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“Los pinares de la sierra”, 149

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Martini Rojo un valioso elemento para el plan.

En aquel momento lo encontró muy ocupado, y en vista de que no podrían hablar con tranquilidad, cogió una ejemplar de La Vanguardia, le entregó el importe, y le dijo al oído, como si se tratara de un secreto de estado.

―Me ha surgido un asunto que te puede interesar. Se trata de algo importante del que sacaremos una buena tajada y me he acordado de ti. Ahora no te lo puedo decir, pero te espero a comer en El Geltoki a las dos y media. No faltes, por favor. Pero no te presentes allí con esa boina, que tú eres capaz.

―¿Por qué no? ¿No se trata de un restaurante vasco?

―Sí, coño; pero esa chapa con la foto del Che Guevara llama la atención.

―Vale, de acuerdo. Dime, al menos, de qué se trata.

―No puedo. Ahora tengo mucha prisa. Hasta luego.

Tras su breve paso por Edén Park, en donde le obligaban a llevar chaqueta y corbata, Martini había vuelto a vestir como después de que lo expedientaran en la universidad. Se dejó crecer el pelo, llevaba unas gafas redondas, como las que John Lennon había puesto de moda; un pantalón vaquero, sucio y deteriorado; camisa blanca sin planchar; unas sandalias como las que le pintan al apóstol san Pablo en las estampas, y un estilo rebelde y personal, que mostraba a las claras sus afanes de protesta ante las exigencias de una sociedad acomodada y corrupta, según él. En el momento en que Paco se marchaba, llegó el padre de Martin con una carpeta bajo el brazo.

―¿No era ese tu amigo Portela, al que también echaron de la universidad? ¿Ha venido a pedirte dinero? Porque siempre decías que era una joya.

―No, no, a él no lo echaron. Me expedientaron a mí por algo que hizo él, pero no tuvo la culpa. Fue cosa del catedrático, que era un nostálgico y un inmovilista. Hoy hemos quedado para comer.

―¿Para comer? Pues ten cuidado no sea que tengas que pagarle la comida.

―No sabes lo que dices. Gana una pasta, es jefe de ventas en Edén Park y, posiblemente, muy pronto lo ascenderán a director.

―¿Ves lo que te decía? Esos trabajos son para delincuentes potenciales, como él. Te advertí que no valías para engañar a nadie, y no me equivoqué. Lo tuyo es esto. Si te aplicas, el día de mañana pones al frente del quiosco a una chica simpática, por cuatro duros, y tú a vivir como un señor al lado de Manubens. Algo serio, seguro y para toda la vida; pero como sigas con esas pintas, acabarás pidiendo limosna en la puerta del Corte Inglés. ¡No sé adónde vamos a llegar con esta juventud! A tu edad, yo me había licenciado de la mili, me había casado y estaba pagando las letras del piso.

―Vale, papá, ahora cuéntame lo de la guerra y las cartillas de racionamiento.

Al final de la mañana, cuando Martini se preparaba para salir, se acumularon en el quiosco varios clientes, y no tuvo más remedio que cerrar deprisa y echar a correr. Llegó al restaurante despeinado, sudoroso, y un cuarto de hora tarde. Abrió la puerta con decisión, buscó a Paco con la vista, y al instante salió de detrás de la barra una señora, mayor y muy amable, que le dijo en voz baja con un sincero gesto de compasión.

―Perdone, la comida que sobra la repartimos a las seis, cuando se marchan los clientes. ¿Se la preparo en una bolsita o prefiere traer un “tupperware”?

―Pero ¿qué dice señora? ¿Por quién me toma? Soy periodista, y he quedado a comer con mi amigo, el señor Portela.

―Perdone, perdone, le acompaño a su mesa. ¡Ay, Señor! Qué disgusto tan grande ―dijo hablando para sus adentros―. ¡Cómo ahora van con esas pintas…!

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