“Los pinares de la sierra”, 93

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- El amor sin sexo es letra muerta.

Excepto Velázquez y la señorita Claudia, el resto de compañeros se dispersaron durante las fiestas navideñas y no volvimos a verlos hasta aquella tarde. El día treinta de enero, después de la reunión de ventas, bajamos a Los Intocables y estuvimos charlando sobre esos temas de los que tanto les gusta hablar a los vendedores: negocios imposibles, trucos para engatusar a los clientes, enfado por la subida de precios, planes de futuro para vivir como reyes sin pegarle un palo al agua, y cuando la cerveza les sale por los ojos, fanfarronería sexual. ¡Eso nunca falta!

Roque Fandiño dijo que no se había movido de Barcelona. Con una parte del dinero que le había proporcionado la venta del señor Gálvez, se tomó unos días de vacaciones, compró un “124” de segunda mano y se dedicó a recorrer los locales nocturnos de la ciudad en busca de compañía femenina. En El Apolo conoció a una robusta moza de Mondoñedo, con la que estuvo bailando hasta las tres de la mañana y se acabó enamorando irresistiblemente de la “galleguiña”, que era muy besucona, mimosa y zalamera. Fue tan viva la llama que surgió entre los dos, que desde aquella noche gozaron, plena y apasionadamente, de los placeres de la carne, porque como decía Fandiño, que era un gallego instruido y sentencioso: «El amor sin sexo es letra muerta».

Y una de aquellas tardes, lluviosa y gris como las de su tierra, les entró la morriña y planearon marcharse juntos a Galicia para montar un mesón, siguiendo la más pura tradición galaica. Nada de marisco ni productos perecederos; un mesón como los de antes: con su caldo gallego, sus empanadas, los famosos pimientos de Padrón, lacón con grelos, tarta de Santiago y tetilla gallega con vinos de Ribeiro o de la Ribera Sacra.

Marc Arumí nos dijo que había pasado las fiestas en Mollerusa y que, entre putas, carajillos y alegría, se había gastado el poco dinero que consiguió ahorrar en los últimos meses. El hombre estaba muy pensativo. Como, últimamente, la venta de parcelas no le iba demasiado bien, se estaba planteando aceptar una oferta de trabajo, como representante de una firma de barnices en la región valenciana, con sueldo fijo y variable, dietas, kilometraje y seguridad social. Aunque admitía que se trataba de un magnífico empleo, tenía sus dudas. Las condiciones económicas no estaban mal del todo; pero no le apetecía pasar el día en la carretera, comiendo y durmiendo en fondas de tres al cuarto. Por eso, decidió seguir unos meses más en el equipo, con la esperanza de mejorar los resultados de los últimos meses.

Soriano estuvo entre rejas, tres semanas; pero como el talón sin fondos con su firma falsificada era de cuarenta y cinco mil pesetas, el juez lo dejó en libertad, seguro de que era un pobre hombre, inofensivo e incapaz de hacer mal a nadie. Es decir, que cuando volvimos a verle, solo llevaba en la calle un par de días; tiempo suficiente para recuperar su natural optimismo, aunque a consecuencia del tiempo pasado en chirona, estaba paliducho y más delgado. Llevaba el mismo traje azul marino, aunque, gracias a los desvelos de María Luisa, limpio y bien planchado, como recién salido de la tintorería.

―Pero Soriano, coño ―le dijo Paco con ese sarcasmo que tanto le gustaba utilizar―: perdona que te lo diga, pero da pena verte. Empiezo a pensar que el matrimonio no te sienta bien. Y yo que pensaba que después de las vacaciones volverías más guapo y más lustroso, ¿es que te han operado de apendicitis? Anda, dile a María Luisa que no te exija tanto, que te estás quedando como un palillo, y a ciertas edades eso es peligroso.

―Mira, Paquito, no me toques los cojones y dame un cigarro.

Paco sacó el paquete del bolsillo y se lo dio.

―Fuego ―dijo Soriano con gesto serio—.

―¿Qué te pasa? Te noto muy desmejorado ―insistió Paco—.

―Nada importante. Que he pasado unos días fuera de Barcelona, atendiendo unos asuntos que me traían de cabeza y negociando unas propiedades que no me daban más que problemas.

―Joder, Soriano, a ver si resulta que eres millonario y te lo tenías tan callado.

―Niño, no me jodas, que yo soy un tío legal. ¿Vale? Cometí el error de asociarme con un golfo que se fundió mi dinero en fiestas y mujeres, hasta que me dejó sin un duro. En fin, unos problemas personales muy lamentables, que no he tenido más remedio que resolver en estos días y que a nadie le importan. ¿Entendido?

Lo dijo en tono lastimero, como si intentara poner fin a las bromas de Paco, y no dar pistas al resto de compañeros, sobre lo ocurrido en realidad.

―No te quejes, Soriano, no te quejes ―respondió Paco, dándole unas palmaditas en la espalda―. Sin ser una estrella de la pantalla, has conseguido enamorar a María Luisa, una mujer que vale todo el oro del mundo. Lo digo de corazón: ¡Felicidades!

Paco le hablaba en un tono afectuoso, no exento de ironía, como el cura que sorprende al monaguillo en la sacristía con la botella del vino de consagrar.

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