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“Los pinares de la sierra”, 131

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- Martini Rojo se ofrece a la competencia.

Durante las semanas siguientes nada se supo de Martini Rojo. Después del humillante trato a que lo sometió el director, y herido en su amor propio, se tomó unos días de reflexión para amasar su rabia, cambiar su desastrosa indumentaria y planear su venganza personal. Hay momentos en la vida en que los deseos de venganza corren por nuestras venas, ciegan cualquier forma de razonamiento y se instalan en la cabeza con una fuerza al rojo vivo. Buscó sin resultado por las cafeterías, las discotecas y las barras americanas, a Julio, jefe de ventas de la competencia, hasta que optó por presentarse en su despacho de la calle Aribau.

―Buenos días. Me llamo Martín, me espera Julio, y trabajo en Edén Park.

Era un lunes por la tarde, había un incesante trajín de vendedores por los pasillos, y en la salita de la entrada, cuatro matrimonios con el gesto serio y esa expresión absurda que ponían los clientes que acababan de comprar, esperaban convencer a sus interlocutores para que anularan la operación y los dejaran en paz. Abrió ligeramente la puerta del despacho, asomó la cabeza y preguntó.

―¿Se puede?

―Adelante, adelante. ¿Qué desea?

―Buenos días; me llamo Martín y trabajo en Edén Park.

En contra de lo que Martín esperaba, Julio no le invitó a sentarse, sino que solo respondió a modo de saludo.

―Sé quién eres. He oído hablar de ti, y no me parece muy prudente que vengas a verme en un día como hoy. Te noto muy excitado. ¿Qué te trae por aquí?

―Me gustaría trabajar con ustedes ―respondió muy serio, sin esconder su rabia—.

―¿Qué ocurre? ¿Te han despedido? ―preguntó Julio—.

De repente, se dio cuenta del lamentable papel que estaba representando. Había afrontado aquella entrevista dejándose llevar por el odio hacia su anterior empresa, sin elegir los argumentos convenientes, ni las palabras adecuadas. ¿Cómo podía seducirlo y enmendar su error? Si Julio le había dicho que había oído hablar de él, ya podía imaginarse lo que le habrían contado. Seguramente, su apología sobre la contaminación del planeta o su reyerta con el instructor de la escuela de negocios.

―Los he dejado yo.

―¡Venga ya! ¿Me tomas por tonto?

Sintió que el suelo se hundía bajo sus pies, y reaccionó con la rapidez del que la policía sorprende robando la cartera del bolsillo de un turista.

―Tengo información comprometedora. Os explicaré cómo trucan los sorteos y todas las artimañas que utilizan.

―No las necesito. ¿Has visto cómo estaba la sala de espera? Todos hacemos lo que podemos para vender y no necesito que nadie venga a enseñarme mi trabajo. ¿Qué habías pensado? Si fueras un líder en ventas, si al menos hubieras ganado un premio de cuando en cuando, podríamos hablar, pero así… Acaban de despedirte y ¿pretendes trabajar con nosotros? Se necesita tener la cara como el cemento y ser muy cínico para venir a pedirme trabajo. ¿Por quién me tomas?

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