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Aquella Nochebuena, 1

Por Jesús Ferrer Criado.

Nos asomamos en estos días a la calle con su derroche de luces de colores entoldando las vías céntricas, formando con tiras de lámparas dibujos en espiral o arabescos diversos de un lado a otro con motivos simplemente decorativos. La alusión religiosa a la Navidad o ha desaparecido del todo o se limita a unas estrellas de colores que pueden significar cualquier cosa. Sí se conservan los árboles, o su recuerdo, en forma de grandes conos de entramado metálico recubiertos también de más luces de colores que se encienden y apagan en secuencias diversas dando movimiento y variedad al conjunto.

El descubrimiento de los ledes, tan baratos y tan económicos en su consumo ha propiciado esta invasión de luces que puede incluso ser agobiante. A este festival de luces que perturban la noche se unen tiendas más o menos importantes y muchas casas particulares que orlan ventanas con ristras de luces parpadeantes recién compradas en un bazar chino.

Observando este espectáculo lumínico resulta inevitable para los mayores hacer comparaciones con la Navidad de nuestra niñez en aquellos pueblos pésimamente iluminados. Una Nochebuena donde después de una cena sin lujos los niños hacíamos tiempo para ir a la Misa del Gallo, quizás callejeando jaleosos con zambombas y panderetas o quizás en casa intentando calentarnos los pies en el brasero. Sin televisión que nos entretuviera, no sabíamos qué hacer. Hasta las doce era un tiempo muerto. En los bares, con la puerta medio cerrada por el frío, los hombres -sólo hombres- bebían copas de anís y de coñac, hablando cada vez más alto mientras el camarero iba de aquí para allá intentando contentar a la clientela. La atmósfera del bar es irrespirable. El humo de docenas de cigarrillos no puede salir, porque el frío desaconseja abrir la puerta. Si alguno, al salir, sostiene la puerta abierta más de tres segundos, un vozarrón desde el fondo le gritará sin contemplaciones. Las discusiones van del fútbol a los toros y de los tratos de ganado a las faenas del campo. Algún exabrupto sí; algunos tacos, también. Cuando se desmadran mucho, el dueño del bar intenta poner orden, recordando la significación de la fecha. Nadie habla de política.

Esta noche hay más ventanas iluminadas. Una luz macilenta se escapa de ellas y nos alerta de que dentro, contradiciendo la costumbre, esta noche aún hay gente despierta.

Las madres están arreglándose y terminando de equipar a los pequeños, niños y niñas, que también irán a la misa de medianoche.

Conforme se acerca la hora, después del segundo toque de campanas, se van abriendo las puertas de las casas, derramando algo de luz sobre las aceras oscuras y dejando salir a las familias endomingadas -no faltaba más-, camino de la iglesia. A veces sólo son grupos de mujeres, madres e hijas, porque ya digo que los niños y los hombres puede que ya estén fuera, cada cual a lo suyo. Algunas señoras ya llevan el velo puesto sobre la cabeza. Camino de la iglesia se van formando grupos que se saludan, se felicitan la Navidad y quizás hacen algún comentario sobre el tiempo. En ocasiones, alguien llama a una puerta para recordar, a los de dentro, que ya es la hora de la misa.

La fecha y la hora, entrado ya el invierno, no aconsejan dilaciones y los grupos aprietan el paso acurrucados dentro de su ropa. No sobraban los abrigos y era frecuente que algunos se taparan la boca con una bufanda o simplemente con la solapa de la chaqueta, para prevenir resfriados.

Las calles mal pavimentadas, a veces con charcos, obligaban a caminar con cuidado. No era raro que algún grupo se ayudara con una linterna. También podía ser que madres jóvenes llevaran a sus bebés en brazos o, si el crío ya era crecidito, lo soportara el padre. La realidad es que esa Misa del Gallo es lo único entretenido que se puede hacer en el pueblo ese día y a esa hora. Eso o meterse en la cama. Pero el sentimiento religioso cuenta también y hay quien no se permitiría su ausencia por nada del mundo.

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