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Vicisitudes de la vejez, 8

Por Fernando Sánchez Resa.

Y sigo pensando y repasando, una y otra vez, las distintas etapas de mi vida y lo mucho que he aprendido, en mi cotidiano vivir, al ser yo una persona sencilla, nacida en el pueblo llano, que fue criada para tratar de ser feliz con las circunstancias que me tocasen en suerte, sin aspirar demasiado a poseer la riqueza material que tanto nos complica la vida a los humanos.

Recuerdo mi juventud y a las chicas de mi edad -en la Úbeda de aquel primer tercio del siglo XX- cuando nos educaban para que fuésemos fieles esposas y buenas madres, aunque ahora esto suene un tanto anticuado y pasado de moda. Pero era así. Desde pequeñas ya íbamos ayudando y aprendiendo las labores de la casa, incluso practicando con la crianza de hermanos y sobrinos, encaminándonos para ser el día de mañana felices esposas que se sintieran dichosas con tener maridos apañados para fundar una familia y procrear unos hijos que bien criar, dentro de la moral cristiana y católica de aquel entonces.

Y mira que ha cambiado la vida y el mundo, pero hay cosas fundamentales que no se han inmutado demasiado, a pesar de que hoy se tengan más móviles que población -como nos ocurre hoy en día en España- y que todo parezca que nos viene por internet cual ciencia infusa. Yo me quedé obsoleta hace bastante tiempo en ese campo -y en otros-, a mucha honra. De todas formas toda persona o generación, antes o después, tiene que echar el ancla en sus costumbres, aspiraciones, modas, alimentación, modo de vida…, poniéndole freno a muchas de las innovaciones que van llegando por el devenir de los tiempos que corran. Es higiénico y saludable. Siempre serán las nuevas generaciones las que tomen el testigo y nos enseñen a padres y abuelos cómo manejarlas.

Y en lo tocante al amor de pareja, aunque parezca que todo se ha andado y revolucionado -y de hecho, así haya sido-, la cosa, en sustancia, sigue igual. No tenemos más que ver los distintos tipos de matrimonios de los que disponemos en nuestra nueva España, ya que poco ha cambiado lo que cada persona va buscando a la hora de buscar pareja. Hablo de la unión conyugal de toda la vida, hombre-mujer o viceversa, que tanto monta. De otro tipo de unión no entiendo y, por eso, no me atrevo a hablar o escribir sobre algo tan novedoso que ha entrado con tanta fuerza en nuestro cotidiano vivir.

Lo que he observado -gracias a mucho elucubrar y conversar con amigas y conocidas- es que los hombres -casi siempre- van buscando, a la hora de buscar esposa, al estereotipo de la madre que los parió, crió, mimó y educó, con el aliciente de tener sexo de vez en cuando con ella. Así ellos se sienten más que satisfechos; y si encima eres una buena cocinera y educadora de sus hijos, miel sobre hojuelas. Perdón por generalizar, pues es posible que me esté equivocando; pero estoy bastante segura de lo que digo, porque incluso mi psicóloga actual así me lo ha corroborado con su larga experiencia en este campo de las relaciones de pareja. Los hombres, perdón por lo que afirmo, son así de simples, en general (seguro que hay honrosas excepciones), aunque de esta manera me cargue el romanticismo que en el primer amor o conquista luce a raudales; pero creo que se va deteriorando paulatinamente, conforme la relación se formaliza o va siendo hierática. Al menos, así me lo parece a mí, que ya estoy de vuelta de muchas cosas; también del amor romántico; y del sexo puro y duro, mucho más. Siempre habrá excepciones a esta regla no escrita, pero sí consensuada y contrastada por psicólogos y especialistas de pareja, que estudian y analizan su comportamiento y dan sabios consejos a quien se los pide o paga.

Pero es que las mujeres, en general, somos el otro polo. Tan diferentes física y mentalmente a los hombres que parece imposible que podamos entendernos y estar en buena convivencia y armonía durante tantos años, puesto que casi siempre vamos buscando al príncipe azul que nos leyeron o nos figuramos en los cuentos de hadas, conformando el imaginario colectivo femenino, pues queremos ser princesas que fundan una familia feliz de bastante difícil realización, salvo honrosas excepciones (que haberlas haylas, por supuesto); hasta que nos damos de bruces con la cruda realidad y comprobamos que el príncipe soñado ya no es el que se acuesta en tu misma cama, ni comparte el mismo domicilio al que te mudaste.

Los hombres quieren -principalmente- sexo y nosotras -sobre todo- queremos amor; qué difícil es ponerse de acuerdo si no hay comprensión y cariño entre ambos cónyuges. ¡Cuánto mal ha provocado -y seguirá ocasionando- los niveles excesivos de la dichosa testosterona masculina; tanto en el mundo, en general, como en la pareja, en particular! ¡Cuántas muertes, abusos y tropelías varias -violencia de género, le llaman ahora- se podrían evitar, si sus niveles estuviesen más moderados y enmarcados en la cordura racional!, según me informa la trabajadora social de mi residencia de ancianos, que está muy enterada de este tema y tiene larga experiencia y muchos años de recorrido en ese mundo relacional entre ambos sexos.

En fin, no me hagas demasiado caso, amable lector, pues hoy estoy un tanto pesimista. Seguramente serán estos nublos que corren por el cielo, descargando agua a raudales, los que me van nublando la mente a mí también; y mira que -como solemos decir todas- lo que estoy aquí expresando abiertamente no he tenido la mala suerte de que me toque a mí, sino todo lo contrario; ya que pude escoger un buen marido, dentro de mis limitaciones y círculo de amistades, aunque por entonces se llevaba lo contrario: era el varón el que pedía la mano de la fémina. Mi esposo fue bueno conmigo, aunque siempre haya anécdotas negativas de nuestra relación conyugal y amorosa que cualquier pareja que se precie tenga en su memoria colectiva, dándome vergüenza contarlas públicamente, como no fuese al cura en secreto de confesión; y que cualquiera prefiere silenciar, por no sacar trapos sucios a destiempo y sin motivo.

Mas así es la vida. Nacemos y crecemos con la ilusión de ser protagonistas de nuestra existencia pero -tanto en la infancia como en la adolescencia- necesitamos a nuestra familia y a las amistades para crecer y reafirmar nuestra personalidad, hasta que llegamos a ser adultos y encontramos un trabajo del que vivir (antiguamente los hombres y escasamente las mujeres) y un cónyuge con el que compartir la vida. Después van llegando los hijos antes de que te des cuenta y ya todo es un discurrir vertiginoso, haciéndote madre, abuela y hasta bisabuela en un abrir y cerrar de ojos. Si alguno de ustedes llega a mi edad (pues estoy muy cerca de la centena y con pocas ganas de alcanzarla; «¿Para qué vivir tanto?», me pregunto muchas veces), me va a dar la razón, ce por be, de todo lo que les estoy aquí desvelando, en este testamento vital y abierto que les ofrezco, como si fuese cualquiera de mis queridos familiares o amigos.

¡Con el tiempo, querido lector -si Dios le da a usted pródiga longevidad-, me dará la razón; aunque ya sea tarde para mí; y seguramente para usted!

Sevilla, 20 de diciembre de 2019.

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