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Las “gili” cosas del progre

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

¿Habéis observado la cantidad de tonterías que se dicen, en nombre de la cultura y el progreso? Al “gili-progre” le encanta utilizar palabras que, aunque no digan nada, suenen bien. Por ejemplo, defienden el derecho a un trabajo de “calidad” y a un salario “justo”. ¿Quién puede negarse a una solicitud tan razonable? Pero, cuando te paras a pensar, surgen las dudas. ¿Qué es un trabajo de calidad? El que barre un taller, ¿tiene un trabajo de calidad? ¿Y los que trabajan en un restaurante, sábados y festivos? ¿Y los repartidores de pizzas? ¿Y los policías? ¿Y los médicos que se pasan setenta y dos horas de guardia? Y a nadie se le ocurriría prescindir de estas profesiones tan dignas siempre que se hagan con atención y diligencia. ¿O no? Luego viene lo del salario “justo”. ¿Dónde empieza la justicia o la injusticia de los salarios?

 

Los “progres” de la Transición pedían el mismo sueldo por el mismo trabajo, para que los maestros interinos cobraran igual que los profesores que habían ganado una oposición. Con el tiempo, al amparo de los partidos y los politiqueos, lograron el enchufe, y un sueldo para toda la vida, sin afrontar las fastidiosas oposiciones. Ahí se acabaron las protestas. En los escasos tres años que pasé en la enseñanza pública, encontré cosas difíciles de creer. Por ejemplo, había chicos, en octavo de EGB, que fallaban en la tabla de multiplicar, y un maestro que confundía los saltos del Nilo con las cataratas del Niágara. Podría decir más, pero esos dos detalles son suficientes. De ahí la pregunta. ¿Debe cobrar lo mismo el “zángano” que el buen trabajador? ¿Debe cobrar igual el maestro que se entrega a su labor docente que el que se pasa la mañana haciendo crucigramas, para matar el tiempo? Porque en todas partes hay parásitos que se aprovechan del trabajo de los demás. ¿O no?

Otra cosa que también está de moda es el derecho a una vivienda “digna”. Yo imagino al funcionario municipal preguntando:

—¿De cuántos metros la quiere, el señor? ¿Con ascensor o prefiere subir a pie para hacer ejercicio? ¿En qué zona de la ciudad? ¿Qué le parece a las afueras?

—“Para nada” ―responde el solicitante―. Mi señora y yo la queremos en el centro.

Claro, como los “gili-progres” no han hecho un presupuesto en su vida, no saben algo que nuestras madres conocían muy bien, sin necesidad de estudiar contabilidad: que para vivir tranquilo, uno no puede gastar más de lo que gana, y que el Estado tiene el dinero que recauda de nuestros impuestos y nada más. Pero, como dijo Goebbels, una tontería, repetida mil veces, se convierte en una frase profunda, sobre todo si viene de un progre. (Bueno, Goebbel dijo otra cosa: eso de la tontería lo digo yo).

Salen por la tele hablando de “multiculturalidad”, “progresismo”, “modernidad”, “reformismo”, u otros términos parecidos, y ganan los debates por goleada. ¿Quién se va a oponer a que España progrese, a que se lleven a cabo grandes reformas para modernizar el país, y a que la cultura llegue a todas las capas de nuestra sociedad? Nadie; pero hay gente que vive de inventar verdades de Pero Grullo.

Otra de las expresiones que me hacen mucha gracia es una que actualmente se repite con insistencia: “La cultura del esfuerzo”. ¿Alguien puede pensar que lo contrario, o sea, que la holgazanería es un modelo de cultura? Pero no me neguéis que la frase queda muy bien, sobre todo, si la dice alguien que ha vivido hasta los treinta años a costa de los padres, de las becas y de esa sopa boba, que ahora se llama “Gasto social”.

En mi juventud, pasé dos veranos en Francia, y tuve ocasión de comprobar que el francés medio es una persona laboriosa, educada y culta, que lucha para sacar adelante a su familia y que no espera que el Estado le solucione la vida.

Y, para terminar, una anécdota que me contó el padre Mendoza en uno de nuestros encuentros inolvidables. Parece ser que, a través de Acción Social Patronal, consiguió empleos para muchos andaluces que llegaban a Barcelona decididos a trabajar para salir adelante y prosperar, como Dios manda. Fueron tan bien las cosas que, animado por los primeros resultados, logró trabajo para sesenta personas. Pero cuando el autocar llegó a donde les aguardaban el encargado y el dueño de la empresa…

—Fue una pena ―me decía aquel santo―. Iban medio achispados, cantando, y en un estado deplorable.

O sea, que el autocar dio la vuelta y regresó a Úbeda con su alegre y bullanguera carga.

Mi conclusión es clara: no hay nada gratis, y lo que unos reciben otros lo han de pagar. Por eso, hay que trabajar bien las horas necesarias, y hacer buen uso de las prestaciones. Y, cuando no hay trabajo, se busca; y si hay que salir fuera, pues adelante, que para eso somos una “aldea global”. ¿No? Pero que nadie nos engañe diciendo que el Estado resolverá nuestros problemas. Yo nunca lo he creído y, hasta la fecha, no me ha ido tan mal.

Barcelona, 3 de mayo de 2017.

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