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“Los pinares de la sierra”, 150

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Ganando a Martini para la causa.

Hacía un buen rato que Paco lo esperaba sentado en una mesa solitaria, en un rincón del comedor, con una caña de cerveza y mirando la carta. Era evidente que no era la primera vez que visitaba el establecimiento, porque cuando la señora intentó disculparse por su error, apareció el dueño, llamó a Paco por su nombre, con gran familiaridad, y le leyó los platos que estaban fuera de la carta. De primero tomaron jamón de Jabugo y pimientos de piquillo; y de segundo, Martini pidió pochas con almejas, y Portela merluza a la koskera. Durante los primeros cinco minutos, Paco se interesó por cómo le iban las cosas por el quiosco; luego, en plan jocoso, le habló del incidente con el presidente y el profesor de la escuela de negocios, y a la segunda copa ―cuando vio que Martini se empezaba a poner alegrito―, cambió de tercio y comenzó a preparar el plan para llevarlo a su terreno, a base de halagos, que suele ser la fórmula más segura para conseguir el objetivo que uno se propone.

―Martini, hay que reconocer que tienes personalidad. Fíjate en lo difícil que es caerle bien a todo el mundo y, en cambio, tú abres la boca y ya los tienes a todos riéndote las gracias. Eres un genio, de verdad. Tú le caes bien incluso a los que no están de acuerdo con tu forma de pensar. Vas siempre hecho un adefesio con esos pantalones vaqueros, la barba, la camisa, las sandalias, y esas greñas enmarañadas que pareces un mendigo; pero la gente te adora, y esa es una de las cosas más importantes de la vida.

―Vale, Paco, tampoco te pases. Me refiero a eso que has dicho del mendigo y el adefesio. Yo soy un ser humano con familia y sentimientos, que tiene unos ideales, que reclama un nuevo concepto de vida y que pretende impulsar una ideología más libre y más social. Nada más. Si mucha gente pensara y luchara, como hago yo, contra esta sociedad, acomodada y corrupta, viviríamos en un mundo mucho más humano y habitable. Tenlo por seguro.

―No, si yo no digo que eso esté bien o mal. Lo que intento decir es que no sé cómo consigues ganarte la admiración de los demás; pero lo haces. Fíjate bien lo que te voy a decir: eres un seductor. Sin necesidad de aparentar, y siendo un tío auténtico, como lo eres, conectas fácilmente con cualquiera, tienes un atractivo especial, transmites energía o quizás algo más.

Martini lo miró con una cara bondadosa y muy simpática, como el perrito que espera una recompensa de su dueño.

─¿Cómo qué?

─Fascinación; quizás sea esa la palabra adecuada. Y ahora, seguro que imaginas lo que te he venido a decir.

―No, no tengo ni idea. Estoy muy centrado en el negocio familiar. Ya sabes cómo me controla mi padre.

Por un momento, Paco adoptó un aire muy formal, llenó la copa de su amigo, y le dedicó una sonrisa afectuosa. Luego dijo en voz baja, como una confidencia.

―Resulta difícil de creer, pero están a punto de nombrarme director de Edén Park. Lo sé de buena fuente.

―Sí, yo también lo he oído decir.

―¿Sí? Pues he pensado en ti, como adjunto a dirección ¿Qué te parece? Te debo mucho, y esta es una buena ocasión para demostrarte mis sentimientos y mi amistad.

Sorprendido por lo que acababa de oír, Martini protestó diciendo que él se ganaba la vida honradamente y que, después de las humillaciones y los desprecios a que le habían sometido, por nada del mundo volvería a poner los pies en aquella casa de sinvergüenzas, golfos y estafadores.

―¿Estás de coña? Si hace cuatro días me echaron a la puta calle, ¿cómo voy a ser ahora adjunto a dirección? Anda, Paco, no me vaciles y dime la verdad. ¿Qué quieres?

―Sencillamente, que empiezo a planear el futuro y me gustaría tenerte a mi lado.

Hizo un alto en la conversación, llamó al camarero, pidió otra botella y continuó.

―Bueno, primero tendrás que ayudarme en un asuntillo bastante fácil; nada de importancia. En realidad, sólo es una chapuza, que nos ocupará media mañana.

―¿De qué se trata, Paco?

―Resulta que Gálvez, aquel policía al que Fandiño le vendió nueve parcelas, se está poniendo pesado; quiere recuperar el dinero, y no consigo quitármelo de encima. He pensado que así no podemos seguir. O sea, que se las vendemos, nos deja en paz y si te he visto no me acuerdo.

 ―Y, ¿para eso me necesitas? Porque fácil no va a ser. Vender un barranco orientado a norte no es vender La Vanguardia o un paquete de chicle un domingo por la mañana. Para eso no necesitas vendedores; tendrás que ponerle unas velas a san Pancracio y hablar con alguien que tenga poder de convicción. ¿Has visto El Padrino?

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