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“Los pinares de la sierra”, 137

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- El hombre fatídico.

Mientras tanto, el señor Gálvez esperaba, en vano, la llegada de Fandiño, para quitarse de encima las parcelas como le había prometido. Le costaba aceptar que aquellos aprendices de estafadores se hubieran atrevido a engatusar a un hombre como él, pero cada día que pasaba lo veía más claro En sus continuas idas y venidas a la finca, comprobaba que las cosas iban de mal en peor. Las obras no avanzaban y lo poco que habían edificado se iba deteriorando por falta de atención. Dominando la rabia que le quemaba por dentro, recorría las calles, la piscina y las pistas de tenis. Esperaba la llegada de los autocares, observaba los movimientos, los gritos, las carreras y el teatrillo de los vendedores. Otra cosa más: no tardó demasiado en constatar que ya no quedaba ninguno de los compañeros de Fandiño que él había conocido. Ahora eran más jóvenes, más bullangueros y menos respetuosos; incluso había oído que algunos tuteaban a los clientes. Hasta que un día, harto de jurar que mataría a quienes lo habían engañado, se presentó en el despacho de Paco, sin avisar, precisamente la misma tarde que habían comprado los papás de Loli.

Feliz por la operación que acababa de firmar, Paco se disponía a marcharse de la oficina, cuando sonó el teléfono del despacho.

―Dígame ―preguntó Paco—.

―Tiene otra visita, señor Portela ―respondió la señorita de recepción―. Hay aquí un tal señor Gálvez, que quiere hablar con usted.

Sorprendido y, con cierto recelo de lo que se le venía encima, recogió los contratos, ordenó la mesa y ensayó su sonrisa más amable. Hacía tiempo que esperaba la visita del viejo policía, pero no estaba preparado para dar la respuesta apropiada a las quejas que posiblemente le presentaría. Derrochaba toda su fantasía y ponía el alma en cerrar nuevas operaciones, por la pasión de ganar más dinero y el orgullo de ser el mejor jefe de ventas de la empresa; pero odiaba estos molestos asuntos que no le daban ni lo uno ni lo otro. Además, sabía muy bien que aquello había sido un enredo de Fandiño y ahora era él quién tenía que apechugar con el marrón.

―Espero que no venga a comprarnos más terrenos, señor Gálvez ―le dijo Paco, como una cortesía―. Junto con algún otro cliente de apellidos ilustres, cuya identidad no estoy autorizado a revelar, es usted uno de nuestros inversionistas más importantes. ¿En qué puedo servirle?

A Gálvez no le gustó demasiado aquel saludo; le pareció que las palabras de Paco encerraban un fondo de ironía, y que lo tomaba por un pobre ignorante. No hacía falta ser muy avisado para adivinar que estaba de mal humor; tenía la voz pastosa, apretaba los puños y, en la comisura de los labios, se le acumulaba saliva manchada de nicotina.

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