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“Los pinares de la sierra”, 124

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- El humillante despido de Martini Rojo.

―Mira, Martín, la primera empresa en la que trabajé era una pequeña comercial para vender máquinas de coser a puerta fría. No había personal fijo, no teníamos contrato ni una puta oficina en la que sentarnos a charlar con la dirección, como tú y yo estamos haciendo ahora. Yo era el más joven del equipo. ¿Vale? Cada día, a las siete de la mañana, cargábamos las máquinas en una vieja furgoneta e íbamos por los pueblos de casa en casa, hasta que alguna buena mujer nos permitía dejarle a prueba la mercancía.

No volvíamos a Barcelona hasta las ocho de la noche y, cuando alguna señora llamaba al almacén para anular un pedido, dedicábamos el día entero a enseñarle a pegar botones, hacer ojales, bordar… ¿De acuerdo? Bueno, pues precisamente el mejor vendedor del equipo, uno al que habían hecho jefe dos semanas antes de que yo llegara, de la noche a la mañana empezó a despotricar, a hablar mal de la empresa, a decir que allí no teníamos futuro…, en fin ya sabes. El resultado fue que un lunes, al llegar al almacén por la mañana, nos encontramos solos, Manolo, el chófer de la furgoneta, y yo. El resto del equipo no apareció.

Y, ¿sabes lo que hice? En esto es en lo que tú y yo somos diferentes. Al ver la cosa tan jodida, en vez de abandonar el barco y marcharme a casa, le dije a Manolo que me ayudara a cargar la furgoneta, fuimos a Ripollet y estuvimos subiendo y bajando escaleras hasta que colocamos la última máquina de coser. ¿Vale? Al poco tiempo, la empresa cerró. Manolo se colocó de taxista y yo anduve unos años rodando de un sitio para otro, vendiendo seguros, planes de capitalización y hasta la Enciclopedia Británica. Pero cinco años más tarde, cuando en uno de sus viajes el presidente de Edén Park tomó un taxi en el aeropuerto del Prat; el azar hizo que coincidiera con Manolo. Se pusieron a charlar y le contó lo ocurrido la mañana que acabamos en Ripollet. Y ¿sabes lo que pasó? ¿No te lo imaginas? Le dijo que me buscara, y ahora estoy donde me ves. Mira, Martín; en esta puta profesión solo hay dos cosas que importen de verdad, ¿sabes cuáles son? La seguridad en las propias fuerzas y la confianza en la empresa para la que trabajas. Muchacho, créeme, esos son los valores en los que debes confiar. Sin ellos no llegarás a nada, ni conseguirás el respaldo de nadie.

―¿Alguna cosa más?

―Sí, señor. Por esa razón tengo que despedirte. No porque no me parezcas inteligente ni buena persona; pero no me gusta la gente que todo lo critica. Dicho de otro modo, sé que nunca podría fiarme de ti.

Martín se quedó un rato pensativo y añadió con tristeza.

―Y me despide así, ¿sin más explicaciones?

―No, señor Martín ―dijo recuperando el tono formal y solemne con el que había empezado―. Le despido con todas las explicaciones que usted quiera, porque nunca he tenido tan clara una decisión. Básicamente, su despido se debe al pasotismo del que hace gala constantemente, a su actitud impertinente y a su nula implicación con los objetivos de esta empresa. Mi decisión está relacionada con su falta de respeto a nuestro presidente, con su insolente afán de protagonismo, con su andrajosa indumentaria… ¿Necesita más explicaciones, señor Martín?

El chico bajó la cabeza en señal de sumisión, mientras la figura del director se agigantaba, envuelta en una aureola de autoridad incontestable.

―Ya ve, señor Martín, que estoy dispuesto a darle todas las explicaciones.

En un tono de sumisión y pesadumbre, se atrevió a hacer una última pregunta.

―Señor, ¿sabe usted por lo que estoy pasando?

―Me lo imagino y lamento sus problemas; créame. Tómese unas prolongadas vacaciones y, si algún día cambia de actitud, sepa que la puerta de este despacho siempre estará abierta para usted. Pero ahora ciérrela y quédese por fuera. Muchas gracias.

Esas fueron las últimas palabras que cruzaron. Sin arrepentimiento de ningún tipo, y convencido de que la razón estaba de su parte, Martini Rojo no se dio por vencido; salió del despacho con un odio en la mirada, que a partir de entonces iría penetrando en su mente como un virus mortal y peligroso. Desde aquella tarde, fue seleccionando los pormenores de una arriesgada venganza, seguro de conseguir los resultados previstos.

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