tomo y lomo, no se fiaba de quien se decía su Dios.

Se había sentado Yahveh en la famosa encina, que por esas tierras y las nuestras el sol abrasa a conciencia, y conminó al destructor a escucharlo, guardando ciertamente el respeto debido, o sea, manteniéndose de pie ante su presencia. El futuro jefe de la lucha de pronto salió por peteneras ante las órdenes recibidas.

—Bien, que sí, que iremos contra los de Madián, pero es que no me fío, que esto puede ser una trampa de ellos… Espera, se me ocurre una idea.

Y se fue a su casa y volvió con una piel de oveja, que en lenguaje culto se le dice vellocino y ya los griegos de Jasón habían hecho travesías para encontrar uno nada menos que de oro.

—¿Ves esta piel blanca de oveja? Pues esta noche la colocaré al raso y, si mañana amanece cubierta de rocío, pero solo la piel, que alrededor no habrá ni una gotilla, pues me creeré lo de que eres un dios.

Yahveh se estaba enojando cada vez más, se le subía la intención de fulminar allí mismo a tan obtuso sujeto, pero tuvo divina paciencia y transigió. Aceptaba el reto. Cada cual se fue por donde vino y la piel quedó tendida al sol, en la planicie.

No tardó Jerobaal en salir de su chamizo, en cuanto el sol empezaba a despuntar, que estuvo vigilando toda la noche por si se la daban con queso, y tocó la lana mojada, y tocó la hierba de su alrededor seca y cogió el vellocino y la escurrió y salía agua como si se tratase de una manta mojada. De inmediato, apareció el otro con cara de vencedor y le dijo.

—¿Qué; te convences ya, botarate?

—Sí, sí, está bien esto… Pero…, mira, vamos a rematar la faena. Esta noche repetimos el experimento, pero al revés; la piel quedará seca y su alrededor húmedo, ¿vale?

—Ya me estás cargando y no sé si degradarte y quitarte el título de juez y mandarte con los enemigos que te castren… En fin, mañana veremos el resultado y luego te comerás tus palabras y tus dudas y harás, por fin, lo que te he ordenado.

La noche fue muy larga para Gedeón y, llegado el amanecer, se encontró con lo predicho. Ya lo esperaba Yahveh bajo la encina y lo primero que hizo fue atizar un buen bastonazo, en la cabeza, al atolondrado incrédulo, que se arrodilló de inmediato a sus pies.

—¡Hala, vete por estas tierras y empieza la leva de soldados, que ya vas tarde!

Juntó el caudillo unos treinta mil hombres de todo tipo y condición y, entre leva y leva, se fabricó un efodbien chulo para así indicar a todos su autoridad. Dios le indicó, al pasar revista al ejército, que eran demasiados (se había dado cuenta del pelaje de la mayoría, no aptos para la guerra y que saldrían corriendo como conejos a la menos embestida del enemigo); y el general se quedó pasmado, pues sus espías le indicaban que el otro ejército era mucho más numeroso.

Se pusieron a hacer instrucción y a entrenarse y hacer marchas fatigosas y, en una de ellas, le indicó Dios que los parase a la vera de un riachuelo. El casting consistió en ver las actitudes de los hombres, cuando bebían en el río; que esos de allá no valen nada, que estos de acá se derrengan al momento, que te quedes con esos que no se fían ni de su padre… Con trescientos, se quedó solo con trescientos, cual el rey Leónidas en Las Termópilas. ¿Y qué iba a hacer sólo con trescientos, si los otros tenían más de cien mil?

En los momentos cruciales, es cuando se ve la valía de una persona; y en esos momentos que pasaba Gedeón, la tesitura era tremenda; que el enemigo sabía de su existencia e intenciones y Yahveh se había largado; se ve que tenía otras obligaciones.

Los reyezuelos Oreb y Zeeb se lo estaban pasando pipa en su campamento, en la seguridad de no ser atacados por tan miserable turba hebrea; y, en las alturas que lo rodeaban los de Gedeón, se habían dividido en tres secciones, que atacarían por tres lados distintos. Para poder tener a su favor el efecto sorpresa, el general determinó que se atacase de noche y equipó a la gente con unos artículos baratos que había mercado a los beduinos, tales como cantarillas para el agua y cuernos de aviso; amén de las espadas, claro.

Los soldados se preguntaban estupefactos que para qué querían aquellas cosas (alguno empezó a hacer chanzas), cuando Gedeón les hizo meter en la cántara una luminaria, ya entrada la noche, que era oscura. Llegaban las músicas y risas del campamento amalecita, descuidada la vigilancia del mismo, cuando desde varios puntos de las colinas se oyeron estruendosos toques de cuerno, ruidos secos de roturas y, de pronto, luces que se les echaban encima. Entró el pánico en el campamento y no sabían ni por dónde, ni por quiénes, ni cuántos eran quienes atacaban y se mataban unos a otros, en la confusión generada (propiciada por las borracheras de ellos y la acción destructora de los soldados de “El Destructor”).

Arrasaron el campamento y mataron a los que no pudieron escapar, incluidos sus reyezuelos. Cogieron gran botín y Gedeón se aseguró el mando sobre las tribus y el título bien ganado de juez. Ejerció cuarenta años en cierta paz, en los que tuvo tiempo de engendrar a setenta hijos (que la monogamia posterior todavía no se había impuesto entre los creyentes), siempre bajo la adoración del único, de Yahveh.

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