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Silverio, y 3

Por Jesús Ferrer Criado.

—Hombre, Daniel, si es que tú lo sabes mejor que nadie. Tienes el taller en la misma acera y ella pasaba por delante de ti, tanto a la ida como a la vuelta.

—Perdonad, pero todavía no me he enterado —me quejé yo—.

—No te has enterado, José Luis, porque eres un ingenuo. Otro inocentón.

Juan baja la voz y me acerca la cara:

—Escucha, José Luis; pues que Carlitos, el hijo menor de don Hermógenes se cameló a la pobre muchacha y, entre “juguescas” y bromas, la dejó embarazada. Así como suena, embarazada. Ahora tú imagínate el papelón de la criatura. Parece ser que el propio Carlitos, un zagalón de veinte años que también iba para médico, se buscó en la capital un coleguilla para que provocara el aborto a escondidas y en plan casero. Y las cosas salieron mal. No eran los tiempos de ahora ni las leyes de ahora. Cuando ingresaron a la muchacha, ya era demasiado tarde.

—¡Menudo golpe para el pobre Silverio! —exclamé, sinceramente conmovido—.

—El pobre Silverio, como tú dices, se volvió loco y si no hizo un disparate fue gracias a don Crisanto, el cura, que estuvo con él día y noche hablándole y consolándolo como un padre. Gracias a eso, a los quince días o así, se atrevió a salir de su casa y volvió al campo, a su trabajo. Pero ya no era el mismo. Yo creo que no se recuperó del todo y, como suele suceder, empezó a beber de esa manera estúpida que has visto.

—No tiene a nadie. No habla con nadie. De su casa al trabajo y del trabajo a su casa. La gente le tiene lástima y consideración, pero eso no te arregla la vida.

—Yo le propuse que trabajara conmigo en la carpintería, pero no quiso. Lo suyo es el campo. Es un buen trabajador, serio y cumplidor; así que, trabajo no le falta. Por ese lado…

—Algunos le han dicho que se vaya a Barcelona con su hermana y cambie de aires, a ver si olvida todo este drama y rehace su vida destrozada; pero me han dicho que hace tiempo que no tienen contacto ninguno. La hermana ni siquiera vino al entierro de sus padres; así que fijaos.

—Bueno, y ese Carlitos, ¿qué? —pregunté yo, extrañado de que no lo volvieran a citar—.

—Bueno, pues el “prenda” ese —contesta Juan, cabreado al recordarlo—, que estaba estudiando en Granada, ya no volvió por aquí. Antes venía en vacaciones y en algún puente; pero, a partir de la desgracia, no portó más. El padre, don Hermógenes, habló varias veces con Silverio. Dicen que quiso buscarle trabajo en otro pueblo y se ofreció a ayudarle económicamente; pero que Silverio rehusó completamente.

—Sí, Juan; Silverio no quiso saber nada; pero el ofrecimiento de don Hermógenes era sincero. El hombre estaba abochornado por el comportamiento de su hijo y sé que, a los padres de Fuensanta, sí les dio una importante cantidad de dinero. Y otra cosa más: averiguó quién había intervenido en el aborto de la muchacha y se encargó de que lo expulsaran de la facultad y de que no pudiera ser admitido ya en ninguna otra.

—Es lo menos que podía hacer. De todas formas, don Hermógenes ya no estaba a gusto aquí y, a los pocos meses, consiguió que lo trasladaran a un pueblo de Jaén. Ya debe de haberse jubilado.

Esa noche, tardé mucho en dormirme. Intentaba imaginarme el sufrimiento de ese hombre encerrado en su, seguramente, pobre vivienda sin calor de nadie, sin que le espere nadie, sin que le ayude nadie. Sin nadie, para nada.

Dios mío, con cuánta frivolidad nos quejamos de nuestras desgracias y las agrandamos con nuestra imaginación, para llorarlas más a gusto o para atraer la atención de los demás; mientras otros, como Silverio, se las tragan en silencio. Desde entonces, me pregunto si detrás de alguno de esos pobres diablos que vemos sentados en la acera o en el tranco de alguna casa, con su cartón de vino al lado, no habrá un drama semejante.

En las dos semanas siguientes, Silverio pasó por el bar de Antonio cuatro veces y todas con un ritual parecido. Un buen día, desapareció sin más. Pregunté por él. Dice Juan que la casa lleva ya más de dos meses cerrada y que los vecinos no saben nada de él. Hay quien dice que, al final, se fue a Barcelona; pero no es seguro. Por lo visto, el único que sabe la verdad de este asunto es don Crisanto, el cura, que siempre ha estado preocupado y pendiente de Silverio; pero este hombre sí sabe guardar un secreto.

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