Fortuna

Por Mariano Valcárcel González.

Las expectativas que cada uno nos formamos e imaginamos que llegasen para nosotros algún día, tal vez nunca se cumplieron, o por nuestra dejadez e inutilidad, o por interferencias e inconvenientes impuestos por otros, porque en realidad nunca quisimos alcanzarlas; pero tenemos, casi siempre, la costumbre de culpar a los demás de nuestras desgracias: «No se pudo, porque no me dejaron».

Cierto que el futuro lo es por su desconocimiento, pero también es cierto que se puede ir trabajando para construirlo, prevenir lo previsible, caminar hacia donde deseamos y poner en ello todas nuestras fuerzas. Luego, todo se verá que intervendrá la Diosa Fortuna para confirmar o denegar, repartir o quitar.

El concepto de Fortuna, como motor real e ingobernable (e impredecible) de lo que deba acontecernos es cosa muy antigua. En el Medievo se la consideraba de suma importancia y omnipotente, inevitable, hacedora de bienes y males. El “Carmina Burana” empieza apelándola desde el principio: «¡Oh, Fortuna!», es el grito inicial. La Fortuna, en apariencia, es considerada como una fuerza independiente y autónoma en la que ni Dios puede intervenir. Juan de Mena, acabándose lo anterior y empezando el Renacimiento, escribe “El Laberinto de Fortuna” (llamado también “Las Trescientas”), colocando esta fuerza como determinante en el devenir de las personas y lo que pudieron ser.

Todavía hay muchas personas que creen en ese determinismo fatal, en el sino, como le dice el común, que no es más que una contracción de la palabra destino. Y sí, creen ciegamente en ese destino (antes Fortuna) que los llevará donde quiera, aunque ellos no lo quieran o no hagan nada por favorecerlo ni por evitarlo.

Para controlar la creencia anterior, por lo que de nihilismo implicaba, la religión vino a enseñar que era la deidad quien regía nuestros pasos (que ni una hoja se movía sin la voluntad de Dios). Se buscó, también así, que fuese Dios, en última instancia (y primera), en quien tuviésemos puestas todas nuestras esperanzas. Y, si no se cumplían o sucedía lo contrario, debíamos tener fe; la fe de que lo que sucedía (nos sucedía) tenía una razón de ser en los designios de la Providencia Divina.

Es curioso, pero de lo anterior, y pretendiendo evitarlo, se derivó otro nuevo nihilismo; puesto que Dios regía todo acontecer, era pues inútil nuestro esfuerzo por cambiarlo. Islam es abandono en Dios (y en sus designios, desde luego). “Dios lo quiere” y, en esa creencia, se hicieron (y se hacen) las mayores barbaridades. Los teólogos del Renacimiento (especialmente los jesuitas) advirtieron a dónde llevaban estas concepciones e interpusieron el concepto de “libre albedrío” como freno y también como control de las acciones y de las personas; como fundamento del concepto de “culpa” y, por ello, de arrepentimiento y de penitencia. Dios existía, a qué dudarlo; pero el hombre le podía hacer caso, o no. (¿Se estaba limitando, pues, la omnipotencia de Dios?).

La intervención de Dios se consideró, en medios reformistas, como evidente, cuando las cosas iban bien -Dios me premia por mi fe y buenas obras y eso se nota en mi bienestar y en el de los míos (o de mi comunidad)-. Consecuentemente, se deduce que, a quienes le sucede lo contrario, es porque Dios los castiga. No solo se piensa así entre los reformistas, desde luego.

Y aquí llega otra cuestión, al hilo de lo anterior. ¿Es cierto que el bien o el mal que se padece es consecuencia de la decisión divina de premiar o de castigar? Viendo cómo se distribuye el bien o el mal en este mundo y, realmente, lo mal que se distribuye, lo injustamente casi siempre. ¿Podremos creer que es obra de Dios -cualquier Dios existente-, el que esto sea así? Se nos dice entonces, y se vuelve a ello, que los designios de Dios son insondables o que Dios escribe derecho con renglones torcidos; todo ello para explicar lo inexplicable o tratar de conformar en su situación a quien la padece. ¡Ah, y lo mejor, que el mal que se sufre en la tierra será recompensado en el cielo, o que el abuso del placer tendrá su castigo en el infierno! Todo un futurible sin confirmar.

¿Por qué uno nace en una Somalia asolada y otro en una mansión de Long Island? ¿Qué méritos o deméritos tiene cada uno para ello? ¿Por qué a uno se lo come una dolorosa enfermedad y otro morirá plácidamente en su cama? ¿Es que mis ganancias en la especulación indican que mi Dios me bendice y está maldiciendo al que, consecuencia de esa misma especulación, se está muriendo de hambre…? Me viene a la mente la imagen de un empresario nacional, hoy entre rejas, dándose los golpes de pecho rituales en una misa –«Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa»–, mientras estafaba y robaba.

Escribí aquello de Einstein de «Dios no juega a los dados»; pero debía referirse a los fenómenos naturales sometidos a las reglas de la física, da la matemática, de la química, aunque también pueden estar sometidos a la regla de la casualidad, el caos, lo aleatorio o del imprevisto (hasta que no se descubra su mecanismo, claro). Pero, en cuanto a las personas, la falta de reglas es lo normal, en lo relativo a su nacer y devenir. Yo nací en estas circunstancias y en este ambiente, con esta familia (o sin ella), en región pobre o en región rica, con tales capacidades físicas e intelectuales o la carencia total o parcial de las mismas… Yo nací sufriendo y para sufrir o al contrario, ¿qué sentido, qué finalidad tiene todo ello?

He publicado en el “Face” que hace un año nos encontrábamos mi mujer, mi cuñada y yo en el mismo lugar del atentado de Londres… ¿Y si eso hubiese sucedido en ese mismo momento? Al final apelaremos otra vez a la Diosa Fortuna como factótum de nuestra bonanza o desgracia. Salvo que sepamos domesticarla, lo cual sí que es meritorio.

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