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“Los pinares de la sierra”, 144

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.-Por dinero se nos escapan detalles, que hasta un ciego podría ver.

Como un perro que se siente amenazado, y con las ideas atropellándose en su cabeza, se puso en guardia, sin olvidar las recomendaciones de Roderas: «Domínate y ten calma. Los nervios solo sirven para cerrar la inteligencia y apagar la imaginación».

Sentía los latidos del corazón golpeando en sus sienes con una fuerza extraordinaria. De buena gana se hubiera cambiado por la aburrida vida de Martini, que se pasaba la mañana en el quiosco, tranquilamente, y por la tarde hacía de recadero para el señor Manubens. Cualquier cosa era mejor que permanecer ante aquel energúmeno, que le miraba con evidente hostilidad, y que en cualquier momento era capaz de cometer un disparate. Repasó de nuevo su papel, miró a Gálvez muy serio, intentó reponerse y empezó a hablar de manera mecánica, para recuperar la coherencia.

―Señor Gálvez, si he venido a verle es porque creo que he encontrado una solución satisfactoria, y me gustaría que me escuchara atentamente. ¿Usted confía en mí?

―Es tarde para eso, Portela, pero reconozco que tienes un par de huevos. Anda, toma un trago.

Y, sin mirarlo apenas, le llenó una copa. Desde allí se escuchaba el rumor de la música de la discoteca, y el griterío del personal que llenaba la sala.

―Muy bien, vamos a ver en qué consiste esa solución de que me hablas.

―Señor, Gálvez, cuando usted visitó Edén Park por primera vez, yo empezaba en la empresa como jefe de ventas. Ya puede imaginar lo que eso suponía para mí. Fandiño me contó que usted estaba interesado en hacer una compra de cierta importancia, y no tuve más remedio que cumplir con las obligaciones de mi cargo. Yo no hubiera elegido aquellas parcelas, precisamente, pero el responsable de la operación es la persona que proporciona al cliente. O sea, Fandiño. Él me aseguró que se haría cargo de la posventa, en caso necesario, y ya puede comprender que no podía negarme, sin perder un prestigio que aún no había ganado. Luego vino la muerte de su padre, tuvo que marcharse y toda la responsabilidad cayó sobre mí. Pero la acepto y cumpliré con mi obligación.

Portela, no te enrolles, que a mí no me vas a tocar el corazón como a esos ignorantes a los que engañas cada domingo. Ni se te ocurra intentarlo. Necesito una solución y pronto. Por confiar en ti no miré lo que compraba, y me endosaste las peores parcelas de la urbanización. ¿O no? O sea, que ahora no me vengas con milongas. Tú me ayudas a recuperar el dinero como es tu obligación, yo me olvido de ti lo antes posible y todos contentos. ¿Vale? Pero tontos, como yo, cada vez quedan menos, y no te será fácil encontrar un palomo que se fíe de un golfo como tú.

Paco pensó que aquellas no eran maneras de tratar a una persona que había venido a exponerle la solución a su problema, de manera correcta y educada. Se mostró ofendido y pensó que era el momento de darle una lección a aquel vejestorio avinagrado.

―Bueno, eso es muy relativo. Usted y yo sabemos que lo que mueve el mundo es el dinero, y que si consigo convencer a un tío importante de que aquellos terrenos son los mejores de la finca, pagará el precio que le pida. Usted lo hizo. La ambición hace que, ante una excepcional oportunidad, el más lerdo se crea un genio de las finanzas. Por dinero, cometemos errores impensables y se nos escapan detalles, que hasta un ciego podría ver. Mi papel consiste en convencer a alguien de que comprando esas parcelas su vida dará un giro, para bien, y podrá cumplir los sueños de su vida. Y no me llame golfo. Yo solo soy un vendedor que no tiene nada que perder; pero que usted recupere su dinero, depende de mí.

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