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Una prostituta para la escuela

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

“La batalla del lenguaje” ―el genial artículo de Jesús Ferrer, publicado en esta página el pasado viernes― me ha traído a la memoria una anécdota que oí contar hace unos años, y que todavía me hace reír cuando la recuerdo. Se celebraba la fiesta que cada verano organizan los empresarios gallegos en el puerto de Barcelona. Me había invitado Julio Fernández Rodríguez, con el que coincidí, a principio de los años setenta, en una inmobiliaria de la Gran Vía barcelonesa. Entonces yo hacía mis primeros pinitos como vendedor y él era ya jefe de ventas. Con el tiempo, Julio llegó a ser accionista mayoritario y presidente de FILMAX, la famosa productora cinematográfica.

 

La casualidad hizo que me sentara junto a Pilar Martí, una simpatiquísima abogada gallega, más lista que el hambre y con una risa contagiosa. Hacía calor. Los camareros revoloteaban alrededor de las mesas, llenando las copas de cava como si no hubiera un mañana. Llegó la hora de las bromas y empezaron las primeras risas. Fue Pilar quién nos contó la siguiente anécdota que, según ella, es real como la vida misma.

Con motivo de la visita del inspector de Enseñanza Primaria a una aldea lucense, cerca de Mondoñedo, el alcalde preparó una recepción en el ayuntamiento, a la que asistieron los concejales, el secretario y el resto de fuerzas vivas de la aldea. Lógicamente, el inspector se interesó por las necesidades más apremiantes de la aldea, en materia educativa y, a punto de finalizar el agasajo, tomó la palabra el señor alcalde.

―Mire, inspector; aquí, lo que necesitamos con urgencia es una prostituta joven para la escuela. Hace unos meses murió doña Benigna, nuestra maestra de toda la vida, y ahora los “rapaciños” andan sueltos por ahí, sin nadie que los enseñe ni los sujete. ¿Me comprende? No sabe usted la falta que nos hace una prostituta. Si este año no hay dinero para arreglar los bancos de los críos o para pintar la escuela, no se preocupe; pero la aldea no puede estar más tiempo sin prostituta.

Cuando se fue el inspector, el secretario del ayuntamiento, en nombre del concejo, recriminó a la primera autoridad municipal.

―Ha metido usted la pata y nos ha dejado a nosotros a la altura del betún; el inspector habrá pensado que somos unos bestias y unos  analfabetos. Lo que la aldea necesita es una sustituta, no una prostituta. Una prostituta es una fulana, una zorra, una pelandusca, una galdracha. ¡Carallo!

―Ya lo sé, hombre, ya lo sé. ¿Cómo no lo voy a saber? Pero piensa un poco: si le digo al inspector que nos mande una sustituta, se olvida del asunto antes de llegar a Lugo. Pero, si le digo que nos mande una prostituta, le contará a todo el mundo que hay un alcalde tan burro, que le ha pedido una prostituta para la escuela y, antes de una semana, tenemos aquí a la nueva maestra. ¡Me cago na mar salada! Que a los políticos hay que entenderlos.

Me ha venido esta anécdota a la memoria, porque, hace unos días, leía que Casandra Vera Paz, esa simpatizante de Podemos, ingeniosa y tuitera, que ha sido condenada por bromear con la muerte de Carrero, dice que le gustaría que a Rajoy le pegaran un balazo en la cabeza; confiesa que odia a España y reconoce que aborrece a los niños. No obstante, quiere ser “profesor”. Así, en masculino. Porque Casandra no se llama Casandra; su nombre real es Ramón. Ramón Vera Paz.

O sea, que si este adefesio llegara a las aulas algún día, cosa que no deseo, la inspección no tendría más remedio que enviar un comunicado al ayuntamiento afortunado, que rezara más o menos así: “Ahí les mando a Ramón Vera. ¡Ojo con él! Aunque dice que se llama Casandra, no hagan caso. Se trata de un “trans”, una “queen”, un gay, o un invertido. Es decir, lo que siempre se ha llamado mariquita, bujarrón, loca, travelo, mariposo y trolo. Hago la aclaración, para evitarles la traducción por culpa de esa endemoniada “Batalla del lenguaje” a que nos someten los políticos. ¡Me cago na mar salada! Que a los políticos no es fácil entenderlos.

Barcelona, 5 de abril de 2017.

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