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Una “mijita” de gracia torera, 3

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

III. PAQUITO LÓPEZ… “ER FUNERARIO”.

Ante la puerta grande de Las Ventas, bajo un sol de justicia, otro maletilla de la fiesta pide una oportunidad, y asegura que, entre él y “Er Negativo”, pueden poner las plazas boca abajo. Ese es el miedo que yo tengo; que consigan sus propósitos y pongan boca abajo la economía, el progreso y los niveles de bienestar que tanto trabajo nos costó alcanzar.

Se llama Francisco López, pero prefiere que le llamen Patxi, que es un nombre más vasco, más comercial y más nacionalista. Cambió los libros por los toros, sin aprobar ni una sola asignatura de la carrera; y ahora pide una oportunidad. Será que no tiene bastante con las jugosas canonjías que le dejó su efímero cargo de Presidente del Parlamento, sino que aspira a liderar el partido que hace unos meses lo echó a almohadillazos, y está dispuesto a lo que sea, con tal de volver al coche oficial.

Sabe que le espera un toro secesionista, negro como la noche; un toro incierto que hace cosas muy feas, y embiste siempre de “mu malas maneras”; pero Patxi, buen conocedor de la ganadería, piensa despacharlo con “macheteos” indignos y puñaladas por lo bajo, utilizando el estilo traicionero de los astados, aunque le lluevan los insultos y otros objetos más contundentes. Dice que lleva, en su morral de maletilla, nada menos que cien medidas -cien- para seducir al público de España.

Promete un estado federal y un nuevo estatuto de autonomía para Cataluña. Piensa acabar con el conflicto soberanista, llevando a cabo dos referéndums -dos-: uno por el pitón izquierdo y otro por el derecho, para engolosinar a la afición y conseguir que al público catalán se le haga la boca agua con la faena. Luego, tras una tanda de naturales, como la vida misma, a enchufar la manguera de las promesas que, aunque en los estudios fue un fracaso, en cuestión de promesas está “mu preparao”.

Juzguen ustedes: ofrece un ingreso mínimo vital para los más desprotegidos, sin hablar de cifras ni de dónde piensa conseguir el dinero. O sea, ¡humo y aire en estado puro! Anuncia la laicidad del Estado, seguramente para acabar con el paro y fomentar el progreso y la modernidad. (Tiene narices que, a estas alturas, andemos con las mismas tonterías). Se compromete a derogar la Reforma Laboral del Partido Popular, para volver a los cinco millones de parados, a las prejubilaciones, a los subsidios y a las negociaciones intersectoriales.

Y, finalmente, para poner el lazo a su idílico estado de bienestar…, música de tambores y clarines: promete “El derecho a la muerte asistida”. ¡Olé, olé y olé! Me recuerda aquel grito de Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca: «¡Viva la muerte!». Una promesa muy ilusionante que acabará con las dudas de los que aún no están muy convencidos de su programa.

Cuando oigo tantos disparates, recuerdo las advertencias de Ortega tras seis meses de República: “Una cantidad inmensa de españoles, que con su acción, su voto o su esperanza, colaboraron con el advenimiento de la República, dicen ahora, entre desasosegados y descontentos: «¡No es esto, no es esto!»”.

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