“Los pinares de la sierra”, 92

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

10.- Un ataque de cuernos, mal disimulado.

Permanecí callado, dándole vueltas a lo que acababa de escuchar. Me parecía que un silencio era mucho más elocuente que cualquier reproche que le hubiera podido hacer en aquel momento. Al fin y al cabo era su trabajo, y yo no tenía ningún derecho a ironizar sobre el asunto. No obstante, ella adivinó mis preocupaciones y trató de suavizar la situación.

―Javi, escúchame; quieren cambiar mi imagen por otra más sólida y duradera. ¡Compréndelo!

―No; si yo lo comprendo. Lo que no acabo de entender es por qué tenéis que marcharos a Argentina a rodar una película. Podéis hacerlo aquí perfectamente. ¿No?

―No te enfades; pero, hoy por hoy, en España no se dan las condiciones exigibles para filmar una película impactante, rompedora, novedosa. Me refiero a la censura. ¿Lo entiendes?

―O sea, que se trata de una película guarra. ¡Anda! Atrévete a decirlo. Una de esas películas en las que una tía, que resulta que es puta ―aunque eso al principio no se sabe―, sale de unos almacenes con una montaña de paquetes; se le cae uno del tamaño de una cajetilla de tabaco, y un guaperas, tipo Mikel Douglas, le ayuda a recogerlo. En ese momento, se pone a llover a cántaros. ¡Qué casualidad! Toman un taxi, se pegan un beso de tornillo, en la siguiente escena ya están en la cama en pelota viva, y dos semanas más tarde se casan tan tranquilos, como si se conocieran de toda la vida. ¿Eso es una película impactante y novedosa? ¡Por favor! Eso es una mentira que no se cree nadie. Mira, te hago una apuesta: nos vamos ahora mismo a la puerta de El Corte Inglés y, si ocurre algo parecido, te invito a cenar adonde tú quieras. O mejor; te lo pongo más fácil: si vemos un tío tan guapo como Mikel Douglas, te pago la cena de una semana.

―Eso lo dices, porque los españoles no sois románticos y estáis muy atrasados. Mi abuelo, que era gallego, decía que la primera vez que vio a mi abuela en camisón fue la noche de bodas. Y claro, al día siguiente, ya era tarde para rectificar.

―No es eso. Aquí hay magníficos directores de cine, que para hacer una buena película no necesitan que una pobre muchacha enseñe las tetas. ¿Tú has visto “Atraco a las tres”? Porque para mí es una obra maestra. ¿Tú crees que, si Gracita Morales enseñara las bragas, la obra sería más impactante y rompedora?

―Hombre, Gracita Morales no es, precisamente, lo que hoy se conoce como un “sex simbol”; pero te puedo asegurar que, si en la película hubiera un desnudo de Katia Loritz, las colas de los cines de la Gran Vía llegarían a Hospitalet.

―O sea, que tú te comparas con Katia Loritz. ¡Venga ya!

―Pues, por la escena que acabamos de protagonizar parece que no te disgusto demasiado. ¿No?

―Vale; pero no me gustaría que la gente hiciera cola hasta Hospitalet para verme en calzoncillos. ¿Lo entiendes? Lo que quiero decir es que en la realidad, las parejas no se casan tan a la ligera. Primero se conocen y, después de muchos años de meterse mano ―como es lógico y natural―, uno de los dos descubre que, con lo que han ahorrado, ya pueden dar la entrada del piso y entonces unen sus vidas para siempre, como Dios manda.

Mientras empezaba a vestirme, miré al reloj.

―Oye, que son más de las diez, y Paco no tardará en llamar para preguntarme si quiero que me lleve en la moto.

Ella se echó a reír, mientras terminaba de colocarse el sujetador.

―Anda, déjame que te arregle un poco el pelo, si no quieres que nos descubran.

Me pasó el peine varias veces, y me besó con suavidad en la mejilla.

―¿Qué será de nosotros? ―le pregunté, antes de salir de la habitación—.

―¿Por qué pones esa cara? No te preocupes. Estaré fuera unos días, pero volveré y seguiremos juntos como hasta ahora; tonto. Y no pienses que te olvidaré, aunque el protagonista de la película sea tan guaperas como Mikel Douglas.

Cuando llegamos al salón, Marisol se colocaba unos algodones entre los dedos de los pies, Genny y Paco seguían hablando de sus cosas, y yo tuve la sensación de que me miraban con pena, al ver mi cara. Nos marchamos enseguida y, al quedarnos solos en el ascensor, Paco me dijo:

―Nunca te muestres preocupado por una mujer. Te romperá el corazón, si lo haces. Procura que sea ella la que se preocupe por ti.

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