Cuento de la nostalgia, 08

La Cava

Por Mariano Valcárcel González.

Cuando hago mi pequeño circuito urbano, caminando cada mañana, a veces paso por la zona que queda debajo de la calle Cava, por los jardines del Alférez Rojas (y su monumento) y donde se ubicaba un cine de verano, precisamente llamado “de la Cava”, porque había varios en la localidad.

Bajar a la Cava tenía varios motivos y justificaciones, según lo que se pretendiese hacer allá.

Bajaban los alumnos de la Academia de Guardias de la Guardia Civil (sin servicio ya) a fumar, porque las normas castrenses entonces eran sumamente rígidas para los simples soldados y una de ellas es que no se podía ir fumando, cuando se estaba uniformado para salir de paseo (ni quitarse los guantes, si había que llevarlos).

Precisamente esta era una de las notas más características de ese militarismo vacío del franquismo, pura fachada asustapueblo y escasas condiciones operativas. El ejemplo es el mismo Rojas Navarrete, al que se dedicó en el año 1960 el monumento y los jardines; alférez de complemento, pasó a Ifni con su regimiento de infantería y allí caería bajo una lluvia de granadas de mortero. La tropa ni estaba entrenada, ni preparada, ni armada para una lucha que estaba perdida de antemano (Ifni se tuvo que entregar a Marruecos posteriormente).

A “pelar la pava” también se bajaba, porque supuestamente aquello quedaba algo escondido a la vista de los mal pensados de siempre; y, si las farolas se habían apedreado a conciencia, el sitio quedaba en completa y acogedora oscuridad. Y como había bancos…

En los últimos decenios, el lugar se degradó por varios motivos, entre ellos, el cierre del cine mencionado. Allá bajaban los del botellón (litronas adquiridas en “Casa la Chuminica”) y los que se mataban poco a poco, con la colaboración de la jeringuilla desechable. Dejó de apetecer ir por la noche, especialmente en las del verano, para ver las estrellas, las lucecitas de los pueblos que había allá del río, las claridades del amanecer o del ocaso, tintadas de rojo, y disfrutar del vientecillo que aliviaba el calor nocturno.

El calor nocturno se intentaba mitigar a la vez que se distraían las cabezas en aquel cine de verano, verdadero corralón amplio del antiguo y desaparecido convento de San Francisco; que si la película era buena, se llenaba, cada uno en su silla de madera, plegable, alineadas frente a la pantalla; las primeras, las de “general” o categoría popular y las de más atrás (y separadas de las anteriores) las de “preferencia”… No faltaba nunca el servicio de barra (el ambigú), del que se adquirían no solo las cervezas o gaseosas, sino las bolsas de pipas, verdadero sonido de fondo de todo el recinto.

Los que no podían entrar, generalmente porque no tenían ni una perra gorda, se conformaban con sentarse en los bancos de piedra de los jardines anexos y oír la banda sonora de la película exhibida. Oíamos así los tiros de las pelis del oeste, esa música de Morricone, estridente, que nos proyectaba el rostro impenetrable de Eastwood o de Van Cleef y ya los veíamos con el colt a punto de agarrarlo velozmente para descerrajarle un tiro (o una sarta de ellos) a quienes tuviesen enfrente.

Sin embargo, recuerdo que las películas más melodramáticas, verdaderos culebrones a veces, se proyectaban en el cine de la Plaza de Toros.

Los mocicos bajábamos a la Cava en pandilla, ya de pavos de moco colgando, tras o con las mocicas que nos permitían acompañarlas. Había como un escaparse de las zonas de paseo tan concurridas y vigiladas, como un intento de ir más allá que nunca consumábamos, excepto quienes ya contaban con la aceptación de alguna y que luego, despachada la multitud, podían dedicarse a sus esparcimientos.

Aclarado debe quedar que por aquellos años de total estancamiento y manifiesta represión moral, la cuestión sexual ‑en los adolescentes y jóvenes‑ se mantenía muy oculta e incluso auto reprimida, frente al castigo y la vergüenza que nos podían caer. No es que no la hubiese, claro; que este impulso siempre existió en toda época y lugar; pero nos guardábamos muy mucho de transitarlo a la descubierta (como a la descubierta cayó el citado alférez bajo los morteros).

Hubo una o varias generaciones que nacieron y crecieron con la losa del pecado y luego, levantados los frenos, pasó lo que pasó. De pronto, nos cayeron las Emmanueles, a las que acudía el personal totalmente asombrado; pero estas películas de la transición ya no se pasaban en los cines de verano, que murieron inevitablemente.

Algunas corporaciones han intentado rescatar esta costumbre veraniega de irse a la noche a la Plaza de Toros (antes, incluso, se intentó en el patio trasero del Hospital de Santiago), a pasar la velada con el refresco y las bolsas para picar, grandes y chicos.

Se rehabilitaron los degradados jardines (incluso se añadió un pequeño mirador volcado al valle) y la zona ha quedado, al menos durante el día, bastante digna. Además, en el solar que fuera cine, se permitió edificar casas individuales que miran al sur directamente y algún bloque de viviendas. El antiguo y desaparecido convento de franciscanos sigue presente en la memoria por los nombres de la plaza y callejuelas adyacentes, todas dedicadas a San Francisco.

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