“Los pinares de la sierra”, 95

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Amenaza de huelga.

Hay que ver qué poco nos gusta pagar a los seres humanos. Mientras nos hablan de cobrar, todo va sobre ruedas; pero en el momento en que alguien dice que tienes que pagar, se queda sin amigos. Y en Cataluña, ni te cuento. En fin, algo parecido sucedió el domingo, tres de febrero, al reanudar la actividad en Edén Park. Después de marcar, en los planos, las parcelas vendidas por Velázquez y Claudia en Navidad, el señor Bueno nos recordó que, en lugar de los relojes -que ya no despertaban tanto interés como al principio-, este año se regalarían unas modernas cámaras fotográficas, y se sortearía un televisor tal y como anunció el señor Triquell en la cena de fin de año, celebrada en “Las siete puertas”. En efecto, sobre la mesa del despacho había un montón de cajitas de colores muy vivos, como de juguete, y un televisor portátil de la marca Sony, en una funda de plástico de color gris.

Contrariamente a lo que pensaba el señor Triquell, y a pesar de las explicaciones del jefe de ventas, la idea de sortear un televisor no fue acogida con el entusiasmo deseable. A los vendedores, razonablemente molestos por la subida de precios de los terrenos, no les hacía ninguna gracia financiar el importe de la tele, aunque se tratara de una cantidad insignificante y se lo descontaran de sus futuras comisiones.

Ante las protestas que se veían venir, los descontentos de siempre intentaron sacar tajada de la situación y empezaron a enumerar una larga lista de exigencias, hasta que, en un arranque de osadía, algunos amenazaron con dejar plantados a los clientes y no subir al autocar, si les obligaban a pagar el importe de la tele. No sé qué hubiera sucedido de no ser por la chispa del señor Bueno, que no tardó en encontrar la solución para sofocar la revuelta. Después de pedir un poco de calma para exponer su plan, nos aseguró que aquel televisor se podría sortear durante todo el año y, en consecuencia, no habría necesidad de comprar un aparato nuevo cada semana. Al principio, surgieron ciertas dudas y se le exigieron algunos detalles; pero, tras una exhaustiva explicación, la propuesta se acogió con entusiasmo, se oyeron risas y hasta algunos aplausos.

Hacía tanto frío, que aquella mañana solo se presentaron seis parejas en busca de la cámara fotográfica, y el matrimonio invitado por María Luisa: Pepita, la dueña de la tienda de ultramarinos que había frente a la peluquería, y su marido, el señor Tomás. En consecuencia, Fandiño y la señorita Claudia se quedaron libres y sin cliente. El día que el público escaseaba, los vendedores que se quedaban sin clientes no se marchaban a casa, como hubiera sido razonable, sino que se hacían pasar por compradores y se mostraban muy interesados para crear buen ambiente, colaborar con sus compañeros y animar a los viajeros a comprar. O sea, esos días les tocaba hacer de “ganchos”.

Al llegar a Edén Park, los primeros en bajar del autocar fueron Pepita y el señor Tomás -invitados de Soriano y María Luisa-; luego, las seis familias en busca del regalo, y finalmente Fandiño y la señorita Claudia, que -a pesar del frío- se mostraban tan alegres y ruidosos como unos recién casados. Tras contemplar unos instantes el panorama, Claudia casi gritó para que la oyeran los demás:

―¡Qué maravilla de paisaje, y qué perfume en el bosque, tan delicioso!

Le dio a Fandiño un sonoro beso en la mejilla, y añadió a continuación:

―Gracias; gracias por esta mañana inolvidable. ¡Eres un sol! Oiga ―dijo, dirigiéndose a Arumí―: ¿Cuándo nos dan la cámara? Acabamos de casarnos y me gustaría hacerme una foto con mi marido.

Arumí le explicó que los obsequios se entregaban al final del almuerzo, como ella sabía muy bien; y, llegado el momento, extendió el plano sobre la mesa y les hizo los números con absoluta seriedad. Después de servirles los cafés, el señor Bueno pasó mesa por mesa, entregando las cámaras en nombre de Edén Park. Pero al abrir las cajas con la natural curiosidad, los invitados se llevaron una enorme decepción, al comprobar que se trataba de una máquina para niños, con un sello en la parte posterior en el que se leía: Made in Taiwan. Para contrarrestar el general desencanto, la señorita Claudia no dejaba de celebrar las características del obsequio, loca de contenta.

―Una cámara, ligera y juvenil. ¡La encuentro fenomenal! ¡Muchas gracias!

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