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“Los pinares de la sierra”, 148

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- El peligro de contar con Roderas y Mercader.

No obstante, a medida que se acercaba la fecha, lo veía todo cada vez más negro. Disponía de poco más de una semana para hacer las gestiones más difíciles y preparar la actuación del equipo en la finca. Roderas le había dicho que una gran estafa era como representar una obra de teatro en la que todos los personajes dominan su papel: el captador, el bueno, los tapados, el cebo…, todos excepto el “palomo”, que acaba desplumado. El timador profesional nunca se sabe cuándo miente o dice la verdad ―le había dicho Roderas―. Aún tenía que hablar con Velázquez y la señorita Claudia, pedirle presupuesto al de la imprenta, ensayar escena por escena, corregir los errores y evitar que, en el último momento, nadie se echara atrás por miedo a dar con sus huesos en el trullo.

No podía confiar en los vendedores jóvenes porque, para un asunto como aquel se requería dominio de las tablas y mucha sangre fría, y no le quedaba más solución que recurrir al dinero para poner de acuerdo a los vendedores consagrados. Aunque tenía sus dudas, sabía que contaba con Roderas y Mercader, que eran unos cabrones enfermizos, que por nada del mundo se perderían colaborar en una fiesta como la que habían planeado. Después del tiempo que pasaron a la sombra, lo normal hubiera sido que renunciaran a buscarse problemas, que no quisieran asumir riesgos, y echaran a correr cuando alguien les propusiera participar en una estafa, pero no podían evitarlo; aquello era superior a ellos, era como una fiesta para los dos. Había leído en algún sitio que hay gente con un trastorno de personalidad al que los psicólogos llamaban conducta teatral o algo parecido; gente que siente la necesidad de expresar sentimientos de grandiosidad, fantasías ilusorias y éxitos imaginados; a la que le gusta llamar la atención y hacer cualquier cosa para ganarse la admiración de las personas que los rodeaban. O sea, como Roderas y Mercader, dos pájaros que disfrutaban viviendo al margen de la ley y en el filo de la navaja.

Estaba claro que era muy peligroso contar con ellos porque, tarde o temprano, se tomarían más de una copa y más de dos, se sentirían los reyes del mambo, empezarían a tirar de cartera, a proclamar a los cuatro vientos el golpe tan cojonudo que habían dado, explicarían cómo habían desplumado a un policía, y presumirían de lo bien urdido que estaba el plan, gracias a ellos. Luego, uno se lo contaría a otro y el otro a un tercero, hasta que llegase a oídos de Gálvez y entonces la cosa podría ponerse de color azul marino oscuro. Pero, de momento, no tenía más remedio que bailarles el agua, reírles las gracias y aceptar su complicidad.

La subida a finca el domingo anterior al de la gran estafa pasó con más pena que gloria. En el autocar había de todo: gente bien arreglada, parejas de mediana edad, y matrimonios con niños bien vestidos. Viudas y pobretones, sinceramente, no había ninguno. El ambiente era más agradable que nunca, habían desaparecido las lamentables escenas de meses anteriores y los clientes estaban encantados; pero los resultados eran peores cada vez. Los chicos se esforzaban en atender a las familias, en ser correctos y educados, y en despertar sus ansias de compra, pero sin resultado. Durante el desayuno, se les veía contentos y relajados, daban las gracias cuando les entregaban el regalo, felicitaban a Paco por las atenciones que los muchachos les dispensaban, pero no compró nadie y regresaron a Barcelona de vacío.

Cuando a eso de las cuatro de la tarde el autocar dejó a los clientes en la puerta de las oficinas, los vendedores no entraron a tomar una cerveza y fumarse un cigarrillo en Los Intocables, como se había hecho siempre para comentar cómo había ido la mañana; sencillamente, porque nadie tenía nada que explicar. Paco estaba loco de desesperación. Veía que el tiempo pasaba y que, en realidad, estaba desamparado y pendiente de la ayuda de unos embaucadores en los que apenas podía confiar, para llevar a cabo lo que empezaba a considerar un disparate. Pero una vez en marcha, por nada del mundo quería retroceder y pasarse la vida ocultándose de Gálvez. Se encerró en el despacho y anotó en la agenda las gestiones que tenía que hacer con urgencia al día siguiente: pasar por el quiosco de Martini y hablar con la esposa de Soriano. Luego fue al despacho de Martina, y le dijo que si no tenía nada más urgente que hacer, necesitaba hablar con ella, aquella misma tarde.

A pesar de los resultados de las últimas semanas, en la empresa todo estaba tranquilo, al menos en apariencia. Es cierto que se notaba cierta rigidez en el ambiente y caras de preocupación en el personal, pero reinaba un orden estricto y una proporcionada amabilidad cuando llegaban los clientes, preguntando por Fidel Ezcurra, y despachaban con el antiguo púgil y su perro Sultán.

A eso de las once de la mañana, Paco dejó el despacho y fue a visitar a su amigo Martín, más conocido como Martini Rojo. Martini empezaba a entender el negocio; tenía el mejor puesto de venta de periódicos de la zona; las revistas de más actualidad; una sección con los libros de moda; una máquina expendedora de tabaco y, por supuesto, una clientela fiel, entendida y selecta.

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